DIZZY GILLESPIE, MÚSICA Y SONRISAS (DINERO APARTE)

Albert Mallofré
 
En este inventario de recuerdos personales, ciertas experiencias de varia condición me ayudan a subir peldaños de la memoria hacia una u otra estrella de la constelación musical que he conocido a lo largo de mi quehacer profesional pero en el caso de Dizzy Gillespie es al revés, porque mi recuerdo de Dizzy Gillespie me conduce directamente al caso particular de mis amigos Lucía (o Lucy) y Gerón (su nombre verdadero es Jerónimo, pero sólo se le conoce como Gerón, —él lo escribe con G— y muchos creen incluso que es su apellido)
Me explicaré. Con el fabuloso maestro Dizzy Gillespie coincidí en varias circunstancias y siempre obtuve de él buenas vibraciones. Era un hombre jovial, de talante bromista, que contagiaba la sonrisa en cualquier escalón de su trato personal o profesional. Era adicto al credo Baha’I que propugna la armonía espiritual por el camino de la alegría, el amor y la paz y, no sé si por esta razón o simplemente por su temperamento natural, era un paladín de la sonrisa. Para él, adoptar una expresión sonriente no era un acto reflejo ni un tic natural sino una actitud consciente y una determinación intencionada. Sostenía el criterio de que la sonrisa genera una dinámica positiva dentro de uno mismo, que se proyecta virtualmente en el entorno circundante.
—Puedes tener mil problemas —me decía— y seguro que habrá también mil motivos para estar furioso, pero si lo demuestras te forjarás un clima hosco y sombrío a tu alrededor, que incrementará tu malhumor y no ayudará en nada, porque la depresión y el negativismo dominarán tu ámbito. La receta es fácil: sonríe. No cuesta tanto. Mírame: ¿tú me ves preocupado? ¿Abatido? ¿No, verdad que no? Te aseguro que tengo muchos más problemas que tú y más difíciles, pero sé que no se resolverían exteriorizándolos. Nadie se acercaría para participar de mis malos tragos y compartirlos ¿no es cierto? Cada cual carga con los suyos y bastante que le pesan. Si hasta aquí estás de acuerdo, admitirás que es preferible guardarse para uno mismo los quebraderos de cabeza y adoptar la coraza defensiva de la sonrisa hacia el exterior... Si se practica, esta táctica no resulta difícil y se comprobará enseguida que, aparentando que uno es feliz, puede llegar a sentirse bien, realmente. No digo que con esto se pueda resolver ningún problema serio pero se estará en mejor condición mental para hacerle frente.
Todo esto lo decía con el acompañamiento de mímicas graciosas y aquellas inflexiones de voz tan típicas suyas, y tan regocijantes.
—Apúntate a la sonrisa natural —concluía— y verás que fácilmente se contagia y cómo la gente sonríe también a tu alrededor. De esta manera se fomenta un clima estimulante que te envuelve y, bueno, siempre es más agradable vivir rodeado de personas que sonríen y que son capaces de entender una broma.
Dizzy Gillespie ilustraba esta teoría continuamente, de manera práctica y efectiva. Cuando menos lo esperaba uno, ya estaba él haciendo una mueca cómica o un movimiento burlón, y provocando la risa burbujeante de los presentes.
Recuerdo una vez que vino a la ciudad, para un concierto con su grupo, y habiendo visitado el local donde al día siguiente se ubicaría su actuación, el promotor del concierto y yo mismo le llevamos a cenar a un popular restaurante. En la mesa, como era su costumbre, estaba de guasa y no cesó de gesticular de manera hilarante y hacer mohines y aspavientos apayasados, en el curso de lo cual advirtió que tenía un espectador muy particular. En una mesa vecina, un chaval de unos 10 o 12 años, que cenaba con sus padres, le estaba mirando fijamente, interrogante y divertido. Gillespie, rápidamente, hurgó en el voluminoso saco militar, lleno de adminículos, que siempre llevaba consigo, y extrajo una cámara Polaroid.
—Hazme una foto— me dijo.
Y adoptó seguidamente una pose cómica, con su faz característica, hinchando las mejillas hasta lo inverosímil, como cuando tocaba la trompeta. Secada que estuvo la foto —que salió muy bien— llamó al muchacho para que se acercara y le preguntó cómo se llamaba.
