Fue un encuentro casual, del que brotó una amistad
profunda. Era la primera vez que yo iba a Cannes por
carretera y una vez abandonada la autopista, entrando por
la recta avenida que desciende hacia la ciudad, se produjo
ante mí un accidente aparatoso, entre dos coches y un
motociclista que cruzaba. Tuve que frenar bruscamente y mi
coche rozó de costado con otro que circulaba en la misma
dirección. Me apeé, el conductor de al lado se apeó
también y, según el ritual, examinamos nuestras rozaduras
respectivas en la carrocería mientras el drama se
desarrollaba ante nosotros. Se colapsó la circulación, se
formó el correspondiente corro de curiosos, vino una
ambulancia, (para el motorista) intervino la gendarmería,
etcétera, y el conductor a mi lado y yo mismo fuimos
citados como testigos. Él se llamaba (es decir, se llama)
Philippe Jounou y desde el primer momento me brindó su
ayuda, que yo, como forastero, podía necesitar por los
pormenores legales en un caso como aquel.
A partir del incidente, Philippe y yo tuvimos varios
encuentros en Cannes. Yo me había desplazado por el MIDEM
anual (Mercado Internacional del Disco y de la Edición
Musical) y con este motivo, él me acompañó en varias
circunstancias, y yo mismo le invité para algunos
conciertos en el Palais de los Festivales, a los que yo
tenía acceso y el no, etcétera.
Oriundo de Avignon, Philippe es un espécimen típico de la
Provenza. y dirige una pequeña fábrica, fundada por su
padre, que se especializa en el suministro de envases a
los laboratorios de la industria del perfume. La fábrica,
y su propia casa, están situadas en el campo, entre
Mougins y Grasse, en la cornisa que domina la ciudad de
Cannes. Por la índole de su negocio y por su carácter
abierto, está muy relacionado en la zona y esto le
permitió seguir ayudándome eficazmente en lo sucesivo. Me
refiero a que, aquel verano y en varios de los siguientes,
cuando fui a los festivales de jazz de Juan-Les Pins, él
se ocupó de mi acreditación como periodista y de obtener
las localidades de los conciertos (incluyendo las suyas,
pues me acompañó varias noches) y además me aseguró
siempre alojamiento en el hotel Helios, etcétera. Y lo
mismo cuando quise acudir a la Grande Parade du Jazz en al
Parque de Cimiez, en Niza, (me introdujo en el hotel
Mercure, donde se alojan la mayoría de los músicos, lo que
facilitó en alto grado mi labor) Y lo mismo cuando volví a
Cannes para MIDEM sucesivos. O incluso para vacaciones
pues me encanta aquel pedazo concreto de costa
mediterránea, desde Cannes a Antibes.
En una palabra, Philippe, unos cuantos años más joven que
yo, fue siempre mi apoyo seguro y mi guía dispuesto,
divertido y servicial. En verdad, lo pasamos juntos muy
bien, en muy diferentes circunstancias. Y con su mujer,
Jacqueline, por supuesto. No lo había mencionado, pero
Jacqueline fue siempre un factor positivo en la relación.
Alsaciana rubia de ojos azules, dulce en el verbo, culta y
“sage” en la actitud, responde a un modelo más germánico
que provenzal.
Sin entrar en más detalles, que prolongarían el relato
innecesariamente, sólo añadiré que aunque nuestra amistad
se consolidó de manera muy estimulante, de hecho sólo nos
tratábamos directamente sobre el terreno, en aquel sector
de la Costa Azul. Entre uno y otro viaje, nos
comunicábamos por todos los sistemas usuales: teléfono,
correo, con el tiempo fax y, más recientemente, por medio
del famoso E-mail. A veces, Philippe me enviaba recortes
de la prensa local, sobre temas que intuía podían ser
útiles a mi profesión.
el proceso de mi bochorno
Él siempre quería venir a Barcelona. Desde el primer día
lo dijo, pero no encontraba nunca el momento preciso.
Porque además, tuvo dos bebés, con poco tiempo de
diferencia, y no podía dejarles solos ni era cosa de
traerlos de viaje.
