BARENBOIM EN “LA PALOMA”

Albert Mallofré
 
Fue un encuentro casual, del que brotó una amistad profunda. Era la primera vez que yo iba a Cannes por carretera y una vez abandonada la autopista, entrando por la recta avenida que desciende hacia la ciudad, se produjo ante mí un accidente aparatoso, entre dos coches y un motociclista que cruzaba. Tuve que frenar bruscamente y mi coche rozó de costado con otro que circulaba en la misma dirección. Me apeé, el conductor de al lado se apeó también y, según el ritual, examinamos nuestras rozaduras respectivas en la carrocería mientras el drama se desarrollaba ante nosotros. Se colapsó la circulación, se formó el correspondiente corro de curiosos, vino una ambulancia, (para el motorista) intervino la gendarmería, etcétera, y el conductor a mi lado y yo mismo fuimos citados como testigos. Él se llamaba (es decir, se llama) Philippe Jounou y desde el primer momento me brindó su ayuda, que yo, como forastero, podía necesitar por los pormenores legales en un caso como aquel.
A partir del incidente, Philippe y yo tuvimos varios encuentros en Cannes. Yo me había desplazado por el MIDEM anual (Mercado Internacional del Disco y de la Edición Musical) y con este motivo, él me acompañó en varias circunstancias, y yo mismo le invité para algunos conciertos en el Palais de los Festivales, a los que yo tenía acceso y el no, etcétera.
Oriundo de Avignon, Philippe es un espécimen típico de la Provenza. y dirige una pequeña fábrica, fundada por su padre, que se especializa en el suministro de envases a los laboratorios de la industria del perfume. La fábrica, y su propia casa, están situadas en el campo, entre Mougins y Grasse, en la cornisa que domina la ciudad de Cannes. Por la índole de su negocio y por su carácter abierto, está muy relacionado en la zona y esto le permitió seguir ayudándome eficazmente en lo sucesivo. Me refiero a que, aquel verano y en varios de los siguientes, cuando fui a los festivales de jazz de Juan-Les Pins, él se ocupó de mi acreditación como periodista y de obtener las localidades de los conciertos (incluyendo las suyas, pues me acompañó varias noches) y además me aseguró siempre alojamiento en el hotel Helios, etcétera. Y lo mismo cuando quise acudir a la Grande Parade du Jazz en al Parque de Cimiez, en Niza, (me introdujo en el hotel Mercure, donde se alojan la mayoría de los músicos, lo que facilitó en alto grado mi labor) Y lo mismo cuando volví a Cannes para MIDEM sucesivos. O incluso para vacaciones pues me encanta aquel pedazo concreto de costa mediterránea, desde Cannes a Antibes.
En una palabra, Philippe, unos cuantos años más joven que yo, fue siempre mi apoyo seguro y mi guía dispuesto, divertido y servicial. En verdad, lo pasamos juntos muy bien, en muy diferentes circunstancias. Y con su mujer, Jacqueline, por supuesto. No lo había mencionado, pero Jacqueline fue siempre un factor positivo en la relación. Alsaciana rubia de ojos azules, dulce en el verbo, culta y “sage” en la actitud, responde a un modelo más germánico que provenzal.
Sin entrar en más detalles, que prolongarían el relato innecesariamente, sólo añadiré que aunque nuestra amistad se consolidó de manera muy estimulante, de hecho sólo nos tratábamos directamente sobre el terreno, en aquel sector de la Costa Azul. Entre uno y otro viaje, nos comunicábamos por todos los sistemas usuales: teléfono, correo, con el tiempo fax y, más recientemente, por medio del famoso E-mail. A veces, Philippe me enviaba recortes de la prensa local, sobre temas que intuía podían ser útiles a mi profesión.