—Andrés—dijo, muy azorado, como temiendo reprimenda por haberse mofado de él.
Acto seguido, Gillespie escribió en la foto (en inglés): “Para mi amigo Andrés, afectuosamente. Dizzy Gillespie”. Y la fecha. Y rubricado.
—Toma—le dijo, en inglés— guarda esta foto entre tus recuerdos. Ahora no sabes quién soy, pero algún día lo sabrás.
Se lo tradujimos y el chaval, alborozado con su foto dedicada, corrió a reunirse con sus padres, que estaban contemplando la escena desde su mesa.
En efecto, el niño no sabía quien era Dizzy Gillespie pero su padre, sí. Tanto es así que el buen hombre vino a nuestra mesa emocionado, dando mil gracias a Gillespie y, buscando alguna manera de patentizar su exultante gratitud, extrajo una pluma dorada de algún bolsillo e insistió en regalársela a Gillespie como prueba de su rendido agradecimiento. Gillespie rehusaba pero al fin aceptó.
—Esta pluma es muy valiosa y aquel ‘gentleman’ no tenía por qué ofrecérmela —nos confesó luego— pero la he aceptado porque, dadas las circunstancias, él será más feliz si sabe que la guardo conmigo que si se la hubiera rechazado.
En otras ocasiones, numerosas, volví a coincidir con él pero recuerdo muy especialmente una vez que Dizzy Gillespie vino con su grupo para intervenir en un programa musical de Televisión Española en el que yo trabajaba. En el plató, durante la grabación, y sobre todo en los intervalos, Gillespie desplegó toda su gama de recursos histriónicos y todos nos divertimos mucho, de tal modo que los imperativos del trabajo se coronaron con muy buen humor por parte de todos los sectores implicados, que no son pocos, en un estudio de televisión.
Al terminar, sus músicos se marcharon disparados en el mini-bus que les esperaba mientras él se quedó para recibir los emolumentos convenidos, firmar los recibos, discutir como es de rigor por los descuentos que se le aplicaban por causa de impuestos, tributos y demás y, al final, yo mismo me brindé a llevarle a su hotel, en mi coche.
En el camino, cuando ya casi llegábamos, en el paro de un semáforo se acercó un lavaparabrisas espontáneo. Aquel hombre era una especie de precursor inocente de esos enjambres abusones que últimamente incordian agresivamente a todo el mundo. Era un hombre mayor, correcto en sus modales, que había adoptado aquel sistema como método honrado de subsistencia, antes de que fuera una práctica común entre jóvenes pedigüeños. El hombre se aproximó modosamente, pidió permiso para actuar y, mientras limpiaba el cristal ágilmente, recitó un bonito verso que pudimos escuchar perfectamente, Gillespie y yo, porque estaba bajada la ventanilla. Al final le di una propina y al mismo tiempo Gillespie sacó de su típico petate una cajita con seis “casettes” conteniendo grabaciones de su orquesta. Se la ofreció diciendo algo así como “entreténgase con mi música en sus ratos libres”. El hombre no entendió sus palabras pero vio claramente que eran casettes grabadas y se puso muy contento. Yo le comenté a Gillespie:
—Vaya, esas casettes no las tengo yo. ¿Tendré que ponerme a lavar cristales?
Gillespie se rió y me prometió que me daría una copia. Luego supe que eran grabaciones privadas de una fracción importante de la música de Gillespie, procedentes de conciertos, que no se habían editado en disco. Eran ‘bootlegs’ pero música suya, al fin y al cabo. Por tanto, tenía un valor documental importante, para mí. Bueno, Gillespie me lo ofreció pero se quedó en una promesa pendiente.
A los tres días, un directivo de Televisión Española y yo mismo nos desplazamos a Ginebra para visionar (por si interesaba adquirirlas) unas producciones musicales que había ofrecido la cadena de la Televisión Suïsse Romande. Nada más llegar al hotel Ramada nos enteramos, por un anuncio, que el mismísimo Dizzy Gillespie con su conjunto debutaba aquella noche en el club New Morning.
—¿Vamos? — le propuse a mi compañero
—¿Otra vez Gillespie? ¿No quedaste ya saturado anteayer?
