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DIZZY GILLESPIE, MÚSICA Y SONRISAS (DINERO APARTE) |
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Albert Mallofré |
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En este inventario de recuerdos personales, ciertas
experiencias de varia condición me ayudan a subir peldaños
de la memoria hacia una u otra estrella de la constelación
musical que he conocido a lo largo de mi quehacer
profesional pero en el caso de Dizzy Gillespie es al
revés, porque mi recuerdo de Dizzy Gillespie me conduce
directamente al caso particular de mis amigos Lucía (o
Lucy) y Gerón (su nombre verdadero es Jerónimo, pero sólo
se le conoce como Gerón, —él lo escribe con G— y muchos
creen incluso que es su apellido)
Me explicaré. Con el fabuloso maestro Dizzy Gillespie
coincidí en varias circunstancias y siempre obtuve de él
buenas vibraciones. Era un hombre jovial, de talante
bromista, que contagiaba la sonrisa en cualquier escalón
de su trato personal o profesional. Era adicto al credo
Baha’I que propugna la armonía espiritual por el camino de
la alegría, el amor y la paz y, no sé si por esta razón o
simplemente por su temperamento natural, era un paladín de
la sonrisa. Para él, adoptar una expresión sonriente no
era un acto reflejo ni un tic natural sino una actitud
consciente y una determinación intencionada. Sostenía el
criterio de que la sonrisa genera una dinámica positiva
dentro de uno mismo, que se proyecta virtualmente en el
entorno circundante.
—Puedes tener mil problemas —me decía— y seguro que habrá
también mil motivos para estar furioso, pero si lo
demuestras te forjarás un clima hosco y sombrío a tu
alrededor, que incrementará tu malhumor y no ayudará en
nada, porque la depresión y el negativismo dominarán tu
ámbito. La receta es fácil: sonríe. No cuesta tanto.
Mírame: ¿tú me ves preocupado? ¿Abatido? ¿No, verdad que
no? Te aseguro que tengo muchos más problemas que tú y más
difíciles, pero sé que no se resolverían
exteriorizándolos. Nadie se acercaría para participar de
mis malos tragos y compartirlos ¿no es cierto? Cada cual
carga con los suyos y bastante que le pesan. Si hasta aquí
estás de acuerdo, admitirás que es preferible guardarse
para uno mismo los quebraderos de cabeza y adoptar la
coraza defensiva de la sonrisa hacia el exterior... Si se
practica, esta táctica no resulta difícil y se comprobará
enseguida que, aparentando que uno es feliz, puede llegar
a sentirse bien, realmente. No digo que con esto se pueda
resolver ningún problema serio pero se estará en mejor
condición mental para hacerle frente.
Todo esto lo decía con el acompañamiento de mímicas
graciosas y aquellas inflexiones de voz tan típicas suyas,
y tan regocijantes.
—Apúntate a la sonrisa natural —concluía— y verás que
fácilmente se contagia y cómo la gente sonríe también a tu
alrededor. De esta manera se fomenta un clima estimulante
que te envuelve y, bueno, siempre es más agradable vivir
rodeado de personas que sonríen y que son capaces de
entender una broma.
Dizzy Gillespie ilustraba esta teoría continuamente, de
manera práctica y efectiva. Cuando menos lo esperaba uno,
ya estaba él haciendo una mueca cómica o un movimiento
burlón, y provocando la risa burbujeante de los presentes.
Recuerdo una vez que vino a la ciudad, para un concierto
con su grupo, y habiendo visitado el local donde al día
siguiente se ubicaría su actuación, el promotor del
concierto y yo mismo le llevamos a cenar a un popular
restaurante. En la mesa, como era su costumbre, estaba de
guasa y no cesó de gesticular de manera hilarante y hacer
mohines y aspavientos apayasados, en el curso de lo cual
advirtió que tenía un espectador muy particular. En una
mesa vecina, un chaval de unos 10 o 12 años, que cenaba
con sus padres, le estaba mirando fijamente, interrogante
y divertido. Gillespie, rápidamente, hurgó en el
voluminoso saco militar, lleno de adminículos, que siempre
llevaba consigo, y extrajo una cámara Polaroid.
—Hazme una foto— me dijo.
Y adoptó seguidamente una pose cómica, con su faz
característica, hinchando las mejillas hasta lo
inverosímil, como cuando tocaba la trompeta. Secada que
estuvo la foto —que salió muy bien— llamó al muchacho para
que se acercara y le preguntó cómo se llamaba.
—Andrés—dijo, muy azorado, como temiendo reprimenda por
haberse mofado de él.
Acto seguido, Gillespie escribió en la foto (en inglés):
“Para mi amigo Andrés, afectuosamente. Dizzy Gillespie”. Y
la fecha. Y rubricado.
—Toma—le dijo, en inglés— guarda esta foto entre tus
recuerdos. Ahora no sabes quién soy, pero algún día lo
sabrás.
Se lo tradujimos y el chaval, alborozado con su foto
dedicada, corrió a reunirse con sus padres, que estaban
contemplando la escena desde su mesa.
En efecto, el niño no sabía quien era Dizzy Gillespie pero
su padre, sí. Tanto es así que el buen hombre vino a
nuestra mesa emocionado, dando mil gracias a Gillespie y,
buscando alguna manera de patentizar su exultante
gratitud, extrajo una pluma dorada de algún bolsillo e
insistió en regalársela a Gillespie como prueba de su
rendido agradecimiento. Gillespie rehusaba pero al fin
aceptó.
—Esta pluma es muy valiosa y aquel ‘gentleman’ no tenía
por qué ofrecérmela —nos confesó luego— pero la he
aceptado porque, dadas las circunstancias, él será más
feliz si sabe que la guardo conmigo que si se la hubiera
rechazado.
En otras ocasiones, numerosas, volví a coincidir con él
pero recuerdo muy especialmente una vez que Dizzy
Gillespie vino con su grupo para intervenir en un programa
musical de Televisión Española en el que yo trabajaba. En
el plató, durante la grabación, y sobre todo en los
intervalos, Gillespie desplegó toda su gama de recursos
histriónicos y todos nos divertimos mucho, de tal modo que
los imperativos del trabajo se coronaron con muy buen
humor por parte de todos los sectores implicados, que no
son pocos, en un estudio de televisión.
Al terminar, sus músicos se marcharon disparados en el
mini-bus que les esperaba mientras él se quedó para
recibir los emolumentos convenidos, firmar los recibos,
discutir como es de rigor por los descuentos que se le
aplicaban por causa de impuestos, tributos y demás y, al
final, yo mismo me brindé a llevarle a su hotel, en mi
coche.
En el camino, cuando ya casi llegábamos, en el paro de un
semáforo se acercó un lavaparabrisas espontáneo. Aquel
hombre era una especie de precursor inocente de esos
enjambres abusones que últimamente incordian agresivamente
a todo el mundo. Era un hombre mayor, correcto en sus
modales, que había adoptado aquel sistema como método
honrado de subsistencia, antes de que fuera una práctica
común entre jóvenes pedigüeños. El hombre se aproximó
modosamente, pidió permiso para actuar y, mientras
limpiaba el cristal ágilmente, recitó un bonito verso que
pudimos escuchar perfectamente, Gillespie y yo, porque
estaba bajada la ventanilla. Al final le di una propina y
al mismo tiempo Gillespie sacó de su típico petate una
cajita con seis “casettes” conteniendo grabaciones de su
orquesta. Se la ofreció diciendo algo así como
“entreténgase con mi música en sus ratos libres”. El
hombre no entendió sus palabras pero vio claramente que
eran casettes grabadas y se puso muy contento. Yo le
comenté a Gillespie:
—Vaya, esas casettes no las tengo yo. ¿Tendré que ponerme
a lavar cristales?
Gillespie se rió y me prometió que me daría una copia.
Luego supe que eran grabaciones privadas de una fracción
importante de la música de Gillespie, procedentes de
conciertos, que no se habían editado en disco. Eran
‘bootlegs’ pero música suya, al fin y al cabo. Por tanto,
tenía un valor documental importante, para mí. Bueno,
Gillespie me lo ofreció pero se quedó en una promesa
pendiente.
A los tres días, un directivo de Televisión Española y yo
mismo nos desplazamos a Ginebra para visionar (por si
interesaba adquirirlas) unas producciones musicales que
había ofrecido la cadena de la Televisión Suïsse Romande.
Nada más llegar al hotel Ramada nos enteramos, por un
anuncio, que el mismísimo Dizzy Gillespie con su conjunto
debutaba aquella noche en el club New Morning.
—¿Vamos? — le propuse a mi compañero
—¿Otra vez Gillespie? ¿No quedaste ya saturado anteayer?
Como vi en mi reacio compañero poco entusiasmo aparqué el
tema pero más tarde, después que hubimos cenado —muy bien,
por cierto— y con el ánimo más relajado, pensamos que un
poco de música optimista antes de acostarnos podría
resultar una opción plausible.
Al entrar en el local, Gillespie y su gente estaban
actuando y él, desde el estrado, nos vio entrar y luego,
al anunciar la pieza siguiente, saludó entre dos chistes a
“unos dirigentes de la televisión de Barcelona”, donde él
había actuado unos días antes, etcétera.
—¿Deben ser unos fans de nuestra orquesta? —inquirió,
burlonamente— ¿O han venido a reclamar algún nuevo
impuesto que se les olvidó descontarme?
Cuando el público se hubo reído, nos dio la bienvenida al
concierto con palabras de gran cordialidad.
Todo terminó bien. Al acabar su actuación nos saludamos
mutuamente y nosotros regresamos al hotel, de muy buen
humor.
A la mañana siguiente, para nuestra sorpresa, le vimos en
el hall del mismo hotel, solo y con cara de pocos amigos.
No sabíamos que se hospedaba allí y nos alegramos mucho.
Nos acercamos discretamente, para saludarle con un gesto,
y nos devolvió el saludo fríamente.
—Hola— dijo. Y nada más. Como si no nos conociera o no se
acordase de nosotros.
Mi compañero me apartó de la escena, tirándome del brazo.
—Déjale —comentó— Debe haber dormido mal.
Fuimos a desayunar y al regreso, Gillespie seguía allí
mismo, en el hall de la entrada, visiblemente enfurecido.
En estas, apareció un joven un tanto pasmado y
dirigiéndose a él, inició una conversación titubeante,
plagada de excusas.
Como nos encontrábamos cerca, pudimos colegir que la
disputa trataba de dinero. Concretamente, de los
honorarios convenidos por sus actuaciones en el club. Por
las apariencias, habían surgido problemas respecto de la
forma de pago. De los fragmentos de la conversación que
llegaban a nuestros oídos, se podía deducir que la empresa
proponía un cheque bancario o una transferencia a una
cuenta corriente, mientras que Gillespie exigía ‘cash’.
“Como se había pactado”, según proclamaba a grandes voces.
Su interlocutor —que no teníamos claro si venía de parte
de la empresa contratante o era empleado de un banco—
alegaba que pagar una suma elevada en ‘cash’ implicaba
cierto papeleo y más si se trataba de dólares. Porque el
músico no quería francos suizos, con lo cual no habría
ningún inconveniente, pero en aquel instante preciso, para
recibir dólares en papel moneda, y en cantidad, había que
esperar a mediodía —y faltaban un par de horas— por alguna
razón circunstancial que no pudimos colegir. Gillespie no
podía —o no quería— esperar dos horas y exigía dólares
“ahora y aquí”, porque así se había convenido.