Por lo visto, él había estado aquí de muy joven, en los
años ’60, y guardaba de Barcelona un recuerdo dorado por
la pátina del tiempo. Hasta que, de repente, un día me
llamó para anunciarme: “que vamos para allá”.
A los dos días ya estaban llamando a mi puerta e
inmediatamente se inició el proceso de mi bochorno.
Todavía no sé por qué, pero me sentí condicionado por
ellos, me parecía (aunque no lo confesaba) que su visita
era intempestiva, que sus protestas de amistad eran
extemporáneas y total, que tener que acompañarles por
Barcelona, con el trabajo que yo tenía, era literalmente
tocarme las narices.
Al mismo tiempo, como es natural, mi conciencia me lo
reprochaba todo. ¿Cómo es posible que me incomode su
visita después que tanto se volcaron ellos conmigo, en su
tierra? ¿Pero no había yo presumido de su amistad y la
había considerado siempre como un capital afectivo que me
enriquecía? ¿Pero qué han hecho Philippe y Jacqueline para
disgustarme tanto, si en Barcelona se están mostrando tan
gentiles y tan cordiales como siempre? ¿Es que yo soy un
aprovechado caradura, y me incordia practicar el sistema
de “la recíproca”?
A medida que mi engorro se incrementaba también crecía, en
mi interior, la sensación de que estaba dando un ejemplo
de infame ingratitud y, por añadidura, me atenazaba el
temor de que ellos lo notaran. Sospecho que mi
contradicción insensata me estaba delatando. O sea que,
para decirlo en pocas palabras, yo lo estaba pasando
fatal.
Entretanto, el bueno de Philippe quería reverdecer sus
antiguos recuerdos de Barcelona y, pensando que aquí es
como en su país, donde los tópicos tradicionales
permanecen y los lugares típicos se sostienen, de
generación en generación, quería visitar los lugares
candentes que él memorizaba de la Barcelona de los años
’60. Para empezar, quería ir a ver la calle Tuset (o
“Tuset Street”, según él recordaba) y... No podía decirle
que la calle Tuset desapareció, porque sigue allí, claro,
pero... ¿qué le enseño? ¿La ruina de nuestros monumentos
sociales?
Por la noche, el hombre quería pasarse por Bocaccio, y...
¿qué le digo? Ah, y quería ir a tomar unas copas al
Navarra. Ante mi cara de asombro, el hombre insistía,
tenaz:
—Sí, hombre, el Navarra. Ese local tan concurrido, en una
travesía del Paseo de Gracia, un bar muy popular, una
barra a la derecha, y dos niveles... y al fondo, se
encuentra un restaurante de clase, tras una cristalera muy
bonita...
No tuve más remedio que conducirle ante la puerta de la
hamburguesería en que el Navarra se convirtió y entonces
el asombro fue suyo.
—No os entiendo a los catalanes. Sois especialistas en la
destrucción de símbolos. ¡De vuestros propios símbolos!
¿Cómo es posible que el Navarra, que tenía un sello
característico, que gozaba de gran arraigo en la ciudad,
que disfrutaba de una clientela firme y cuantiosa, se haya
visto suplantado por una fábrica adocenada de hamburguesas
en serie que, además y para mayor inri, está prácticamente
vacía de clientes, como puedes ver ahora mismo?
Presa de un malhumor inconfesable y mientras pensaba para
mis adentros “menos mal que no pregunta por el Terminus,
convertido en el bloque de oficinas de un banco gallego”,
les conduje al Moka, o lo que queda de él, en plena
Rambla, suponiendo que podía servir como referencia tópica
equivalente. Pero mi amigo detectó enseguida que unas
obras de remodelación habían cambiado el aspecto del
establecimiento que él conservaba en la memoria y volvió
al ataque.
—¿Será posible...? ¿Cómo pueden haber cambiado así la
ambientación? Este era un local con carácter y ahora es un
modelo insulso, impersonal... ¿Cómo se puede modificar una
decoración destruyendo todo su encanto y convirtiendo lo
que era una delicia de estilo en un cajón abyecto, sin
ningún detalle original?