Como vi en mi reacio compañero poco entusiasmo aparqué el tema pero más tarde, después que hubimos cenado —muy bien, por cierto— y con el ánimo más relajado, pensamos que un poco de música optimista antes de acostarnos podría resultar una opción plausible.
Al entrar en el local, Gillespie y su gente estaban actuando y él, desde el estrado, nos vio entrar y luego, al anunciar la pieza siguiente, saludó entre dos chistes a “unos dirigentes de la televisión de Barcelona”, donde él había actuado unos días antes, etcétera.
—¿Deben ser unos fans de nuestra orquesta? —inquirió, burlonamente— ¿O han venido a reclamar algún nuevo impuesto que se les olvidó descontarme?
Cuando el público se hubo reído, nos dio la bienvenida al concierto con palabras de gran cordialidad.
Todo terminó bien. Al acabar su actuación nos saludamos mutuamente y nosotros regresamos al hotel, de muy buen humor.
A la mañana siguiente, para nuestra sorpresa, le vimos en el hall del mismo hotel, solo y con cara de pocos amigos.
No sabíamos que se hospedaba allí y nos alegramos mucho. Nos acercamos discretamente, para saludarle con un gesto, y nos devolvió el saludo fríamente.
—Hola— dijo. Y nada más. Como si no nos conociera o no se acordase de nosotros.
Mi compañero me apartó de la escena, tirándome del brazo.
—Déjale —comentó— Debe haber dormido mal.
Fuimos a desayunar y al regreso, Gillespie seguía allí mismo, en el hall de la entrada, visiblemente enfurecido. En estas, apareció un joven un tanto pasmado y dirigiéndose a él, inició una conversación titubeante, plagada de excusas.
Como nos encontrábamos cerca, pudimos colegir que la disputa trataba de dinero. Concretamente, de los honorarios convenidos por sus actuaciones en el club. Por las apariencias, habían surgido problemas respecto de la forma de pago. De los fragmentos de la conversación que llegaban a nuestros oídos, se podía deducir que la empresa proponía un cheque bancario o una transferencia a una cuenta corriente, mientras que Gillespie exigía ‘cash’. “Como se había pactado”, según proclamaba a grandes voces. Su interlocutor —que no teníamos claro si venía de parte de la empresa contratante o era empleado de un banco— alegaba que pagar una suma elevada en ‘cash’ implicaba cierto papeleo y más si se trataba de dólares. Porque el músico no quería francos suizos, con lo cual no habría ningún inconveniente, pero en aquel instante preciso, para recibir dólares en papel moneda, y en cantidad, había que esperar a mediodía —y faltaban un par de horas— por alguna razón circunstancial que no pudimos colegir. Gillespie no podía —o no quería— esperar dos horas y exigía dólares “ahora y aquí”, porque así se había convenido.
En fin, el joven atribulado se marchó, prometiendo que se haría todo lo posible, dejando a Gillespie demudado, literalmente rabioso, dándose a todos los demonios.
Nos vio y, con franqueza, comentó abiertamente:
—Esta gente sabía lo que tenía que hacer desde hace tiempo. Con la empresa del local convenimos un trato determinado y un pago concreto a una hora debida. Ahora no me pueden venir con pamplinas. No se lo consiento. Yo cumplo lo pactado y ellos tienen que hacer lo mismo. Tengo que marcharme a una hora fija y no tienen derecho a ocasionarme una demora que no es de razón, que no es justa y que me puede perjudicar.
—Parece que no le discuten sus derechos —me atreví a invocar, para calmarle— Sólo tiene que esperar un poco porque los bancos, en fin, ya sabe... Posiblemente la demora no es imputable a la empresa que le contrató.
—Usted pactó con el club “New Morning” —comentó mi compañero— y el inconveniente no proviene del club sino de un banco, con el que usted no ha pactado nada.
—No, si siempre es lo mismo. Es que los músicos somos el saco de las coces. ¡Y más los músicos negros! Todos esos fallos no se conciben con profesionales de otro ramo, porque se impone una formalidad rigurosa en todas las partes implicadas. Pero con nosotros priva la francachela y el pitorreo y a mí todo esto ya me fatiga mucho. Este problema de hoy puede parecer insignificante en sí mismo pero es una gota más en un vaso que ya está a rebosar.