En fin, el joven atribulado se marchó, prometiendo que se
haría todo lo posible, dejando a Gillespie demudado,
literalmente rabioso, dándose a todos los demonios.
Nos vio y, con franqueza, comentó abiertamente:
—Esta gente sabía lo que tenía que hacer desde hace
tiempo. Con la empresa del local convenimos un trato
determinado y un pago concreto a una hora debida. Ahora no
me pueden venir con pamplinas. No se lo consiento. Yo
cumplo lo pactado y ellos tienen que hacer lo mismo. Tengo
que marcharme a una hora fija y no tienen derecho a
ocasionarme una demora que no es de razón, que no es justa
y que me puede perjudicar.
—Parece que no le discuten sus derechos —me atreví a
invocar, para calmarle— Sólo tiene que esperar un poco
porque los bancos, en fin, ya sabe... Posiblemente la
demora no es imputable a la empresa que le contrató.
—Usted pactó con el club “New Morning” —comentó mi
compañero— y el inconveniente no proviene del club sino de
un banco, con el que usted no ha pactado nada.
—No, si siempre es lo mismo. Es que los músicos somos el
saco de las coces. ¡Y más los músicos negros! Todos esos
fallos no se conciben con profesionales de otro ramo,
porque se impone una formalidad rigurosa en todas las
partes implicadas. Pero con nosotros priva la francachela
y el pitorreo y a mí todo esto ya me fatiga mucho. Este
problema de hoy puede parecer insignificante en sí mismo
pero es una gota más en un vaso que ya está a rebosar.
Y continuó despotricando en esta misma dirección, en alas
de la ira más desabrida. Por un momento me asaltó la
tentación de preguntarle por su famosa política de la
sonrisa, pero no me atreví.
Mi compañero sí que musitó entre dientes, en catalán, para
que él no lo entendiera:
—Mucha sonrisa, mientras no toquen el bolsillo.
Efectivamente, por lo que he podido entender, el dinero es
el factor desestabilizador más poderoso. Cuando se trata
del dinero, o de sus derivados, no valen las sonrisas ni
los pactos de buena voluntad.
El caso concreto de Dizzy Gillespie me impactó muy
severamente. Porque ya entiendo que no le enojó el simple
motivo de una retribución que se le escondía o se le
retrasaba, sino el trato supuestamente poco riguroso hacia
un músico de jazz de raza negra, que para él era una losa
habitual, contra la que estaba cansado de luchar.
Sé muy bien que él fue siempre un bravo luchador por los
derechos civiles y contra la discriminación racial.
Defendió —y consiguió— un respeto social por el jazz y
para los músicos de raza negra que lo cultivan. Recuérdese
que antiguamente, la costumbre general tendía a considerar
los músicos negros, despectivamente, como atracciones de
feria, y los mismos músicos cooperaban adoptando nombres
chuscos (recordemos los “Chocolate Dandies”. los “Cotton
Pickers”, los “Red Hot Peppers”, etc.) y presentándose
vistiendo colores llamativos, sombreros chocantes,
etcétera. Dizzy Gillespie, acaudillando el movimiento
cultural y social del ‘be bop’, consiguió cambiar la
mentalidad general y ganó para todos los “jazzmen” la
consideración y el respeto que como músicos merecen.
Su triunfo se amplió desde el escenario a la platea
porque, efectivamente, su movimiento reivindicativo abrió
a la clientela de raza negra las puertas de los locales
donde anteriormente sólo podían tener acceso los
ciudadanos negros como músicos, o como camareros, en su
papel de servidores de la parroquia de raza blanca.
Todo esto, y más, lo batalló Dizzy Gillespie con firme
resolución, con la frente altiva y, muy especialmente, con
la sonrisa en los labios como su mejor arma para
desmovilizar las agresivas fuerzas de la regresión.
Teniendo muy presente todo esto, aquella mañana en Ginebra
descubrí que la naturaleza humana, aún la más recia, tiene
en el dinero su talón de Aquiles. El heroico luchador
Gillespie, paladín de la sonrisa, se descompuso
espectacularmente cuando no le llegaba a su debido momento
el dinero que se había ganado trabajando. Un dinero que no
se le hurtaba, ni se le discutía, sino que, según las
apariencias, sólo se le demoraba unas horas.
Se me reveló, muy dolorosamente, que la sonrisa, el
humanismo, la hermandad y todo lo demás, son factores
positivos que convergen en el progreso de la civilización,
pero se desactivan de modo dramático cuando se genera una
colisión con el poder del dinero y sus efectos
colaterales.
Y, como decía al principio, esto me recuerda el caso de
mis amigos Lucía y Gerón, que forman una pareja muy
pintoresca. O a mí me lo parece. Pintoresca y muy querida,
por cierto. Trataré de explicar por qué y cual es su
relación con mi experiencia de Dizzy Gillespie.
Los dos son catalanes y están ahora en la etapa de los
cuarenta-y-muchos años intensamente vividos. Ella, para
empezar, es una alta-ampurdanesa (de Vilajuiga, creo) de
carácter muy fuerte y algo “tocada” de la tramuntana, como
es natural. De muy joven coronó la carrera de medicina, en
Madrid, adoptó la especialidad de pediatría, y pronto
ejerció en un hospital de Lisboa, a donde se trasladó
atendiendo una recomendación madrileña. En Lisboa estuvo
varios años, muy feliz según confiesa, se enamoró de un
ginecólogo portugués, con quien se casó y tuvo una hija,
llamada Elena que, por cierto, es muy maja. Puedo
afirmarlo con pleno conocimiento porque en la actualidad,
madre e hija viven en Barcelona y las veo con una cierta
frecuencia, sobre todo a través de Gerón.
El caso es que el proyecto lisboeta embarrancó, por causas
que no estuvo en mi mano aclarar, y Lucía volvió “a casa”,
hace ya unos doce años, divorciada y con su hija Elenita,
que entonces tenía sólo 6 años apenas y ahora va a cumplir
unos espléndidos 18.
En los primeros compases de su regreso, Lucía anduvo
desorientada aunque no vencida, y derrapó un poco, aunque
nunca perdió el rumbo ni el equilibrio, porque es una
luchadora infatigable. Ahora las dos, madre e hija, viven
muy bien en Barcelona. La niña estudia periodismo (dice
que “cualquier cosa antes que medicina”, ella sabrá por
qué). Su madre dejó no hace mucho la pediatría, (sólo
temporalmente, según su propósito inicial) y se ha
consolidado como una reputada sexóloga. Y gana mucho
dinero con más comodidad, sin turnos de guardia, sin
urgencias... etcétera.
A las dos las conocí por Gerón, mi viejo amigo. Un tipo de
buena familia, muy galante, dicharachero y ‘bon vivant’,
que estudió varias carreras (Medicina primero y Derecho
después, obedeciendo designio paterno, y Arquitectura más
tarde, por decisión propia) pero no terminó ninguna porque
su disposición natural se mostró siempre refractaria a los
imperativos del estudio sistemático. Más dado a la
aventura, y dominando —eso sí— inglés y francés, se
convirtió, no se sabe cómo, en director de hotel,
estrenándose en un nuevo establecimiento que una cadena
americana abrió en Dar Es Salam, allá en Tanzania. El
hombre prosperó y al cabo de poco más de un año fue
trasladado más al norte, a Nairobi. Por poco tiempo,
porque su destino le llamó en Karachi. No fue a Bombay, ni
a Delhi, sino a Karachi. Continuó prosperando y, dentro de
la misma cadena, fue destinado a Ankara, para dirigir un
hotel nuevo, donde permaneció unos años apasionantes, de
gran actividad polifacética. Una vez más, no fue a
Estambul, no: a Ankara. Más tarde inauguró otro hotel en
Ismailia, pero no en El Cairo. Ni en Alejandría; no, en
Ismailia. Y así sucesivamente, iba de ciudad en ciudad,
dentro de la misma cadena hotelera, en la que imperaba la
política de no mantener a sus directivos demasiado tiempo
en el mismo lugar, se supone que para evitar apegos
personales y querencias perniciosas para el negocio
De vacaciones solía venir siempre a Barcelona y los amigos
le llamábamos “El Exótico”. Por esto, porque no recalaba
nunca en el punto más turístico de la región, ni en el de
mayor renombre o de máximos atractivos sino en “el otro”.
Cuando confesaba que ya estaba cansado de tanto deambular
por el mundo y quería buscar piso en Madrid, siempre
alguien replicaba: “¿En Madrid? No, nombre, no te sentirás
a gusto. ¡Mejor en Segovia!”
Pero debo volver a lo esencial del relato. Mientras Lucía
se casaba en Lisboa, con un tocólogo portugués, y
alumbraba a la niña Elena, nuestro buen amigo Gerón
esposaba en Ankara una madrileña funcionaria de la
embajada española. Al cabo de poco más de un año de
matrimonio, la brújula de su periplo señaló rumbo a
Ismailia, donde se inauguraba otro nuevo hotel. A Egipto
se llevó su mujer, que estaba embarazada y no tenía
simpatía ninguna por la cultura egipcia. Muy al contrario,
deseaba volver a su Madrid entrañable, para dar a luz
allí. Pero no; en Egipto, nació su hijo, bautizado como
Julio, por decidido empeño de su madre, que se llama
Julia, lo mismo que su padre de ella, un diplomático de
casta que se llamó Julio y que entonces vivía aún, en
Madrid, retirado.
Después de Ismailia, la familia se trasladó a Nicosia, y,
al cabo de cierto tiempo, siguiendo su via-crucis
particular, hubo que desembarcar en Túnez. Allí estalló el
conflicto. Julia, la esposa del hotelero errante, se
plantó. Desde tiempo atrás dejó claro que aborrecía la
trashumancia, que estaba harta de vivir en hoteles de
primera emplazados en países de segunda, y quería volver a
Madrid, donde tenía su familia y sus relaciones.
Especialmente tenía a sus padres, ya mayores, (su madre
con mala salud) que estaban deseosos de ocuparse de la
educación de su nieto Julito, para quien deseaban la
carrera diplomática, por aquello de la tradición familiar.
Ella echaba de menos, con creciente amargura, su antiguo
hogar madrileño de la calle Ortega y Gasset, donde vivían
aún sus padres, y se confortaba acariciando la memoria de
sus paseos juveniles, con la pandilla estudiantil, por
Velázquez, por Serrano, por Castellana... por su
entrañable barrio madrileño de Salamanca, que había dejado
temporalmente, sólo por unos meses, para una intrigante
aventura en la embajada española en Ankara. Una estancia
turca que se dilató mucho más allá de lo que había
imaginado, a causa de su amor, fulminante y apasionado,
por Gerón, que le llevó a una vida nómada que no había
deseado, que no le gustaba y que finalmente fue causa de
la ruptura.
Desde muy atrás, ya en Ismailia y luego en Nicosia, la
buena mujer había exigido de modo terminante un traslado
inmediato a Madrid, sugiriendo a Gerón que si no era
posible dentro de la misma cadena hotelera, que se
despidiese, que ya se encontraría algo mejor. Él resistía
y contemporizaba pero lo de Túnez fue ya demasiado para
ella.
En síntesis, a poco de establecerse allí, la señora de
Gerón (digamos que en lo legal era la “señora de Sánchez”
ya que este es el apellido de nuestro buen Jerónimo,
honroso apellido por demás, a pesar de que él lo repudia,
por razones que nadie conoce) concretó sus antiguas quejas
con un categórico “hasta aquí hemos llegado”. Él
protestaba alegando que ya había pedido traslado a Madrid
(o algún punto de España) y que convenía esperar, pero
ella se plantó.