Como no tenía respuesta, mi disgusto iba in crescendo, de
tal modo que temí que con una intemperancia brusca lo
echara todo a rodar por el torrente de mi malhumor. Hasta
que, por sorpresa, Philippe habló de algo permanente:
¡Quería ver La Paloma! ¡Por fin, algo quedaba en pie, de
su antigua Barcelona! Ahí estuvo mi salvación, dicho en
metáfora.
Porque allí, en La Paloma, todo cambió entre nosotros.
Primero cambió su concepto del lugar, cuando yo le
documenté de que en mis tiempos jóvenes, La Paloma estaba
ya tan decadente que la teníamos por un “baile de raspas”.
Bueno, hubo que ponerle al corriente de lo que era una
“raspa”, claro. Otro concepto que desapareció, substituido
por el más honorable de “empleada de hogar”
Ya en el interior del insólito lugar, con la orquesta
sonando, unas pocas parejas bailando, y con Philippe y
Jacqueline absortos contemplando cada rincón, me acordé de
mi reciente experiencia con el maestro Daniel Barenboim en
aquel mismo recinto, y mientras avanzaba en mi narración,
y sobre todo mientras ellos la escuchaban embelesados, yo
mismo me encontraba tan a gusto que, de repente, me
pareció que Philippe y Jacqueline eran una pareja
simpática en extremo. Me parecían hasta muy guapos,
detalle que era cierto pero que, a decir verdad, nunca
antes me había constado tan a lo vivo. Total, que de
pronto se desvanecieron todas mis reticencias y desde
aquel instante empecé a disfrutar de la visita de mis dos
gentiles amigos.
No está muy clara la razón, pero mi conciencia me dice que
mi actitud cambió cuando me sentí protagonista ante ellos,
en vez de un apático cicerone.. Detalle que tampoco me
favorece, pero en fin, aquella historia de Barenboim en La
Paloma modificó mi papel, situándome en otra plataforma
desde la que podía lucirme. Como resultado inmediato, el
resto de su visita, es decir, en los dos días siguientes,
lo pasamos en grande de veras, disfrutando de todos los
resortes de una singular amistad. Y hasta a ellos les
parecía Barcelona mucho más interesante. ¡Como que hasta
me lo parecía a mí! Bueno, vamos a evitar retruécanos...
esta es la historia
El caso que yo les contaba es que el famoso concertista y
director de orquesta argentino Daniel Barenboim, después
de su concierto en el Palau de la Música Catalana, en el
que interpretó magistralmente y al completo las famosas
“Variaciones Goldberg”, de J.S.Bach, fue invitado a cenar
por el promotor de Ibercamera, José Maria Prat y dos
colaboradores suyos, en un restaurante próximo al que,
casualmente yo también acudí después. Como sea que Prat es
un antiguo amigo y a Barenboim le había entrevistado para
el periódico dos días antes, creí que debía acercarme para
felicitarle por el éxito y todo esto. Barenboim me
preguntó directamente si me había dormido en el concierto,
comentando para los presentes que las “Variaciones
Goldberg”, aparte de sus valores musicales positivos, son
de un tedio soporífero para quien las escucha. En
realidad, Bach las compuso por encargo de un patricio
insomne, para que le ayudasen a conciliar el sueño
nocturno. Total, que entre risas y chanzas, fui invitado a
unirme a la mesa.
Barenboim estuvo locuaz y nos divirtió mucho con sus
historias y sus puntos de vista. Especialmente cuando
contaba sus aventuras por Andalucía. En efecto, se había
comprado una villa cerca de Marbella y mientras la estaba
amueblando surgió la necesidad de afinar un piano que se
había traído de Paris y que, en el viaje, se había
desajustado mucho. No encontraba un afinador de pianos en
Marbella y recurrió a su amiga, la viuda de Rubinstein,
que vivía cerca y que, además, tenía gran parte de “la
culpa” de que hubiese decidido invertir allí en un
inmueble.
—Ella fue muy amable —comentó Barenboim— y me habló de un
afinador excelente, un belga llamado Paul, ya veterano,
pero que era muy bohemio y difícilmente localizable. El
punto de contacto era un bar, al que el belga acudía a
menudo para desayunar, y era donde le tomaban los recados.