el proceso de mi bochorno

Él siempre quería venir a Barcelona. Desde el primer día lo dijo, pero no encontraba nunca el momento preciso. Porque además, tuvo dos bebés, con poco tiempo de diferencia, y no podía dejarles solos ni era cosa de traerlos de viaje.
Por lo visto, él había estado aquí de muy joven, en los años ’60, y guardaba de Barcelona un recuerdo dorado por la pátina del tiempo. Hasta que, de repente, un día me llamó para anunciarme: “que vamos para allá”.
A los dos días ya estaban llamando a mi puerta e inmediatamente se inició el proceso de mi bochorno. Todavía no sé por qué, pero me sentí condicionado por ellos, me parecía (aunque no lo confesaba) que su visita era intempestiva, que sus protestas de amistad eran extemporáneas y total, que tener que acompañarles por Barcelona, con el trabajo que yo tenía, era literalmente tocarme las narices.
Al mismo tiempo, como es natural, mi conciencia me lo reprochaba todo. ¿Cómo es posible que me incomode su visita después que tanto se volcaron ellos conmigo, en su tierra? ¿Pero no había yo presumido de su amistad y la había considerado siempre como un capital afectivo que me enriquecía? ¿Pero qué han hecho Philippe y Jacqueline para disgustarme tanto, si en Barcelona se están mostrando tan gentiles y tan cordiales como siempre? ¿Es que yo soy un aprovechado caradura, y me incordia practicar el sistema de “la recíproca”?
A medida que mi engorro se incrementaba también crecía, en mi interior, la sensación de que estaba dando un ejemplo de infame ingratitud y, por añadidura, me atenazaba el temor de que ellos lo notaran. Sospecho que mi contradicción insensata me estaba delatando. O sea que, para decirlo en pocas palabras, yo lo estaba pasando fatal.
Entretanto, el bueno de Philippe quería reverdecer sus antiguos recuerdos de Barcelona y, pensando que aquí es como en su país, donde los tópicos tradicionales permanecen y los lugares típicos se sostienen, de generación en generación, quería visitar los lugares candentes que él memorizaba de la Barcelona de los años ’60. Para empezar, quería ir a ver la calle Tuset (o “Tuset Street”, según él recordaba) y... No podía decirle que la calle Tuset desapareció, porque sigue allí, claro, pero... ¿qué le enseño? ¿La ruina de nuestros monumentos sociales?
Por la noche, el hombre quería pasarse por Bocaccio, y... ¿qué le digo? Ah, y quería ir a tomar unas copas al Navarra. Ante mi cara de asombro, el hombre insistía, tenaz:
—Sí, hombre, el Navarra. Ese local tan concurrido, en una travesía del Paseo de Gracia, un bar muy popular, una barra a la derecha, y dos niveles... y al fondo, se encuentra un restaurante de clase, tras una cristalera muy bonita...
No tuve más remedio que conducirle ante la puerta de la hamburguesería en que el Navarra se convirtió y entonces el asombro fue suyo.
—No os entiendo a los catalanes. Sois especialistas en la destrucción de símbolos. ¡De vuestros propios símbolos! ¿Cómo es posible que el Navarra, que tenía un sello característico, que gozaba de gran arraigo en la ciudad, que disfrutaba de una clientela firme y cuantiosa, se haya visto suplantado por una fábrica adocenada de hamburguesas en serie que, además y para mayor inri, está prácticamente vacía de clientes, como puedes ver ahora mismo?