—Me voy. Ya sabes a dónde. Cuando quieras —si quieres— ya
vendrás.
Portazo y adiós.
Madre e hijo, (Julito tendría entonces unos 5 años, según
creo), desaparecieron de la escena y Gerón se quedó en
Túnez, solo, con el convencimiento de que el amor se había
disipado sin remedio y la etapa matrimonial había llegado
a su fin. En lo que, por las pruebas, su mujer no
discrepaba.
Él se quedó en Túnez algún tiempo y su itinerario
trotamundos continuó inexorable con un traslado posterior
a Casablanca, para inaugurar un nuevo “cinco estrellas” de
la cadena .
En aquel hotel, a poco de establecerse en Casablanca,
ocurrió.
Dicen que esas cosas son posibles en Marrakesh, nunca en
Casablanca. Pero ya se sabe que los secretos meandros del
destino son inescrutables. El caso es que nuevo hotel
estaba preparado para albergar reuniones de empresa,
congresos y convenciones y en esta línea dio cobijo a una
especie de encuentro internacional de especialistas en
pediatría en el que, como el lector habrá adivinado,
participó una delegada española, llamada Lucía.
Lucy, que aún no se había cambiado a sexóloga, desarrolló
allí una brillante ponencia y fue muy felicitada. Feliz y
eufórica, recibió también los parabienes del director del
hotel, español él, que la colmó de atenciones especiales.
Así se conocieron, Lucy y Gerón, los protagonistas de
nuestra historia.
Al margen de cualquier incentivo intencionado, surgió una
atracción de perfiles inconcretos e indefinibles entre el
caballeroso director del hotel y la ilustre especialista
pediátrica. Algunos podrían aventurarlo como “flechazo”
pero ninguno de los dos era consciente de que se trataba
de esto. Fue más bien una corriente de simpatía mutua que
seguramente se habría diluido en la distancia, más allá
del recuerdo de un agradable encuentro casual de dos
españoles en el extranjero... a no ser por un lance
imprevisible, que modificó el cuadro de relaciones de
manera abrupta.
He aquí que, en el cálido atardecer del día siguiente,
cuando Lucía regresaba muy feliz de un placentero paseo
por los alrededores, casi en la misma puerta del hotel,
fue asaltada violentamente por dos mozos con aviesas
intenciones. Ella se resistió y en el impulsivo forcejeo
fue derribada y maltratada, acabando en el suelo,
humillada y enfurecida... y sin su reloj de pulsera y sin
el bolso que portaba, que desaparecieron con los dos
maleantes. Por pura desgracia, el atlético portero
uniformado del hotel se había ausentado para reconducir
unos equipajes de un cliente en la esquina y cuando volvió
a su puesto sólo pudo ayudar a levantarse a su atribulada
huésped y a atenderla en el interior del establecimiento.
Como es natural, la dirección del hotel se mostró muy
responsable y se volcó en ayuda de la dama, apenada por
golpes y arañazos y sumida en una crisis nerviosa..
Gerón, muy dolido por el desmán, brindó a la aturdida
huésped toda su ayuda, se ocupó en persona de la denuncia
a la policía, fue en busca del médico del hotel, que
atendió exquisitamente a nuestra eminente doctora, la
llevó a curar sus rasguños, le practicó un análisis
exhaustivo sobre su estado general (de colega a colega),
etcétera.
Lo que ocurrió después no sé cómo explicarlo, pero tal vez
el lector pueda adivinarlo mejor que yo mismo. Según él me
contó, una vez que hubo pasado lo peor, y hallándose la
doctora Lucía en su habitación reponiéndose del percance,
nuestro probo director del hotel subió en persona (con el
obsequio de un cesto de fruta) a fin de interesarse por su
estado anímico, para preguntarle si necesitaba alguna cosa
concreta o si quería que le subieran una cena a la
habitación, pues ya iba siendo hora, etcétera.
Ella le hizo pasar:
—Por favor, pase, pase.
Y todo esto.
Muy lejos de estar ya sosegada, Lucía se hallaba tendida
en su cama, presa de gran excitación, llorando
convulsivamente y, entre sollozos, semi-incorporada, pedía
perdón por las molestias que estaba causando, etcétera, y
todo lo demás. En el fondo, aunque no lo dijo con
palabras, se sentía amargamente ultrajada por el hecho de
encontrarse en estado tan lamentable ante aquel apuesto
director de hotel con el que —como se alude más arriba—
había surgido un fluido de simpatía muy especial.
El director Gerón, muy turbado él, protestando de que no,
que se tranquilizara, que todos en el hotel deploraban tan
vivamente lo ocurrido, y que, por favor, que no faltaba
más, y todo esto.
Argumentado aquello trillado de “piense que le hubieran
podido hacer daño” y que “no llore por el reloj, que tal
vez la policía lo recuperará”, que “ya hemos pedido
duplicado de su pasaporte y por el dinero no se preocupe”
etcétera, etcétera. Que “lo principal es su salud y su
integridad”, etcétera, etcétera, y que “se tranquilice”,
que “todo el personal del hotel está muy sensibilizado y a
su servicio” y, en fin, que “qué pueden hacer por ella”,
etcétera.
Etcétera.
—¿Quiere hacer una llamada por el teléfono? ¿Quiere tomar
algo? ¿Un café? ¿Un gelocatil?...
—No, que ya me ha dado el médico no sé qué.
Y que tal y que cual, y bueno, él se acercó, claro...
Ella, que estaba aún histérica, se abalanzó a él, por
instinto, como a un bote salvavidas, para sollozar sobre
su hombro, y él, muy emocionado, se abrazó a ella
compulsivamente... sobre la cama... y...
Ocurrió.
Campanas de fiesta en los oídos, torbellino vertiginoso en
la voluntad, levitación anímica, disociada con la
realidad... En fin...
No se sabe cómo se inició el asunto, pero sí saben los dos
muy bien qué es lo que sucedió.
Después, ella, silenciosa, estuvo suspirando un rato,
callada, inmóvil, en laxitud total, abandonada sobre la
cama. Él, a su lado, mudo también, mirando al techo
fijamente, sin moverse un ápice ni pronunciar palabra.
Al fin, ella rompió el silencio murmurando algo para sí
misma, sobre su aspecto miserable, el rimel corrido, los
ojos irritados de lágrimas apenas contenidas, despeinada,
desvestida a medias y desencajada, y adivinando su estampa
marchita, “fané y descangallada”, como diría Gardel.
—Debo estar como para una película de Fellini—musitó.
Él la miró y, sin contenerse, sin ningún autodominio,
estalló en una risa nerviosa, que surgía a borbotones, una
risa absurda, ridícula.
Ella le miró a él también y, entre lágrimas apenas secadas
a medias, con el pelo revuelto y un rostro que se
desdibujaba por un maquillaje arruinado, no pudo evitar el
contagio de la risa.
Los dos estuvieron riéndose un buen rato sin saber
exactamente de qué, aunque cabe suponer que como reacción
expansiva por los acontecimientos recientes.
Bueno, el caso es que aquello no fue un desenlace sino el
inicio de una larga historia.
Poco podían imaginar aquellos dos tristes rufianes de
Casablanca lo que llegó a desencadenar su alevosa
trastada, a las puertas de un hotel de lujo. En efecto,
aquello fue el inicio de la larga historia entre Lucy y
Gerón.
Lucy volvió a Barcelona sin reloj y sin bolso, con nueva
documentación provisional y con una palpitación nueva en
su corazón. Una palpitación que le sugería presentimientos
misteriosos, que iban a turbar su sosegada vivencia de
entonces.
Gerón se quedó en su hotel como sonámbulo, todavía
embriagado, con el sabor a lágrimas y a perfume sudoroso
que le quedó prendido después de aquel torbellino y, ahora
sí, pidió a la cadena hotelera americana, con firme
resolución, un traslado lo antes posible a España, donde
tenían abiertos dos hoteles, y otros dos casi a punto... o
iba a pedir la baja en la compañía. Como suele ocurrir, en
el puente de mando de la empresa no estaban ya las
personas que le habían llamado al principio de su carrera
hotelera, de modo que los actuales dirigentes
interpretaron (o simularon que interpretaban) que Gerón
les pedía la baja y le respondieron de inmediato que,
”atendiendo a sus deseos, accedían a dejarle en libertad
para abandonar la cadena”. Añadiendo que sólo le pedían se
quedase todavía dos semanas más en Casablanca, con el fin
de darles tiempo de enviarle un sustituto. Todo ello,
obviamente, con el propósito solapado de no darle pie a
pedir indemnización por despido.
Claro, el bueno de Gerón sintió físicamente la patada en
el trasero y, dado su curriculum y su dedicación de tantos
años a la empresa, con todo lo que había vivido y había
tenido que soportar, consideró que el trato era una
infamia y se fue a Barcelona derecho, mascullando
maldiciones pero intrigadísimo en su interior por lo que
el destino le deparaba a raíz de su anhelado reencuentro
con aquella ponente de pediatría que de manera tan
inquietante le había cautivado en Casablanca.
*** *** ***
Estos son Lucía y Gerón y esta es la historia de su
encuentro, allá, en Casablanca. Han pasado más de diez
años y la pareja se ha estabilizado. Viven juntos en
Barcelona, con el marchamo de matrimonio burgués, en una
villa recoleta, con un pequeño jardín bien cuidado, camino
de Vallvidrera.
Oficialmente se casaron en las remotas islas Marquesas,
allá en la Polinesia francesa, y enseñaron álbumes de
fotos de la ceremonia típica y del consiguiente viaje de
novios por Bora-Bora y rincones adyacentes.
No es que importe mucho pero usted y yo sabemos que, en
pura verdad, a pesar de la pintoresca ceremonia polinesia,
nunca se casaron realmente, digamos con trascendencia
legal. Por varias razones, y sobre todo por una muy en
particular y es que Julia, la diplomática ex-esposa de
Gerón, ha mantenido siempre una actitud ácida, muy
beligerante, y no consintió nunca en el divorcio.
En cambio, al ginecólogo portugués, ex-marido de Lucía, le
interesó divorciarse muy pronto porque quiso casarse de
nuevo y hasta tuvo una hija preciosa que, por desgracia,
murió en un accidente. Una fatalidad que contribuyó en
gran medida a la dedicación afectiva que siente por la
hija que tuvo antes con Lucía, la gentil Elenita, que se
muestra francamente “aportuguesada” y no sólo por el hecho
de haber nacido en Lisboa sino por inclinación natural.
Ella habla portugués fluidamente y viaja a menudo a
Lisboa, encantadísima, para estar con su padre y su nueva
esposa y con la pandilla de sus jóvenes amistades
lisboetas, todo lo cual, al fin y al cabo, redunda en una
relación normalizada y teñida de cordialidad superficial
entre la pareja de sus progenitores separados.