Había que llamar por teléfono y dejar nota, y seguro que
el afinador comparecía. Así lo hice, llamé por la mañana y
pregunté por Paul, pero no estaba. La camarera que
contestó al teléfono se brindó a escribir el mensaje sobre
papel inquiriendo todos los datos, mi nombre, dirección,
teléfono, todo. Era muy servicial, la chica, pero mi
nombre se le atascó y me lo hizo repetir dos veces. “Barenboim”,
le enfaticé. Al fin, hubo unos instantes de silencio y la
buena chica preguntó: “De parte de qué bar, me ha
dicho...?
. Y así continuó la velada, entre anécdotas curiosas, en
el curso de la cual Daniel Barenboim manifestó el deseo de
conocer “La Paloma”, esa antigua sala de baile en
Barcelona, muy peculiar, y reminiscente de un estilo
decorativo superado, que se conserva como una rara
reliquia de otros tiempos, Prat y yo mismo tratamos de
disuadirle pero él insistió y a “La Paloma” nos fuimos, al
acabar de cenar. No imaginábamos que aquella muestra
barata de interiorismo caduco pudiera interesarle pero él
admiró cada detalle de la decoración y al fin nos sentamos
en un palco desocupado, al lado de la orquesta.
Nuestro grupo configuraba una imagen un tanto atípica
entre la parroquia del local. Tanto es así que los músicos
de la orquesta se dieron cuenta y entre ellos surgió la
duda de si aquel que se parecía tanto a Daniel Barenboim
era realmente Daniel Barenboim en persona. Total, que
cuando terminó su “set” y entró el sonido de la música
mecánica, con la que alternaban, los músicos se acercaron
al palco, para salir de dudas. Barenboim les saludó,
alborozado, (y los demás un tanto sonrojados) y les dijo
que apreciaba mucho su música y que a él le gustaría saber
tocar como ellos aquel tipo de repertorio, aduciendo que,
en sus ratos libres, le gusta tocar jazz, lo mismo que le
pasa a su colega André Previn.
—¡Pero él es muy bueno! —añadió— No sé, pero... ¿me
permitiríais tocar un poco con vuestro grupo? Vamos, si el
pianista titular no se ofende...
Los músicos de la orquesta no acababan de creérselo pero
al acabar la tanda de música mecánica, la orquesta volvió
al escenario, como correspondía, y Barenboim subió
también, con ellos. Nosotros, desde el palco teníamos la
sensación de que estábamos delirando. Pero de la manera
más natural, Barenboim se sentó ante aquel pianucho y
empezó a improvisar algo de jazz ellingtoniano, ante el
asombro de los músicos que, lejos de tocar con él, como
Barenboim les pedía, hicieron corro, literalmente
embelesados, alrededor del piano.
Fueron unos momentos mágicos. ¡Daniel Barenboim, después
de las “Variaciones Goldberg”, de Bach, en el Palau,
estaba improvisando música de Duke Ellington en La Paloma!
Era fantástico. Increíble.
Las cuatro parejas contadas que había en la pista dejaron
de bailar y, conscientes de que algo estaba pasando, se
acercaron también al escenario. Mientras, nosotros, desde
el palco, nos sentíamos como transportados a una dimensión
de ensueño...
De pronto, unas voces nos devolvieron a la realidad.
Alguien había irrumpido abruptamente en el escenario,
profiriendo gritos y dramáticos ademanes. Era el encargado
del local, que venía a poner orden.
—¡Fuera! ¡Basta! ¡Esta es una casa seria! —proclamaba, a
grandes voces— Esto no está permitido. ¡Aquí sólo pueden
tocar los músicos profesionales!
Daniel Barenboim cerró el teclado y, levantándose, dijo:
—Lleva usted razón. Este trabajo es sólo para
profesionales, realmente. Perdone usted.
Y se reunió con nosotros, que estábamos más asombrados
todavía por el inesperado desenlace.
Entretanto, los músicos rodearon al encargado del local,
dedicándole epítetos irrepetibles. Lo más leve era
“¡Burro! ¡Animal! “¡Que es Barenboim! ¡Estúpido,
ignorante!”
Estuvieron meses sin hablarle. Y el hombre se encogía de
hombros con el típico “¡Yo qué sabía!”
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