Presa de un malhumor inconfesable y mientras pensaba para mis adentros “menos mal que no pregunta por el Terminus, convertido en el bloque de oficinas de un banco gallego”, les conduje al Moka, o lo que queda de él, en plena Rambla, suponiendo que podía servir como referencia tópica equivalente. Pero mi amigo detectó enseguida que unas obras de remodelación habían cambiado el aspecto del establecimiento que él conservaba en la memoria y volvió al ataque.
—¿Será posible...? ¿Cómo pueden haber cambiado así la ambientación? Este era un local con carácter y ahora es un modelo insulso, impersonal... ¿Cómo se puede modificar una decoración destruyendo todo su encanto y convirtiendo lo que era una delicia de estilo en un cajón abyecto, sin ningún detalle original?
Como no tenía respuesta, mi disgusto iba in crescendo, de tal modo que temí que con una intemperancia brusca lo echara todo a rodar por el torrente de mi malhumor. Hasta que, por sorpresa, Philippe habló de algo permanente: ¡Quería ver La Paloma! ¡Por fin, algo quedaba en pie, de su antigua Barcelona! Ahí estuvo mi salvación, dicho en metáfora.
Porque allí, en La Paloma, todo cambió entre nosotros. Primero cambió su concepto del lugar, cuando yo le documenté de que en mis tiempos jóvenes, La Paloma estaba ya tan decadente que la teníamos por un “baile de raspas”. Bueno, hubo que ponerle al corriente de lo que era una “raspa”, claro. Otro concepto que desapareció, substituido por el más honorable de “empleada de hogar”
Ya en el interior del insólito lugar, con la orquesta sonando, unas pocas parejas bailando, y con Philippe y Jacqueline absortos contemplando cada rincón, me acordé de mi reciente experiencia con el maestro Daniel Barenboim en aquel mismo recinto, y mientras avanzaba en mi narración, y sobre todo mientras ellos la escuchaban embelesados, yo mismo me encontraba tan a gusto que, de repente, me pareció que Philippe y Jacqueline eran una pareja simpática en extremo. Me parecían hasta muy guapos, detalle que era cierto pero que, a decir verdad, nunca antes me había constado tan a lo vivo. Total, que de pronto se desvanecieron todas mis reticencias y desde aquel instante empecé a disfrutar de la visita de mis dos gentiles amigos.
No está muy clara la razón, pero mi conciencia me dice que mi actitud cambió cuando me sentí protagonista ante ellos, en vez de un apático cicerone.. Detalle que tampoco me favorece, pero en fin, aquella historia de Barenboim en La Paloma modificó mi papel, situándome en otra plataforma desde la que podía lucirme. Como resultado inmediato, el resto de su visita, es decir, en los dos días siguientes, lo pasamos en grande de veras, disfrutando de todos los resortes de una singular amistad. Y hasta a ellos les parecía Barcelona mucho más interesante. ¡Como que hasta me lo parecía a mí! Bueno, vamos a evitar retruécanos...