En este aspecto, Gerón tiene un panorama muy diferente. Su
ex-consorte, Julia, es muy arisca, como mencionamos más
arriba y, desde la separación, se encastilló en el papel
de esposa ofendida, aunque en la separación no hubo una
ofensa formal por parte de Gerón. Fue ella la que decidió
quebrar la unión, abandonando a su cónyuge en Túnez, años
ha. De hecho, su despecho proviene del hecho de que Gerón
haya llegado a ser feliz con otra pareja y desde su
posición actual, encuentra cierto deleite morboso enviando
a menudo, a Gerón, dardos envenenados de muy variada
condición. Julio, el hijo de ambos, viaja a Barcelona de
vez en cuando, a requerimiento expreso de su padre, que se
vuelca colmándole de atenciones y regalos, como buen padre
separado consciente. Julio lo acepta de buen grado pero en
Barcelona no se llegó a integrar nunca. Deliberadamente,
no pronuncia una sola palabra de catalán, ni por descuido,
aunque lo habló en su niñez, desde la misma cuna, por
deseo expreso de su padre. Su sitio es Madrid, donde
estudia (carrera diplomática, claro, como está mandado) y
donde tiene su aire, su clima, su gente... No es que le
disguste viajar a Barcelona de vez en cuando pero lo hace
con la misma disposición con que un barcelonés de pura
cepa iría a visitar a sus parientes en Camprodon.
Pero es un dato muy curioso el de que Julio siente una
debilidad afectiva realmente espectacular por la bella
Elena portuguesita, la hija de la actual compañera de su
padre, que le mira también con buenos ojos, se lo lleva de
parranda con su grupo de amigos cuando coinciden en
Barcelona, etcétera, y hasta se llaman por teléfono cuando
uno está en Madrid y la otra en Barcelona (o en Lisboa).
No son novios, ni ninguno de los dos se lo ha planteado;
sin embargo, esta comunión afectuosa entre los dos jóvenes
produce en la pareja progenitora de Barcelona, entre Lucía
y Gerón, una satisfacción íntima que no sólo no esconden
sino que estimulan. Y que exhiben ante sus amistades como
un éxito, con no recatado deleite.
Gerón sigue entregado a la misma actividad de siempre,
aunque ahora de manera sedentaria. Su etapa nómada
finalizó en Casablanca, al tiempo en que su espíritu se
iniciaba en otra nueva clase de inquietudes. En la
actualidad, es asesor-gerente o algo así, de una
corporación semi-oficial para la promoción turística y, en
su campo, goza de un prestigio consolidado con su aura de
“persona muy viajada”. Económicamente no tiene queja, como
lo demuestra su tren de vida, sus trajes impecables, su
permanente buen humor y su “Mercedes” 560-SEC que, a la
época de los acontecimientos que se narran, era un “último
modelo” provocador de envidias solapadas.
Lucía (que se conforma con un Volvo 440), abrió una
consulta como sexóloga y en este campo ha alcanzado una
notoriedad superior a la que ya tenía como pediatra,
seguramente porque es una ciencia más nueva y menos
cultivada por la sabiduría médica. Actualmente, con su
fama de sexóloga recién estrenada, asiste con frecuencia a
debates públicos, tertulias radiofónicas y actividades
parecidas, lo que le ha dado una cierta notoriedad,
ribeteada de mofa constante, de parte de Gerón, que no
oculta sus reticencias, lo cual ha sido causa de algún que
otro rifirrafe verbal entre la pareja.
Básicamente, según me él confió un día, Gerón desconfía de
la sabiduría de su mujer en materia sexológica y se burla
de la superficialidad de los consejos que distribuye (con
“toda su cara dura”, desde su punto de vista crítico) a su
asombrada clientela, por cuanto en la vida práctica, la
actividad sexual de la famosa sexóloga con su ‘partner’
Gerón resulta, al parecer, sumamente perfectible, por usar
un vocablo benévolo. Según su versión, una vez puestos los
dos antagonistas en la cama, para un encuentro ‘ad hoc’,
la relación suele ser tensa, desquiciada y hostil, a causa
de la actitud de ella, estática, inhibida y
abstencionista, cuando no parapetada en una terca
resistencia .
—Si es que cada vez —se me lamenta Gerón— es como si
tuviera que representar “La violación de Lucrecia”, en
vivo y en directo. ¡Y es muy fatigoso! ¡Ya estoy cansado
de este número! ¡Quisiera saber dónde se esconde la
experta sexóloga!
Con ella no tengo la misma confianza pero, por lo que sé,
su valoración de este mismo conflicto conyugal es
radicalmente opuesta. Lucía abomina de cualquier tipo de
reparo que se pueda plantear respecto de su dominio
particular del sexo activo y, consiguientemente, las
críticas de Gerón son muy mal recibidas. Tanto que, por
esta causa, se han producido, según mis noticias, varias
batallas campales entre la pareja, abundantes en lágrimas
y exasperación general.
No obstante, la sangre no llega nunca al río, por así
decirlo, puesto que tras el combate se firma el tratado de
paz y la armonía se restablece en mutua y recíproca
efusividad. Hay diferencias, sí. Hay protestas, reproches
y regañinas, incluso violencias, a veces. Pero la pareja
marcha adelante, codo a codo, con la satisfacción de
superar juntos cualquier obstáculo que surja en el camino
de su convivencia.. Una satisfacción elemental, si se
quiere, pero íntimamente gratificante. El amor todo lo
vence. O casi todo, como veremos más adelante.
Para sus amigos es un modelo clásico de “pareja feliz”
pero en la intimidad se organizan de vez en cuando unas
broncas monumentales y casi siempre por motivos
superfluos. Lucía, sobre todo, pero a Gerón también le
pasa, está tal vez preocupada por algún motivo profundo,
que no quiere admitir, y descarga su malhumor sobre el
primero que pasa por delante, que suele ser Gerón,
naturalmente, un ser humano ajeno al problema secreto que
acongoja a la buena mujer.
Cuando se produce una coincidencia en el estado anímico de
ambos, las agresiones (verbales) suben de tono de manera
indescriptible y la colisión roza los límites de la
ruptura definitiva. Como ilustración, podríamos mencionar
un caso reciente, cuando Gerón me confesó que estaba
desconcertado porque le había subido a 16 su handicap en
el golf, cuando lo normal en sus últimos tiempos es que
estuviera fluctuando entre 8 y 10.
—Estás perdiendo facultades, querido —apunté— Ya vas
teniendo una edad...
—No es eso, no es eso —se excusaba él—Mi ‘swing’ sigue
siendo perfecto, mis “approach shots” son geniales y en el
“green” me desenvuelvo mejor que nunca. Es una cuestión de
mala pata, inexplicable. Ayer mismo, durante el Torneo
Internacional del Golf Terramar, que yo me había tomado
muy en serio, anduve bien, “uno bajo par”, en los tres
primeros hoyos y en el ‘tee’ número cuatro, saqué muy
potente, con la ‘madera’ 3, una bola que se elevó
majestuosa por los aires y, de pronto, torció a la
derecha, pasó por encima de unos árboles y se perdió de
vista para siempre detrás de unos matorrales. ¿Fue una
ráfaga de viento? En los hoyos siguientes me rehice
medianamente pero mi preocupación aumentó cuando en el
“nueve”, la misma historia se repitió. Otra bola perdida,
de manera ignominiosa. Y no soplaba viento ni pasaba nada.
Saqué con el “driver” ’Big Bertha’, para lanzar lejos y
que la bola no se levantase demasiado. El “swing” fue
perfecto y la bola salió disparada pero de pronto se
elevó, torció su camino cuando estaba en el aire y fue a
caer quien sabe donde, porque ya no la vi nunca más. Fue
algo como de brujería. Inexplicable.
—Vale más que saques más corto y asegures la bola en “la
calle”, sin perderla de vista... ¿O no?
—No. Esta es la táctica de los mediocres. De los
perdedores. No, no; el “swing” fue modélico, el impacto
con la ‘madera’ fue perfecto y la bola salió muy potente y
bien dirigida, en ambos casos, como en los demás. Pero las
dos bolas, en el “cuatro” y en el “nueve”, se perdieron
sin ningún motivo racional. El fiasco, repetido, me
desconcertó tanto que luego metí una bola en el estanque y
vamos, que en la segunda mitad del recorrido todos los
“bunkers” tenían imán... Como remate final, en el “green”
del 18, delante de numerosos amigos y espectadores, junto
al chalet del club, hice un ridículo espantoso, paseando
la bola alrededor del “hole”, como un novato. ¡Menos mal
que Lucía no vino!
A causa de todo esto llegó Gerón a casa con un humor de
perros, con el ceño fruncido y su estampa más desagradable
en el rostro, aunque con la decisión inquebrantable de
ocultar el motivo de su enojo. Ante su mujer, su amor
propio le impedía confesar la sinrazón de su malhumor, so
pena de exponerse a un pitorreo degradante y esto le
situaba en una posición falsa, lo que aumentaba todavía su
irritación consigo mismo.
Aquel día Lucía albergaba también, en su interior, un
profundo disgusto, cuyo origen tampoco confesaría a su
marido jamás, ni bajo tortura. Resulta que Elena, su bella
Elena, su dulce hijita del alma, se había marchado a
Lisboa por la mañana, a instancias de su padre, que había
organizado allí no sé qué festorro. ¡Y la niña no se
acordó que justamente mañana es el cumpleaños de mamá! ¡Y
siempre lo hemos celebrado en casa!
¡Dios mío, qué desastre! ¿Cómo es posible que la niña no
se acordara?
—Ella no se acordó, ¡pero su padre sí! —reflexionaba
Lucía— Precisamente por esto organizó allí un podrido
guateque ¡para quitarme a mi hija en el día de mi
cumpleaños! ¡Es típico de él! Toda la vida ha gozado con
este tipo de alfilerazos y no tiene remedio. Es un
redomado cabrón. Pero la niña no se ha acodado, por Dios,
la niña no se ha acordado...
Gerón apechugando su problema con el golf y su handicap en
el día del Torneo Internacional y Lucía disimulando lo de
su niña evadida en su cumpleaños por una artera maniobra
de su ‘ex’, y ninguno de los dos dispuesto a abrirse para
confiar sus secretos enojos... Bueno, el encontronazo fue
épico.
Todo empezó cuando Lucía, que había recibido la llegada de
Gerón con el espíritu dispuesto en forma de serpiente
boa-constrictor, le reprochó desabridamente no sé qué
actitud supuestamente desconsiderada con respecto a la
Elenita desertora. Precisamente cuando ella estaba tan
molesta con la conducta de su hija, cuando la tenía tan
presente en el pensamiento por su huída, imaginó
(falsamente) que Gerón la agraviaba. A todas luces era un
reproche sin fundamento y cayó sobre el desprevenido Gerón,
que ya venía el hombre especialmente quemado por lo que
usted y yo sabemos, como un chaparrón inesperado,
inmerecido e injusto.
En otras circunstancias, digamos “normales”, Gerón hubiera
podido reaccionar tal vez con un conciliador ”Vamos a ver,
Lucía ¿qué te pasa?” Pero en aquel momento no estaba él
preparado para negociar sutilezas del ignoto subconsciente
femenino, de modo que su pronta respuesta, tal vez de
contundencia excesivamente virulenta, vino a arrojar un
haz de leña seca al fuego incipiente que, con el aliento
de uno y otro de los contendientes, atizó muy pronto una
hoguera borrascosa que estuvo a punto de abrasar la unión
sin remedio y para siempre. Hubo, ciertamente, amenazas
concretas de separación definitiva y la situación tenía
una salida difícil en lo inmediato, porque de las dos
partes se profirieron graves insultos, muy difíciles de
ignorar o, siquiera, de olvidar.
En este caso, la salida del conflicto se encontró en el
hecho de que toda la ofensa, por ambas partes, consistía
en las gruesas palabras que se intercambiaron en la
refriega pero, de hecho, y en la pura realidad, sólo había
sido una escalada verbal, sin un hecho concreto que
pudiera sustantivarse como motivo de ruptura.