Y continuó despotricando en esta misma dirección, en alas de la ira más desabrida. Por un momento me asaltó la tentación de preguntarle por su famosa política de la sonrisa, pero no me atreví.
Mi compañero sí que musitó entre dientes, en catalán, para que él no lo entendiera:
—Mucha sonrisa, mientras no toquen el bolsillo.
Efectivamente, por lo que he podido entender, el dinero es el factor desestabilizador más poderoso. Cuando se trata del dinero, o de sus derivados, no valen las sonrisas ni los pactos de buena voluntad.
El caso concreto de Dizzy Gillespie me impactó muy severamente. Porque ya entiendo que no le enojó el simple motivo de una retribución que se le escondía o se le retrasaba, sino el trato supuestamente poco riguroso hacia un músico de jazz de raza negra, que para él era una losa habitual, contra la que estaba cansado de luchar.
Sé muy bien que él fue siempre un bravo luchador por los derechos civiles y contra la discriminación racial. Defendió —y consiguió— un respeto social por el jazz y para los músicos de raza negra que lo cultivan. Recuérdese que antiguamente, la costumbre general tendía a considerar los músicos negros, despectivamente, como atracciones de feria, y los mismos músicos cooperaban adoptando nombres chuscos (recordemos los “Chocolate Dandies”. los “Cotton Pickers”, los “Red Hot Peppers”, etc.) y presentándose vistiendo colores llamativos, sombreros chocantes, etcétera. Dizzy Gillespie, acaudillando el movimiento cultural y social del ‘be bop’, consiguió cambiar la mentalidad general y ganó para todos los “jazzmen” la consideración y el respeto que como músicos merecen.
Su triunfo se amplió desde el escenario a la platea porque, efectivamente, su movimiento reivindicativo abrió a la clientela de raza negra las puertas de los locales donde anteriormente sólo podían tener acceso los ciudadanos negros como músicos, o como camareros, en su papel de servidores de la parroquia de raza blanca.
Todo esto, y más, lo batalló Dizzy Gillespie con firme resolución, con la frente altiva y, muy especialmente, con la sonrisa en los labios como su mejor arma para desmovilizar las agresivas fuerzas de la regresión.
Teniendo muy presente todo esto, aquella mañana en Ginebra descubrí que la naturaleza humana, aún la más recia, tiene en el dinero su talón de Aquiles. El heroico luchador Gillespie, paladín de la sonrisa, se descompuso espectacularmente cuando no le llegaba a su debido momento el dinero que se había ganado trabajando. Un dinero que no se le hurtaba, ni se le discutía, sino que, según las apariencias, sólo se le demoraba unas horas.
Se me reveló, muy dolorosamente, que la sonrisa, el humanismo, la hermandad y todo lo demás, son factores positivos que convergen en el progreso de la civilización, pero se desactivan de modo dramático cuando se genera una colisión con el poder del dinero y sus efectos colaterales.

Y, como decía al principio, esto me recuerda el caso de mis amigos Lucía y Gerón, que forman una pareja muy pintoresca. O a mí me lo parece. Pintoresca y muy querida, por cierto. Trataré de explicar por qué y cual es su relación con mi experiencia de Dizzy Gillespie.
Los dos son catalanes y están ahora en la etapa de los cuarenta-y-muchos años intensamente vividos. Ella, para empezar, es una alta-ampurdanesa (de Vilajuiga, creo) de carácter muy fuerte y algo “tocada” de la tramuntana, como es natural. De muy joven coronó la carrera de medicina, en Madrid, adoptó la especialidad de pediatría, y pronto ejerció en un hospital de Lisboa, a donde se trasladó atendiendo una recomendación madrileña. En Lisboa estuvo varios años, muy feliz según confiesa, se enamoró de un ginecólogo portugués, con quien se casó y tuvo una hija, llamada Elena que, por cierto, es muy maja. Puedo afirmarlo con pleno conocimiento porque en la actualidad, madre e hija viven en Barcelona y las veo con una cierta frecuencia, sobre todo a través de Gerón.