esta es la historia

El caso que yo les contaba es que el famoso concertista y director de orquesta argentino Daniel Barenboim, después de su concierto en el Palau de la Música Catalana, en el que interpretó magistralmente y al completo las famosas “Variaciones Goldberg”, de J.S.Bach, fue invitado a cenar por el promotor de Ibercamera, José Maria Prat y dos colaboradores suyos, en un restaurante próximo al que, casualmente yo también acudí después. Como sea que Prat es un antiguo amigo y a Barenboim le había entrevistado para el periódico dos días antes, creí que debía acercarme para felicitarle por el éxito y todo esto. Barenboim me preguntó directamente si me había dormido en el concierto, comentando para los presentes que las “Variaciones Goldberg”, aparte de sus valores musicales positivos, son de un tedio soporífero para quien las escucha. En realidad, Bach las compuso por encargo de un patricio insomne, para que le ayudasen a conciliar el sueño nocturno. Total, que entre risas y chanzas, fui invitado a unirme a la mesa.
Barenboim estuvo locuaz y nos divirtió mucho con sus historias y sus puntos de vista. Especialmente cuando contaba sus aventuras por Andalucía. En efecto, se había comprado una villa cerca de Marbella y mientras la estaba amueblando surgió la necesidad de afinar un piano que se había traído de Paris y que, en el viaje, se había desajustado mucho. No encontraba un afinador de pianos en Marbella y recurrió a su amiga, la viuda de Rubinstein, que vivía cerca y que, además, tenía gran parte de “la culpa” de que hubiese decidido invertir allí en un inmueble.
—Ella fue muy amable —comentó Barenboim— y me habló de un afinador excelente, un belga llamado Paul, ya veterano, pero que era muy bohemio y difícilmente localizable. El punto de contacto era un bar, al que el belga acudía a menudo para desayunar, y era donde le tomaban los recados. Había que llamar por teléfono y dejar nota, y seguro que el afinador comparecía. Así lo hice, llamé por la mañana y pregunté por Paul, pero no estaba. La camarera que contestó al teléfono se brindó a escribir el mensaje sobre papel inquiriendo todos los datos, mi nombre, dirección, teléfono, todo. Era muy servicial, la chica, pero mi nombre se le atascó y me lo hizo repetir dos veces. “Barenboim”, le enfaticé. Al fin, hubo unos instantes de silencio y la buena chica preguntó: “De parte de qué bar, me ha dicho...?
. Y así continuó la velada, entre anécdotas curiosas, en el curso de la cual Daniel Barenboim manifestó el deseo de conocer “La Paloma”, esa antigua sala de baile en Barcelona, muy peculiar, y reminiscente de un estilo decorativo superado, que se conserva como una rara reliquia de otros tiempos, Prat y yo mismo tratamos de disuadirle pero él insistió y a “La Paloma” nos fuimos, al acabar de cenar. No imaginábamos que aquella muestra barata de interiorismo caduco pudiera interesarle pero él admiró cada detalle de la decoración y al fin nos sentamos en un palco desocupado, al lado de la orquesta.
Nuestro grupo configuraba una imagen un tanto atípica entre la parroquia del local. Tanto es así que los músicos de la orquesta se dieron cuenta y entre ellos surgió la duda de si aquel que se parecía tanto a Daniel Barenboim era realmente Daniel Barenboim en persona. Total, que cuando terminó su “set” y entró el sonido de la música mecánica, con la que alternaban, los músicos se acercaron al palco, para salir de dudas. Barenboim les saludó, alborozado, (y los demás un tanto sonrojados) y les dijo que apreciaba mucho su música y que a él le gustaría saber tocar como ellos aquel tipo de repertorio, aduciendo que, en sus ratos libres, le gusta tocar jazz, lo mismo que le pasa a su colega André Previn.
—¡Pero él es muy bueno! —añadió— No sé, pero... ¿me permitiríais tocar un poco con vuestro grupo? Vamos, si el pianista titular no se ofende...
Los músicos de la orquesta no acababan de creérselo pero al acabar la tanda de música mecánica, la orquesta volvió al escenario, como correspondía, y Barenboim subió también, con ellos. Nosotros, desde el palco teníamos la sensación de que estábamos delirando. Pero de la manera más natural, Barenboim se sentó ante aquel pianucho y empezó a improvisar algo de jazz ellingtoniano, ante el asombro de los músicos que, lejos de tocar con él, como Barenboim les pedía, hicieron corro, literalmente embelesados, alrededor del piano.
Fueron unos momentos mágicos. ¡Daniel Barenboim, después de las “Variaciones Goldberg”, de Bach, en el Palau, estaba improvisando música de Duke Ellington en La Paloma! Era fantástico. Increíble.
Las cuatro parejas contadas que había en la pista dejaron de bailar y, conscientes de que algo estaba pasando, se acercaron también al escenario. Mientras, nosotros, desde el palco, nos sentíamos como transportados a una dimensión de ensueño...
De pronto, unas voces nos devolvieron a la realidad. Alguien había irrumpido abruptamente en el escenario, profiriendo gritos y dramáticos ademanes. Era el encargado del local, que venía a poner orden.
—¡Fuera! ¡Basta! ¡Esta es una casa seria! —proclamaba, a grandes voces— Esto no está permitido. ¡Aquí sólo pueden tocar los músicos profesionales!
Daniel Barenboim cerró el teclado y, levantándose, dijo:
—Lleva usted razón. Este trabajo es sólo para profesionales, realmente. Perdone usted.
Y se reunió con nosotros, que estábamos más asombrados todavía por el inesperado desenlace.
Entretanto, los músicos rodearon al encargado del local, dedicándole epítetos irrepetibles. Lo más leve era “¡Burro! ¡Animal! “¡Que es Barenboim! ¡Estúpido, ignorante!”
Estuvieron meses sin hablarle. Y el hombre se encogía de hombros con el típico “¡Yo qué sabía!”

 
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