Así que, con más o menos reticencia (porque los insultos
serios y bien dirigidos, aunque aparcados, se arrebujan en
algún rincón de la memoria recóndita) la pareja recupera
su armonía y el disgusto se archiva... hasta que surja el
siguiente trompicón.
Es un instinto ya normalizado en la pareja el de no
afrontar directamente los motivos del disgusto y, por lo
general, los encontronazos se materializan por motivos
tangenciales que no tienen nada que ver con aquello que
realmente corroe en secreto el espíritu de cada cual. Esta
podría ser en principio una reacción esencialmente
femenina, pero a Gerón se le contagió muy pronto y se
instauró en la pareja como un hábito común. (También tengo
que subrayar que, en casos de enfados conyugales de esta
naturaleza, Gerón tiene el buen gusto de no buscar
reconciliación en la cama, un método muy socorrido y
bastante desaconsejable ya que, a fin de cuentas, acaba
dando resultados más bien desalentadores).
Como trato de indicar, este tipo de incidentes se repiten
en la pareja con más frecuencia de la deseable, pero en
ningún caso han dado pie para consecuencias irreparables.
Mucho peor fue el episodio de la convención en Madrid.
¿Cómo lo explicaría? Según mi observación, es bastante
corriente la figura típica del marido desmandado cuando se
encuentra lejos del hogar, en una convención, o con alguna
motivación parecida. He podido conocer honorables padres
de familia y maridos modélicos de los que no se separan de
su digna esposa dentro de su ámbito habitual y que, si por
una vez salen de casa para algún “meeting” profesional en
una ciudad lejana, muestran un frenesí descontrolado y
perentorio por ‘echar una cana al aire’, con una
desazonada urgencia que delata su falta de práctica. Gerón
no es de estos. Para Gerón, la cuestión sexual no tiene
misterios ni representa una tentación que le haga desviar
de su camino, como se le desvían las bolas en el campo de
golf. Podríamos decir que esta parcela la tiene a cubierto
de modo satisfactorio (máxime a tenor de su edad, que ya
es doblemente respetable) por lo cual fue un caso bien
extraño el de su aventura en la convención de Madrid.
Extraño y de bien penosas secuelas, como enseguida se
verá.
En ocasión de una FITUR se convocó en Madrid una
importante asamblea del sector turístico dirigente y allá
que se fue Gerón, representando a la entidad de la que es
directivo. Él no buscó, como otros, una inmediata escapada
nocturna de expansión sexual remunerada. Nada de esto, por
Dios. Él es un profesional responsable y se dedica por
entero a su trabajo, sin devaneos ni frivolidades
extemporáneas. Pero he ahí que justamente en su aplicación
a la exigencia profesional estuvo, por una vez, su
perdición. Alguno de sus ‘alegres’ colegas, precisamente,
se lo recriminó duramente.
—Si vas de putas, pagas y se acabó. ¡Te quedas libre! Pero
si te lías con una decente, te puede costar muy caro. ¡Y
no sólo en dinero!
En fin, que para su desgracia, Gerón se enzarzó en
discusiones técnicas con una delegada vizcaína, muy
preparada ella, pero con ideas curiosas y poco ortodoxas
respecto a la perspectiva turística del campo agreste,
lejos de playas, de pistas de esquí y de concentraciones
masivas. Aquella profesional era una polemista correosa y
Gerón discutió con ella enconadamente durante la sesión de
trabajo, terminada la cual se entabló entre los dos una
apasionada controversia técnica, plagada de datos,
estadísticas y referencias experimentales, que se prolongó
después de las reuniones oficiales y tuvo una prórroga
‘tête à tête’ en un restaurante típico. Casualmente,
resultó que ella conocía Túnez y Casablanca, los dos
últimos destinos en el periplo hotelero de Gerón, lo que a
fin de cuentas abrió el debate a nuevas áreas de recíproca
confidencialidad
Y... bueno, lo que ocurrió fue una desgraciada casualidad.
Una lástima.
El caso es que a la mañana siguiente, muy temprano, la
experta vizcaína en turismo rural tuvo necesidad de
comunicar con su despacho en Bilbao, antes que alguien de
allí hiciera no sé qué y, como en aquellos días no se
habían implantado aún los teléfonos móviles, llamó desde
la cama (de la cama de la habitación de Gerón, bien
entendido) por el teléfono del hotel, con el resultado de
que la persona que ella buscaba con tan imperioso ahínco
madrugador no había llegado todavía. Ella dejó el teléfono
del hotel y el número de la habitación, (de Gerón,
repitamos) con la orden de que llamase de inmediato, en
cuanto llegase.
El teléfono sonó, en efecto, a los pocos minutos. Ella,
que todavía no se había vestido, descolgó presta y
diligente desde la misma cama.
Es doloroso para mí continuar el relato. Como el lector
adivinará, la llamada no provenía de su despacho en
Bilbao. Una voz en el auricular preguntaba por Gerón. Era
Lucía, en persona, que llamaba tan temprano porque sabía
que avanzada la jornada, su dinámico marido se enzarzaba
en reuniones y ni ella quería molestar ni, por otra parte,
sabría ya a dónde llamarle. Pensando en el cariñoso Gerón
de sus pecados, quería saber si se encontraba bien y si
volvería pronto.
Al oír una voz femenina, Lucía, de inmediato, pidió perdón
por haberse equivocado pero la comisionada del País Vasco,
solícita y cooperadora, inquirió:
—¿Por quien pregunta?
—Señor Sánchez. Jerónimo Sánchez.
En su mentalidad de profesional experimentada, la delegada
vizcaína pensó que era una llamada matutina del despacho
de Gerón, como ella misma la esperaba del suyo. Por otra
parte, él tampoco había mencionado que estuviera casado,
porque sus conversaciones de la víspera no penetraron
tanto en el coto privado
—¡Ah, sí! Está aquí —replicó— Un momento, que ha ido al
baño. Creo que se está duchando. Ahora le llamo...
Bueno, parece que nos podemos ahorrar los detalles
subsiguientes.
A los dos días, el regreso de Gerón a su hogar fue como el
de un arrepentido penitente llegando a su Gólgota. Ya en
el mismo umbral vio como su agraviada Lucy le esperaba
ansiosa para saltar a su yugular con los colmillos
afilados, sedienta de sangre. Mi pobre amigo, no diré que
inocente pero sí muy compungido, suplicaba piedad y
clemencia (sin grandes argumentos a favor, hay que
admitirlo) y sólo podía escuchar improperios y
maldiciones.
El duelo fue realmente grave y, dada la actitud furibunda
de Lucía, muchos de los amigos mutuos, que no
encontrábamos el medio de apaciguar, temimos una
separación irremediable.
Por fortuna, no se produjo. Lucía acabó perdonando lo que
fue sólo un lance ocasional, una ligereza injustificada
—quiero decir que no había un desvío consolidado, ni una
doblez sostenida, por parte de Gerón— y la pacífica
convivencia se instaló de nuevo en la pareja.
Más grave fue lo del monitor del golf. En la pareja siguió
habiendo sus más y sus menos, sus momentos felices y sus
broncas consuetudinarias, pero en muchos aspectos era una
pareja ideal.
Especialmente gratificantes eran los viajes frecuentes que
hacían juntos (a veces —muchas veces— llevándose a la
bella Elenita) aunque curiosamente, Gerón evitó siempre
los paises que había conocido como director de hotel.
Digamos que estos viajes estaban en relación con el puesto
que ocupaba Gerón en la promoción oficial del turismo,
donde recaían continuamente ofertas, invitaciones,
proyectos, de cadenas hoteleras, de “paquetes turísticos”
etcétera, que él como experto en la materia, sabía
aprovechar.
Largo tiempo después de aquel tropiezo esporádico en el
hotel de Madrid, que acabamos de describir, ocurrió otro
lance del mismo género, emplazado digamos que en el
terreno de juego contrario.
Resulta que Lucía, que siempre se había mostrado
refractaria a los atractivos del golf y casi nunca quería
acompañar a Gerón en sus deportivas hazañas semanales,
sintió de pronto la irresistible llamada del golf en lo
más íntimo, gracias al poder de convicción de una nueva
amiga, Irene de nombre, que conoció en una tertulia de la
radio y con la que había intimado mucho últimamente. La
amiga Irene, forofa del golf, la indujo a inscribirse a un
cursillo de prácticas y, enamorada súbitamente de este
deporte, decidió ir de pareja con su amiga para tomar
lecciones de un profesor experimentado que le ayudase a
obtener “handicap” y carnet federativo, para poder salir
al campo a jugar de verdad. El proceso corriente, vamos.
El campo que Lucía frecuentaba en su repentino arrebato
golfístico no es el mismo del que es socio su marido, sino
otro más cercano, que es el que frecuentaba su entusiasta
nueva amiga. Al principio iban las dos una tarde o dos a
la semana pero más adelante Lucía se independizó y
administró sus escapadas golfísticas según los huecos que
se presentaban en su trabajo. Su profesor —vivamente
recomendado por la amiga Irene— adquirió gradualmente un
papel más y más relevante en su quehacer.
A veces, Lucía comentaba en casa sus impresiones respecto
a progresos en su “swing” y sus experiencias curiosas en
su nueva actividad deportiva, a la que se había entregado
con el apasionamiento de un converso tardío.
Y el profesor...
—Es un tipo tan peculiar... —subrayaba— Su cultura es muy
primaria pero tiene una inteligencia natural muy vivaz,
que se manifiesta por sus sentencias, justas y sensatas,
ante cualquier cuestión que se presente. Además, sus
modales son muy refinados, pero no parecen aprendidos sino
innatos. Es como un diamante en bruto.
Y otro día:
—Ese profesor me sorprende. Tiene un sentido del humor muy
inglés. Sus respuestas parecen extemporáneas pero en el
fondo son incisivas y cargadas de razón. ¡Y tiene unas
salidas tan cómicas!
Y más:
—No sé cómo una persona tan inculta, porque lo es, puede
utilizar un léxico de persona ilustrada. Aplica a cada
cosa la palabra justa, muy por encima del vocabulario
vulgar. A saber si es un universitario disimulado. En todo
caso, lo disimula bien.
Y aún:
—Jaime —(ahora ya tenía nombre)— creo que te ayudaría en
tu forma de jugar. Tiene unas ideas tan fantásticas y al
mismo tiempo tan sencillas... Es que con él entiendes el
golf mucho mejor y todo te resulta más fácil...
O este otro:
—Jaime me ha preguntado si asistiremos a la cena anual del
club, el próximo sábado. A él le darán un trofeo
importante y un obsequio de no sé qué. ¿Iremos?
Es con excesiva displicencia que Gerón escuchaba este tipo
de información. En el fondo, pensaba que Lucía se
interesase por el golf era una expansión positiva. Que el
golf la tendría mentalmente ocupada, vamos, y siempre es
bueno para la paz conyugal.
Hasta que llegó la fase del proceso en que Lucía ya no
comentaba nada. Venía de jugar y se dedicaba afanosamente
a cualquier cosa menos a hablar del tema.
—¿Cómo te ha ido, hoy?
—Bien, bien.
O, por el contrario:
—¡Uff! Hoy, !fatal!
Y Gerón preguntando, distraídamente:
—¿Y tu profesor? ¿Sigues con él?
—Ah, sí. Bien.
Tan cerrado laconismo era sustancialmente sospechoso y
Gerón, si no anduviera tan despistado, hubiera tenido la
mosca en la oreja. Que habría abierto los ojos, vamos, y
tal vez haciendo acto de presencia en forma preventiva se
hubiera podido evitar el resbalón.