El caso es que el proyecto lisboeta embarrancó, por causas que no estuvo en mi mano aclarar, y Lucía volvió “a casa”, hace ya unos doce años, divorciada y con su hija Elenita, que entonces tenía sólo 6 años apenas y ahora va a cumplir unos espléndidos 18.
En los primeros compases de su regreso, Lucía anduvo desorientada aunque no vencida, y derrapó un poco, aunque nunca perdió el rumbo ni el equilibrio, porque es una luchadora infatigable. Ahora las dos, madre e hija, viven muy bien en Barcelona. La niña estudia periodismo (dice que “cualquier cosa antes que medicina”, ella sabrá por qué). Su madre dejó no hace mucho la pediatría, (sólo temporalmente, según su propósito inicial) y se ha consolidado como una reputada sexóloga. Y gana mucho dinero con más comodidad, sin turnos de guardia, sin urgencias... etcétera.
A las dos las conocí por Gerón, mi viejo amigo. Un tipo de buena familia, muy galante, dicharachero y ‘bon vivant’, que estudió varias carreras (Medicina primero y Derecho después, obedeciendo designio paterno, y Arquitectura más tarde, por decisión propia) pero no terminó ninguna porque su disposición natural se mostró siempre refractaria a los imperativos del estudio sistemático. Más dado a la aventura, y dominando —eso sí— inglés y francés, se convirtió, no se sabe cómo, en director de hotel, estrenándose en un nuevo establecimiento que una cadena americana abrió en Dar Es Salam, allá en Tanzania. El hombre prosperó y al cabo de poco más de un año fue trasladado más al norte, a Nairobi. Por poco tiempo, porque su destino le llamó en Karachi. No fue a Bombay, ni a Delhi, sino a Karachi. Continuó prosperando y, dentro de la misma cadena, fue destinado a Ankara, para dirigir un hotel nuevo, donde permaneció unos años apasionantes, de gran actividad polifacética. Una vez más, no fue a Estambul, no: a Ankara. Más tarde inauguró otro hotel en Ismailia, pero no en El Cairo. Ni en Alejandría; no, en Ismailia. Y así sucesivamente, iba de ciudad en ciudad, dentro de la misma cadena hotelera, en la que imperaba la política de no mantener a sus directivos demasiado tiempo en el mismo lugar, se supone que para evitar apegos personales y querencias perniciosas para el negocio
De vacaciones solía venir siempre a Barcelona y los amigos le llamábamos “El Exótico”. Por esto, porque no recalaba nunca en el punto más turístico de la región, ni en el de mayor renombre o de máximos atractivos sino en “el otro”. Cuando confesaba que ya estaba cansado de tanto deambular por el mundo y quería buscar piso en Madrid, siempre alguien replicaba: “¿En Madrid? No, nombre, no te sentirás a gusto. ¡Mejor en Segovia!”
Pero debo volver a lo esencial del relato. Mientras Lucía se casaba en Lisboa, con un tocólogo portugués, y alumbraba a la niña Elena, nuestro buen amigo Gerón esposaba en Ankara una madrileña funcionaria de la embajada española. Al cabo de poco más de un año de matrimonio, la brújula de su periplo señaló rumbo a Ismailia, donde se inauguraba otro nuevo hotel. A Egipto se llevó su mujer, que estaba embarazada y no tenía simpatía ninguna por la cultura egipcia. Muy al contrario, deseaba volver a su Madrid entrañable, para dar a luz allí. Pero no; en Egipto, nació su hijo, bautizado como Julio, por decidido empeño de su madre, que se llama Julia, lo mismo que su padre de ella, un diplomático de casta que se llamó Julio y que entonces vivía aún, en Madrid, retirado.