El caso es que Lucía se sentía intrigada por el personaje,
Jaime de nombre. Joven treintañero, de construcción
atlética, jovial de carácter, rápido en reacciones
inesperadas y en respuestas agudas, a veces punzantes,
tenía un poder de comunicación muy especial y otro poder
aún más determinante sobre las damas en la distancia
corta; cuando cogía las manos de Lucía con las suyas, tan
grandes y poderosas, para ayudarle a empuñar el palo de la
forma más apropiada, o cuando por detrás sujetaba sus
hombros para indicarle como declinar el movimiento preciso
para un “swing” mejor, Lucía sentía en lo más profundo la
eclosión de unas burbujas chispeantes como las de puro
champán, que subían directamente a la cabeza y le hacían
ver como ondulada y movediza la línea plana del horizonte
mientras que sus pies parecía que perdían contacto con el
suelo.
Ella, la experta sexóloga, hubiera diagnosticado muy
certeramente el caso si se hubiera tratado de una paciente
en su consulta pero no estaba preparada para un dictamen
preciso aplicable a su propio interior. Como en un
temporal marino socavado en la profundidad, emergieron las
famosas algas rojas, y tuvo la sensación de perderse en un
torbellino embriagador en el que se mezclaban, danzando
alrededor de su voluntad desfallecida, un feroz deseo
reprimido, una sucesión de interrogantes de todos los
colores empujados por la curiosidad, una avidez
inconfesable de carne fresca y un fulgurante deseo de
domeñar y poseer aquel cuerpo tan joven, tan
inquietantemente sugestivo.
Hubo tema. No una vez, como le ocurrió a Gerón en una
chispeante noche madrileña, sino que hubo bises. Más aún,
hubo método y organización sistematizada.
Gerón no notaba nada, en absoluto. Si acaso, sí que
observó en la cama una disposición notoriamente más
participativa por parte de Lucía. Tanto así que aquella
figura de “la violación de Lucrecia”, que tanto le
apenaba, se extinguió del todo. En efecto, no es que la
actividad sexual entre ambos se hubiera acelerado mucho ni
que ella demostrase una avidez especial pero, llegada la
ocasión, Lucy se mostraba no sólo muy participativa sino
que incluso tomaba a veces iniciativas espectaculares, que
dejaban a Gerón literalmente alborozado. Dicho en pocas
palabras, ahora, por fin, Lucía disfrutaba plenamente del
sexo activo.
Él no dejó de comentarlo y ella un día se sinceró:
—Es como si me hubiera librado de un complejo...
—¿Cómo?
—Sí. Cuando hacíamos el amor normalmente, a mí me asaltaba
una sombra, se me aparecía como un vago recuerdo de mi
marido en la misma posición. Era como un hálito
involuntario y fantasmagórico y cuanto más deseaba
librarme de él, más difícil se me hacía participar
abiertamente contigo. Estaba como atascada y ahora, por
fin, creo que he podido zafarme...
—Vaya, nunca me dijiste nada de esto...
—No podía, compréndelo. Era una secuela psicológica
absurda, algo que a mí misma me parecía ridículo, y cuanto
más quería superarlo, llegado el momento, más me
atenazaba. Ahora creo que se ha desvanecido.
—¿Y qué ha ocurrido para que se desvanezca?
En vez de sincerarse y confesar paladinamente qué es lo
que le había ocurrido, Lucía dijo:
—Bueno, es que ya ha pasado tiempo y como era sólo un velo
mental, se ha caído por sí solo.
¡Embustera!
Feliz y contento, Gerón tuvo un día la idea de ir a darle
una sorpresa, al campo de golf, sobre todo porque el
tiempo amenazaba tormenta y pensó que podría serle útil...
Lucy le había dicho que iría a jugar por la tarde, y que
para salir pronto (para que no oscurezca estando en juego)
iría a mediodía a comer algo en el restaurante del club y
así podría salir al campo a buena hora, etcétera. Su
profesor y caddie, Jaime, se ocuparía de pedir la hora de
salida, las inscripciones, etcétera, porque, por suerte,
aquel día podría salir con ella al campo y así ella
aprendía mucho más.
Al caer la tarde, Gerón se presentó él en el campo y
estuvo merodeando por el club, tomándose un café,
etcétera. Negros nubarrones amenazaban temporal inminente
y Gerón estaba con la vista fija en el campo, esperando
ver aparecer la silueta de Lucy y su dispuesto entrenador.
De pronto empezó a llover a mares, con algo de granizo y
todo, en medio de una tormenta espectacular. Gerón,
inquieto y temeroso, agudizó su vista y, en efecto,
algunos jugadores venían corriendo, empapados, pero de
Lucy, ni rastro.
Angustiado, preguntó. Nadie daba razón de Lucy, en el
chalet semidesierto. Inquirió noticias de Jaime, el famoso
profesor habilitado y nada. En secretaría no constaba que
Jaime y Lucía hubieran salido a jugar. Por allí quedaba un
corrillo de caballeros, viejos socios del club y, al
acercarse, Gerón oyó que comentaban algo de Jaime, el
conspicuo profesor, así que no abrió la boca y,
disimuladamente, agudizó el oído.
—¡Uy, Jaime! Menudo es él —decían— Se trae unos manejes
con sus alumnas que... ¡vamos!
—Especialmente las casadas guapas!
—Y solteras. Él no discierne mucho.
—Que no discrimina, querrás decir.
—Ni discrimina ni discierne, realmente. Pero con la
juventud fracasa mucho ¿eh? Su fuerte son las casadas
maduritas, de esa edad en que se miran al espejo y temen
que a sus encantos les queda poco tiempo y que su
‘sex-appeal’ empieza a declinar...
—Sí, y que se aferran a la ocasión como si fuese la
última...
—El fulano sabe aprovecharlo, hay que reconocerlo. Tiene
buena maña para esto.
— Como que le rinde bien ese apartamento que tiene por
ahí..
—¿Tiene un apartamento? ¿Pero no vivía en Gavá...?
—Sí, pero ¿no lo sabías? Sí, hombre. Por aquí cerca tiene
un estudio de soltero, donde guarda palos y aparejos y le
sirve de...
—Fíjate cuando sale al campo, de prácticas, con una
alumna, por la tarde.
—Y se les hace de noche...
—¡Hombre! Como que ya no vuelven al club. Sabes que en
entre el “nueve” y el “diez”, a la derecha, hay una salida
al camino del pueblo, ¿no? Pues por ahí se van
directamente a su apartamento...
Era una conversación muy instructiva pero Gerón no pudo
escuchar más. Sintiendo como una llamarada de duda
abrasándole el pecho, volvió al aparcamiento bajo la
lluvia, mojándose miserablemente. Montó en su ‘Mercedes’ y
trató de identificar el coche de su mujer entre los pocos
que quedaban y no: el Volvo de ella no estaba.
Se dirigió a casa con el furor de un morlaco encelado y
allí estaba la dulce Elenita, ajena al nudo de los
dramáticos acontecimientos que se avecinaban.
—¿Sabes algo de tu madre?
—No, cuando he llegado, ella no estaba. ¿La habrá pillado
la tormenta?
“¡La tormenta la pillará de lleno, en cuanto aparezca!”
pensó él, para sus adentros, mientras se despojaba de su
ropa empapada.
Tardó más de una hora, y ya había dejado de llover, pero
al fin llegó Lucía. Peripuesta y radiante, de un humor
jovial y comunicativo. Repartió besos cariñosos a Elena, a
Gerón, y viéndola parecía una hada buena, resplandeciente
de ventura y buenos deseos.
Gerón dijo muy secamente:
—Veo que no te has mojado.
—No. Es que...
—He ido a tu club y no estabas, ni tú ni tu coche, ni
constaba en secretaría que hubieras salido a jugar.
—No, no, ¿No te lo dije? Es que a última hora fuimos con
Irene a un desfile...
—¿De veras? ¿A qué desfile? ¿No dijiste que comerías en el
club?
—¿A qué viene el interrogatorio? ¿Qué pasa? ¿Es que no
puedo cambiar de idea, sobre la marcha?
Elena terció:
—Vamos, vamos, ¿qué os pasa? Mucha discusión y aquí no se
habla de la cena. ¡Estoy hambrienta!
—Yo también —admitió Gerón. Y no es que tuviera hambre y
sed de justicia, sino que, simplemente, los ataques de
cuernos dan apetito, como es ya muy sabido.
Gerón pensó que era prudente agazaparse a la expectativa y
quedarse lo que se dice ‘ojo avizor’, para ‘cazar a su
paloma torcaz in fraganti’. Preparó una estrategia para
tenderle una trampa, pero no supo llevarla a cabo. Carecía
de serenidad y de paciencia, porque le obsesionaba la idea
de que su Lucía pudiera revolcarse entre las sábanas, en
el catre de su caddie. No pensaba en otra cosa, ni de día
ni de noche, y su imaginación volaba en infinidad de
fantasías ominosas que le producían hasta dolor físico en
el pecho. ¿Estará también Lucía entre esas “casadas
maduritas”, de las que oyó hablar en el club de golf? —se
atormentaba Gerón—
Lejos de caer desprevenida, Lucía percibió enseguida la
sensación de estar estrechamente vigilada, lo que le
incomodó sobremanera, así que entre unas cosas y otras, la
relación entre la pareja se tornó como apelmazada y
siniestros presagios se cernían sobre el futuro.
Un día, después de escuchar dos o tres preguntas
inquisidoras de su Gerón, Lucía rompió:
—¿Qué te pasa? Me estás aplicando el cuento de Gila, aquel
del detective que capturó a un criminal con indirectas. Me
estás hablando y me parece oír aquello de “alguien ha
matado a alguien...” como si esperases de mí una
confesión: “¡no puedo resistirlo más! ¡confieso que fui
yo!” ¿Qué esperas que confiese? ¡Dilo de una vez y
acabemos el juego!
A Gerón se le brindaba una oportunidad excelente para
poner sus cartas sobre la mesa pero no la aprovechó. En
vez de abordar el nudo del conflicto, salió por la
tangente.
—¿Te encuentras bien?— fue su respuesta. Y Lucía le envió
literalmente al carajo.
La relación entre la pareja se deterioró todavía más.
Gerón sufrió insomnios y pesadillas, perdió el apetito,
tuvo dos amagos de angina-de-pecho, enflaqueció de varios
kilos y todo esto sin dejar de vigilar a su mujer,
rebasando a menudo los límites de la impertinencia,
mientras que, en contraste, su líbido se le desató de
manera furibunda y “atacó” a su mujer en la cama, con
saña, convirtiendo en un acto de agresión violenta lo que
normalmente es una exaltación del amor. En él había como
un deseo violento de sojuzgar a su mujer por el sexo y en
el fondo latía tal vez también un cierto complejo de
competitividad con su misterioso rival más o menos
imaginario..
Ella se mostraba aturdida y arisca. No entraba en
conversación y sus únicas palabras eran monosílabos,
cortantes y evasivos. La joven Elena asistía al drama,
sumida en el interrogante permanente. De vez en cuando
preguntaba pero como nunca obtuvo más que exabruptos
tajantes, optó por callarse y observar.
En Gerón estaba el ojo del huracán y sus dos conciudadanas
femeninas sufrían los estropicios. La situación se dirigía
inexorablemente hacia el “big bang” familiar pero, al
contrario, la evolución de los acontecimientos tomó otro
rumbo, especialmente cuando Lucía dejó de acudir a su club
de golf, de manera ostensible.
“Ahora deben encontrarse en la ciudad”, malició Gerón.
Pero no iban en esa dirección los indicios; al contrario,
ella dulcificó su talante en el hogar, dejó escapar alguna
señal sutil de acercamiento y Gerón, bajó la guardia y se
puso a la expectativa. La cosa tomó un giro decidido hacia
la paz cuando ella musitó como de pasada, como sin darle
importancia, que el sábado le gustaría ir con Gerón a su
club de golf de Terramar.
—Los Feliu-Pradallonga nos han invitado a cenar, al
restaurante ‘El Greco’, porque a Pablo le dan este sábado
no sé qué premio y lo quieren celebrar.. Me lo ha dicho
Cuqui, su mujer, y “que vengais, que vengais”... ya sabes
cómo es ella. Por esto he pensado que podríamos ir por la
mañana... y tal vez yo podría salir a jugar contigo...
Fue una parrafada imprevista, que cogió a Gerón
descolocado. Hasta entonces, Lucía no quería ir nunca a
Terramar. Normalmente, ella le esperaba en casa y el bueno
de Gerón sólo podía ir al golf por el sistema clásico de
“ida y vuelta”. Ahora, en plena ‘guerra fría’, Lucy le
proponía no sólo acompañarle a Terramar, sino salir a
jugar con él y quedarse hasta la noche, para cenar con sus
amigos, Pablo y Cuqui y su pandilla de amigos.
Era demasiado para un Gerón armado y belicoso, pero
desprevenido ante una incursión tangencial semejante, de
modo que, sin ninguna estrategia defensiva preparada, sólo
pudo contestar:
—Ah, bueno.
El sábado se fueron para allá, con el ‘Mercedss 560-SEC’
atiborrado de palos y zapatos y toda clase de pertrechos.
Gerón conducía y anduvo todo el camino huraño y
silencioso, preguntándose hacia dónde se dirigía el
contencioso secreto que mantenía con su mujer, sospechosa
de infidelidad sostenida.. Pero ya en el campo, todo
cambió. Les tocó salir con otra pareja, que no conocían,
pero con la que hicieron buenas migas. Especialmente las
dos mujeres congeniaron enseguida y Gerón observó en Lucía
una predisposición inusual a la sociabilidad;
efectivamente, durante el recorrido, se mostró locuaz y
comunicativa, comentaba con tino y deportividad exquisita
los lances del juego, y hasta se permitió alguna
observación de fina ironía que fue muy bien recibida y
contribuyó a que la jovialidad presidiera el encuentro
deportivo que, por cierto, se desenvolvió de modo harto
satisfactorio. Los buenos golpes de cada cual —abundantes,
por cierto, pues los cuatro jugadores se mostraban felices
y en forma— se vieron celebrados con entusiasmo por los
tres restantes y así llegaron al hoyo 18 en plena efusión.
Se comprobaron los apuntes en las libretas y se
despidieron con gran cordialidad, intercambiándose números
de teléfono y quedando (imprecisamente) para otra ocasión.
Gerón y Lucía, al fin, quedaron solos frente a frente, y
los dos de modo instintivo, supieron que la crisis
conyugal había terminado. Gerón se sintió inundado de
felicidad y renunció expresamente a seguir indagando. (De
todos modos, ella ya había dejado de visitar el campo de
la sospecha, así que...)
Lucía, por su parte, mantuvo la jovialidad que había
mostrado durante el juego y todo (si es que hubo algo)
pareció olvidado.
La pareja —ahora feliz, de nuevo— recogió palos y enseres,
se dirigió a las duchas y “aquí no pasa nada”. Nunca se
abordó el quid de la cuestión pero el problema que
amenazaba la continuidad de la pareja se esfumó solo, en
el curso de una partida de golf. Este es el glorioso poder
humanístico que se encierra en este deporte mágico.
La relación de pareja volvió a ser óptima, tal vez mejor
que nunca. No se habló más de Jaimes en particular ni de
caddies en general y hasta la nueva amiga Irene
desapareció de la escena, sin que Gerón preguntase por
ella ni una sola vez. Por si acaso...
En este punto, el lector puede inquirir:
—Pero vamos a ver ¿no había una relación de dependencia
con el caso de Dizzy Gillespie?
Ahora se verá.
La desgracia empezó a cernirse sobre la felicidad de la
pareja cuando Gerón recibió la herencia de su tía
Remedios.
La tía Remedios, hermana mayor de su difunta madre,
controló siempre el patrimonio de la familia y sobrevivió
a todos los parientes, hasta que falleció en sus
posesiones de la Cerdanya, muy mayor (93 años,
concretamente) y sin descendencia directa. En su
testamento, nombró a Gerón heredero universal y nuestro
amigo se encontró de pronto con un inesperado caudal de
dinero, terrenos, edificios y propiedades diversas que él
nunca había calculado. Es decir, él tenía la remota
esperanza de heredar algo pero no se acordaba ni tenía
idea de que pudiera ser de tanto volumen. De hecho, a su
tía Remedios la visitaba muy raramente, sobre todo desde
que murió su madre y sólo existía una relación familiar
formal y educada, pero diluida y distante.
Para Gerón, todo el proceso legal para hacerse cargo de la
herencia y verse de pronto en disposición de administrar
semejante patrimonio le zarandeó el ánimo, le nubló la
capacidad de entendimiento y sembró numerosas dudas en su
voluntad.. De momento, quiso darse el gusto de satisfacer
una vieja ambición, que pensaba nunca podría llegar a ver
posible: para él, veterano director de hotel errante,
poseer un hotel fijo, en propiedad, era un sueño
permanente. Por esto, lo primero fue lanzarse al ruedo de
las inversiones inmobiliarias y pronto se le presentó la
ocasión de comprar en Lloret un hotel de 4 estrellas y de
muchas habitaciones frente a la playa. Y, al poco tiempo,
encontró la manera de adquirir una participación
mayoritaria en un complejo turístico en la isla de
Mallorca. Bueno, para empezar, tomar posiciones en dos
enclaves turísticos no estaba mal. Inmediatamente después
se despidió de su lujoso empleo para dedicarse por entero
a administrar su flamante nueva fortuna.
Lucía asistía asombrada al curso de los acontecimientos y
después de adquirir algunas joyas de las que había estado
contemplando en los escaparates de Cartier, y de
incrementar su armario guardarropa con adquisiciones
relevantes (Chanel, Yves St. Laurent y algo de Versace
eran sus debilidades) sintió en lo más íntimo la necesidad
imperiosa de espacio suficiente para su consultorio
sexológico (entonces de alquiler) que, de repente, se
tornó tan exiguo y de todo punto inadecuado para el nivel
de sus pacientes, que era urgente disponer de un
emplazamiento apropiado en la ciudad. Convencida de que
era más aconsejable la compra que continuar en alquiler,
tuvo ocasión de visitar algunos inmuebles que estaban a la
venta para que Gerón pudiera elegir la mejor adquisición.
Lo cual se efectuó, sin demora excesiva..
Por cierto, ya en esta vía, y cuando la dulce doctora Lucy
se encontraba todavía enfrascada en las tareas del
traslado y la instalación de su consultorio en el nuevo
edificio, se pusieron claramente de manifiesto las
deficiencias de su residencia familiar. Directamente
estimulada por su hija Elena, hizo que Gerón se percatase
de que la casa donde vivían era húmeda. ¡Y pequeña! Era
tan pequeña que la pobre Elena tenía que estudiar en su
misma habitación-dormitorio ¡Cómo que no tenía siquiera
una pequeña salita para ella! ¿Y el jardín? ¡Pobre jardín!
¡Ridículo! No, si el jardinero ya lo decía, que detrás de
aquella tapia y con orientación al norte, no había nada
que hacer para que los rosales lucieran. ¡Faltos de sol,
claro!
Gerón, tímidamente, alegaba que él había visto rosales
preciosos en Holanda y crecían directamente al norte. “¡Si
es que toda Holanda está al norte de España... y fíjate
qué tulipanes!”
Casualmente, Lucía tuvo noticia de una casa preciosa, que
estaba en venta, en el distrito de Pedralbes, porque sus
dueños, venezolanos, ya mayores, habían decidido volver a
Caracas, donde tenían a su hija casada, y dejaban la casa
toda puesta, por un precio muy razonable.
—Quiero que veas esta casa, Gerón ¡Es una oportunidad!
Mañana por la tarde estarán los dueños, que vienen de
Caracas ex-profeso para cerrar la operación con una
agencia inmobiliaria. Si a nosotros nos gustase, nos la
cederían sin pasar por la inmobiliaria... y a mejor
precio, claro.
—¿Y cómo estás tú enterada de todo esto?
—Lo sé por Pilila, que ya sabes que hace interiorismo y
decoración y está muy metida en esto de mansiones y casas
señoriales.
—Pero... ¿tú necesitas una casa señorial? Nunca me lo
habías dicho. Más bien te posicionabas en el bando de la
crítica a todo el concepto de lo señorial...
—No, si es por tu comodidad. Esta casa nuestra es pequeña
y tú no tienes espacio para desenvolverte cómodamente.
—¿Para qué quiero más espacio? Yo disfruto con mis
confortables sillones ingleses en el salón, que es amplio
y cómodo; ahí está también la sala-comedor conectada a la
cocina, que tú decías que era un sueño para tí, tan
grande, tan luminosa, tan bien equipada... ¿Más espacio?
Tengo mi sala-despacho con todos mis libros y mis cosas,
tenemos un dormitorio amplio, con antesala y
armarios-vestidores en los que cabemos dentro los dos al
mismo tiempo, tú tienes tu “boudoir” aparte, y ese
armarito que esconde el televisor, para verlo desde la
cama, y la mini-nevera por si queremos beber algo por la
noche, como en un hotel... ¿Crees que yo necesito más
espacio? ¡Hasta ahora no lo sabía... ¡
* * *
La fiesta de inauguración de la nueva residencia familiar
en la casa de los venezolanos, en Pedralbes, fue realmente
sonada. Un acontecimiento social, al que asistieron una
legión de amigos de toda la vida y muchos de nuevo cuño,
que acudían al sonido de los tambores de la opulencia.
El traslado a su nueva residencia se hizo con rapidez. No
hubo que hacer grandes cambios ni adaptaciones porque,
realmente, los venezolanos la dejaron en perfecta estado
de servicio. Al final, en la transacción intervino la
agencia inmobiliaria con la que los vendedores tenían un
acuerdo, y la misma agencia se ocupó también de vender la
casa donde habían vivido hasta entonces y, por cierto, se
vendió a muy buen precio, pues la anunciaron mucho y
apareció una familia compradora —matrimonio con tres
hijos— que se mostraron encantados. Según su definición,
les gustó porque es “muy espaciosa, comodísima, con
interiores muy bien distribuidos, y con buena orientación”
Ah, y también mencionaron el bonito jardín, no muy grande
pero muy mono... y con unos rosales tan bonitos... Siempre
se ha dicho que el mundo es según el color del cristal con
que se mira. Y según de dónde se viene y a dónde se va.
Bueno, la casa nueva era realmente suntuosa y daba gozo
ver a Lucía y a Elenita tan contentas. Hasta Gerón era
feliz con su nueva “demeure”, y con todos sus salones y,
por cierto, entonces no era consciente de que le sobrase
espacio; al contrario, había multiplicado por diez los
metros cuadrados su despacho anterior y le parecía un
habitáculo normal. No concebía que se pudiera vivir
cómodamente con menos amplitud de la que disponía ahora.