Después de Ismailia, la familia se trasladó a Nicosia, y, al cabo de cierto tiempo, siguiendo su via-crucis particular, hubo que desembarcar en Túnez. Allí estalló el conflicto. Julia, la esposa del hotelero errante, se plantó. Desde tiempo atrás dejó claro que aborrecía la trashumancia, que estaba harta de vivir en hoteles de primera emplazados en países de segunda, y quería volver a Madrid, donde tenía su familia y sus relaciones. Especialmente tenía a sus padres, ya mayores, (su madre con mala salud) que estaban deseosos de ocuparse de la educación de su nieto Julito, para quien deseaban la carrera diplomática, por aquello de la tradición familiar. Ella echaba de menos, con creciente amargura, su antiguo hogar madrileño de la calle Ortega y Gasset, donde vivían aún sus padres, y se confortaba acariciando la memoria de sus paseos juveniles, con la pandilla estudiantil, por Velázquez, por Serrano, por Castellana... por su entrañable barrio madrileño de Salamanca, que había dejado temporalmente, sólo por unos meses, para una intrigante aventura en la embajada española en Ankara. Una estancia turca que se dilató mucho más allá de lo que había imaginado, a causa de su amor, fulminante y apasionado, por Gerón, que le llevó a una vida nómada que no había deseado, que no le gustaba y que finalmente fue causa de la ruptura.
Desde muy atrás, ya en Ismailia y luego en Nicosia, la buena mujer había exigido de modo terminante un traslado inmediato a Madrid, sugiriendo a Gerón que si no era posible dentro de la misma cadena hotelera, que se despidiese, que ya se encontraría algo mejor. Él resistía y contemporizaba pero lo de Túnez fue ya demasiado para ella.
En síntesis, a poco de establecerse allí, la señora de Gerón (digamos que en lo legal era la “señora de Sánchez” ya que este es el apellido de nuestro buen Jerónimo, honroso apellido por demás, a pesar de que él lo repudia, por razones que nadie conoce) concretó sus antiguas quejas con un categórico “hasta aquí hemos llegado”. Él protestaba alegando que ya había pedido traslado a Madrid (o algún punto de España) y que convenía esperar, pero ella se plantó.
—Me voy. Ya sabes a dónde. Cuando quieras —si quieres— ya vendrás.
Portazo y adiós.
Madre e hijo, (Julito tendría entonces unos 5 años, según creo), desaparecieron de la escena y Gerón se quedó en Túnez, solo, con el convencimiento de que el amor se había disipado sin remedio y la etapa matrimonial había llegado a su fin. En lo que, por las pruebas, su mujer no discrepaba.
Él se quedó en Túnez algún tiempo y su itinerario trotamundos continuó inexorable con un traslado posterior a Casablanca, para inaugurar un nuevo “cinco estrellas” de la cadena .
En aquel hotel, a poco de establecerse en Casablanca, ocurrió.
Dicen que esas cosas son posibles en Marrakesh, nunca en Casablanca. Pero ya se sabe que los secretos meandros del destino son inescrutables. El caso es que nuevo hotel estaba preparado para albergar reuniones de empresa, congresos y convenciones y en esta línea dio cobijo a una especie de encuentro internacional de especialistas en pediatría en el que, como el lector habrá adivinado, participó una delegada española, llamada Lucía.
Lucy, que aún no se había cambiado a sexóloga, desarrolló allí una brillante ponencia y fue muy felicitada. Feliz y eufórica, recibió también los parabienes del director del hotel, español él, que la colmó de atenciones especiales. Así se conocieron, Lucy y Gerón, los protagonistas de nuestra historia.
Al margen de cualquier incentivo intencionado, surgió una atracción de perfiles inconcretos e indefinibles entre el caballeroso director del hotel y la ilustre especialista pediátrica. Algunos podrían aventurarlo como “flechazo” pero ninguno de los dos era consciente de que se trataba de esto. Fue más bien una corriente de simpatía mutua que seguramente se habría diluido en la distancia, más allá del recuerdo de un agradable encuentro casual de dos españoles en el extranjero... a no ser por un lance imprevisible, que modificó el cuadro de relaciones de manera abrupta.
He aquí que, en el cálido atardecer del día siguiente, cuando Lucía regresaba muy feliz de un placentero paseo por los alrededores, casi en la misma puerta del hotel, fue asaltada violentamente por dos mozos con aviesas intenciones. Ella se resistió y en el impulsivo forcejeo fue derribada y maltratada, acabando en el suelo, humillada y enfurecida... y sin su reloj de pulsera y sin el bolso que portaba, que desaparecieron con los dos maleantes. Por pura desgracia, el atlético portero uniformado del hotel se había ausentado para reconducir unos equipajes de un cliente en la esquina y cuando volvió a su puesto sólo pudo ayudar a levantarse a su atribulada huésped y a atenderla en el interior del establecimiento. Como es natural, la dirección del hotel se mostró muy responsable y se volcó en ayuda de la dama, apenada por golpes y arañazos y sumida en una crisis nerviosa..