Siempre es fácil adaptarse a lo mejor por encima de lo
bueno
Todo marchaba bien en el nuevo asentamiento. Sin
embargo... a la fiesta de inauguración asistió Julito, el
hijo de Gerón, para quien se había reservado una
habitación personal mucho más amplia y confortable que la
que utilizaba en la casa antigua cuando venía a la ciudad,
La nueva disposición, por cierto, fue de entrada bien
aprovechada, pues el chaval se quedó un par de semanas,
muy satisfecho...
Cuando Julito volvió a Madrid y le hizo a su madre un
relato pormenorizado de la nueva situación, la buena mujer
se movilizó de inmediato. Bajo la premisa de que ella
seguía siendo la esposa legal del rico heredero don
Jerónimo Sánchez, Gerón para los amigos, puso en marcha
una acción reivindicativa por medio de un bufete de
abogados amigos suyos, que muy diligentes plantearon la
reclamación a nuestro buen amigo. En pocas palabras, ella
invocaba su condición de esposa “repudiada” (de hecho se
había repudiado ella sola, pero por lo visto el detalle
era irrelevante) y exigía la parte que le correspondía en
la herencia.
Gerón alucinó y Lucía montó en cólera.
—¡Como les des un duro, me vas a oír! —amenazó la roqueña
compañera actual.
Él trató de capear el temporal y se vio con los abogados
(los suyos y los contrarios) para buscar una componenda, a
espaldas de Lucía. Consideraba que la actitud de Julia, su
ex-esposa, era simplemente la de sacar provecho, con una
desfachatez monumental, pero el hombre no quería pelea y
se mostró dispuesto a negociar.
Mientras tanto, sabiendo que Julito quería emanciparse, le
compró un piso moderno y bien dotado, en Madrid, no lejos
de la casa de su madre, y se lo ofreció como regalo de
cumpleaños. Y no le compró también un coche porque el
chico no tenía todavía carnet de conducir, pero se lo
prometió para muy pronto, cuando tuviera edad y carnet.
Con esto pretendía Gerón mostrar una actitud de base
generosa y bienintencionada, que contribuyese a apaciguar
los ánimos sumamente belicosos de su ex. La cual, muy al
contrario, recibió la sensación de que allí había un
fluido caudaloso y redobló sus reclamaciones con más
porfiada insistencia.
Como primera providencia, envió a Julito a casa de su
padre, con el encargo de observar y tomar nota, por una
parte, y de hacer bien patente la exigencia de “la
familia”, por la otra. De la familia suya, por supuesto.
Julito respetaba a su padre pero estaba muy enmadrado y
cumplió el encargo con todo rigor y con plena convicción.
Su comportamiento era limpio y educado, pero si se
terciaba, no dejaba de aprovechar la ocasión de mencionar
a su madre y patentizar sus aspiraciones, lo que ponía a
Lucía en un grado de tal exasperación que exigió
tajantemente al bueno de Gerón que el jovencito “enviado
especial” volviese de inmediato junto a su madre.
—¡No puedo soportar un espía dentro de casa! Un elemento
que sólo fisgonea y se lo cuenta todo a su madre por las
noches, desde el teléfono de su habitación.
—Si es desde su habitación... por las noches... ¿tú cómo
lo sabes? ¿Es que tú le espías a él? ¿No crees que ya es
demasiado espionaje?
Lucía interpretaba que Gerón se posicionaba en contra de
ella y, naturalmente, a favor de su ex y su retoño. En
estas condiciones cualquier lance anecdótico de la vida
cotidiana se convertía en un ”casus belli”. Como cuando
Gerón tuvo que anular un proyecto de crucero de lujo, por
las Bahamas y el Caribe, que incluía un ‘reveillon’ de fin
de año de gran etiqueta, en el mar, con el que soñaban
madre e hija, Lucía y Elena. Pero Gerón no podía embarcar
en aquellas fechas porque antes de final de año tenía que
afrontar en Mallorca unos “meetings” con un grupo de
accionistas reacios a sus ideas, y unos consejos de
administración de la compañía, amén de unas reuniones con
el staff de su complejo turístico que había propuesto una
ampliación de capital que para Gerón entrañaba el riesgo
de perder su mayoría... si no estaba directamente al
tanto.
En la casa, aquello fue Troya, como suele decirse, porque
las dos mujeres no valoraban la necesidad de que Gerón
tuviese que ir a Mallorca físicamente porque, en su
opinión, él podía delegar, si quisiera, y además, por algo
existen los teléfonos y los faxes, mientras que ellas
habían quedado en el crucero con amistades y habían
publicitado aquello con inusitado deleite, así que
cancelar ahora el viaje les ponía en ridículo ante todo el
mundo. “¡Qué dirán ahora los del grupo de Sarita y
Bartolomé!” “¡Y cómo se burlarán las de Caldetas, que son
tan falsas y envidiosas!” Es decir, que para Lucía y
Elena, aquello se presentaba como una tragedia. Y,
consecuentes con la situación, mostraron su disgusto con
una belicosidad extremada.
Gerón no lo entendía. Para él, el hecho de no secundar sus
intereses, que requerían toda su atención en Mallorca, le
parecía como mínimo una deslealtad. Además......
—Pero, por favor, si no vamos a este crucero ya iremos a
otro. Hay infinidad de cruceros todos los días para
elegir. No creo que se vaya a hundir el mundo por culpa de
un impedimento que ha surgido a última hora. No comprendo
por qué es tan decisivo este puñetero crucero en concreto.
Gerón tenía toda la razón, pero cometió un error,
disculpable en medio de la refriega verbal, pero
desgraciadamente dañino para la estabilidad emocional de
la familia, y es que dejó escapar una frase demoledora:
—Y bien, al fin y al cabo, este jodido crucero y esas
joyas que llevais, y esta misma casa en que vivís, y todo
vuestro tren de vida, es fruto de mi dinero, así que...¿no
tengo yo derecho a decidir?
Restregarles por la cara el origen de su opulencia les
sentó tan mal a Lucía y a Elena que en el acto se
sintieron ofendidas y ultrajadas. En, el fondo, su
conciencia ya les estaba recriminando aprovechamiento
desmedido pero aquellas palabras de Gerón representaron
una injuria degradante. Sobre todo porque era verdad, que
es por lo que duelen más las injurias. Sin argumentos
válidos con que defenderse, o con los que atacar de nuevo,
desviaron todo su exaltado coraje sobre la figura de
Julito, que desde un rincón asistía a la escaramuza en
silencio pero con señales evidentes de que se estaba
divirtiendo en grande.
De hecho, las frecuentes rencillas entre la pareja por
cuestiones de dinero, a la hora de cenar, eran para Julito
un espectáculo muy entretenido, detalle que soliviantaba
mayormente a Lucía, adivinando el reportaje telefónico de
todas las noches a la ex de Gerón, desde el dormitorio del
vástago infiltrado.
Con las espadas en alto, las broncas se apoderaron de la
cotidianeidad. Estallaban por cualquier motivo pese a los
esfuerzos pacificadores de Gerón, crucificado entre dos
fuegos. Aquellos desvelos en pro de la paz conyugal no
eran sólo verbales, ya que procuraba suavizar aristas
mediante regalos inesperados. Por ejemplo, el hombre
adquirió un bungalow monísimo en S’Agaró y lo puso a
nombre de Elena, la hija de su mujer. Es decir, que se lo
regaló, por sorpresa, pero el obsequio no cayó bien porque
las dos enfurecidas féminas alegaban que por qué no
preguntar antes, puesto que ellas habían visto por allí
algo mejor y era “casi” más barato. (Este “casi”
significaba que era bastante más caro, naturalmente)
Gerón andaba muy apurado, lamentándose de su propia
indecisión. Realmente, ya no sabía qué hacer para
restablecer la paz y la armonía, pues a su alrededor,
medio mundo estaba terriblemente enojado con el otro
medio, y los dos enfrentados a él, a muerte, en una
situación malhadada que él no provocó y de la que no se
sentía culpable.
Pasados unos meses, y ante la insistencia de los abogados
de su mujer, los suyos le aconsejaron algún tipo de
transacción de compromiso y, para salir del atolladero,
Gerón firmó una especie de cesión consistente en un
suculento vitalicio para su ex, más una suma fija para su
hijo y no-sé-qué más. A él le sentó muy mal, como si le
arrancasen una muela, pero sus abogados opinaban que en su
situación actual, aquello representaba la paz y no suponía
una merma desequilibrante de su patrimonio, así que, al
fin, claudicó, procurando, por supuesto, que de aquello no
se enterase su mujer actual, ya que existía el peligro de
que la paz establecida en un campo provocase la guerra en
el otro.
Lucía no se enteró de los detalles, pero sí supo de algún
modo, y sin demasiada tardanza, que Gerón había
transigido. La noticia la encolerizó de tal manera que, en
cuanto se le puso delante la persona de Julito, que no
sabía qué ocurría exactamente, le abordó de mala manera,
insultándole con exasperación y conminando a que se
marchase a Madrid de inmediato y no apareciese por aquella
casa nunca más. El muchacho, que siempre se había
conducido con refinada educación, se zafó como pudo. Sólo
esperó a que llegase su padre para hacerle saber lo del
drama que se había desatado y comunicarle su decisión de
marchar a Madrid directamente, “pues no me puedo quedar
donde no se me quiere”, según sus palabras.
Gerón, desconcertado pero al mismo tiempo muy enojado, se
enfrentó a Lucía con aquello de “tú a mi hijo no me lo
tocas” y ella replicando “que se vaya a la mierda, y tú
también, con él”
En fin, no hace falta continuar con más detalles. El caso
es que la refriega subió de punto y Gerón la culminó
“haciendo” la maleta, él también, y se llevó a su hijo
Julio al hotel de su propiedad en Lloret, donde se
quedaron los dos todo el fin de semana, reflexionando,
frente al mar en calma, sobre las perspectivas que ofrecía
el nuevo horizonte familiar.
De hecho, aquello fue el final. Julio se fue a Madrid y
allí se quedó, y Gerón ya no volvió a su casa más que para
“recoger cosas”, procurando hacerlo en horas de ausencia
de su mujer.
En fin, la separación fue definitiva y por esto me acuerdo
de ellos siempre que pienso en Dizzy Gillespie.
Que el imperio del amor a la humanidad, la sonrisa eterna
y la jovialidad universal se truncan en seco cuando entra
en juego el vil metal. Gerón y Lucía, también, sortearon
toda clase de obstáculos, se lo perdonaron todo, hasta
infidelidades, porque se querían. El amor y la lealtad
superaron todos los obstáculos y orillaron todos los
inconvenientes. Pero en cuanto entró en juego el dinero en
racha, la paz familiar se rompió en pedazos, por inquietos
resquemores, por sospechas sombrías y por censuras y
reproches recíprocos
A simple vista, cualquiera diría que la influencia del
dinero en la convivencia de pareja se hace más dañina en
condiciones de escasez, pero yo no recuerdo haber conocido
ninguna pareja en la que el amor se haya visto dañado por
culpa de privaciones dinerarias. No pretendo filosofar con
ello, pero de casos como el de Gerón y Lucía, mis buenos
amigos de corazón, que arruinaron su vida en común por una
impregnación de dinero súbita, que alteró la estabilidad
emocional y los equilibrios rutinarios, sí que he conocido
varios.
Por esto yo no juego a la lotería. (casi nunca).
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