Gerón, muy dolido por el desmán, brindó a la aturdida huésped toda su ayuda, se ocupó en persona de la denuncia a la policía, fue en busca del médico del hotel, que atendió exquisitamente a nuestra eminente doctora, la llevó a curar sus rasguños, le practicó un análisis exhaustivo sobre su estado general (de colega a colega), etcétera.
Lo que ocurrió después no sé cómo explicarlo, pero tal vez el lector pueda adivinarlo mejor que yo mismo. Según él me contó, una vez que hubo pasado lo peor, y hallándose la doctora Lucía en su habitación reponiéndose del percance, nuestro probo director del hotel subió en persona (con el obsequio de un cesto de fruta) a fin de interesarse por su estado anímico, para preguntarle si necesitaba alguna cosa concreta o si quería que le subieran una cena a la habitación, pues ya iba siendo hora, etcétera.
Ella le hizo pasar:
—Por favor, pase, pase.
Y todo esto.
Muy lejos de estar ya sosegada, Lucía se hallaba tendida en su cama, presa de gran excitación, llorando convulsivamente y, entre sollozos, semi-incorporada, pedía perdón por las molestias que estaba causando, etcétera, y todo lo demás. En el fondo, aunque no lo dijo con palabras, se sentía amargamente ultrajada por el hecho de encontrarse en estado tan lamentable ante aquel apuesto director de hotel con el que —como se alude más arriba— había surgido un fluido de simpatía muy especial.
El director Gerón, muy turbado él, protestando de que no, que se tranquilizara, que todos en el hotel deploraban tan vivamente lo ocurrido, y que, por favor, que no faltaba más, y todo esto.
Argumentado aquello trillado de “piense que le hubieran podido hacer daño” y que “no llore por el reloj, que tal vez la policía lo recuperará”, que “ya hemos pedido duplicado de su pasaporte y por el dinero no se preocupe” etcétera, etcétera. Que “lo principal es su salud y su integridad”, etcétera, etcétera, y que “se tranquilice”, que “todo el personal del hotel está muy sensibilizado y a su servicio” y, en fin, que “qué pueden hacer por ella”, etcétera.
Etcétera.
—¿Quiere hacer una llamada por el teléfono? ¿Quiere tomar algo? ¿Un café? ¿Un gelocatil?...
—No, que ya me ha dado el médico no sé qué.
Y que tal y que cual, y bueno, él se acercó, claro...
Ella, que estaba aún histérica, se abalanzó a él, por instinto, como a un bote salvavidas, para sollozar sobre su hombro, y él, muy emocionado, se abrazó a ella compulsivamente... sobre la cama... y...
Ocurrió.
Campanas de fiesta en los oídos, torbellino vertiginoso en la voluntad, levitación anímica, disociada con la realidad... En fin...
No se sabe cómo se inició el asunto, pero sí saben los dos muy bien qué es lo que sucedió.
Después, ella, silenciosa, estuvo suspirando un rato, callada, inmóvil, en laxitud total, abandonada sobre la cama. Él, a su lado, mudo también, mirando al techo fijamente, sin moverse un ápice ni pronunciar palabra.
Al fin, ella rompió el silencio murmurando algo para sí misma, sobre su aspecto miserable, el rimel corrido, los ojos irritados de lágrimas apenas contenidas, despeinada, desvestida a medias y desencajada, y adivinando su estampa marchita, “fané y descangallada”, como diría Gardel.
—Debo estar como para una película de Fellini—musitó.
Él la miró y, sin contenerse, sin ningún autodominio, estalló en una risa nerviosa, que surgía a borbotones, una risa absurda, ridícula.
Ella le miró a él también y, entre lágrimas apenas secadas a medias, con el pelo revuelto y un rostro que se desdibujaba por un maquillaje arruinado, no pudo evitar el contagio de la risa.
Los dos estuvieron riéndose un buen rato sin saber exactamente de qué, aunque cabe suponer que como reacción expansiva por los acontecimientos recientes.
Bueno, el caso es que aquello no fue un desenlace sino el inicio de una larga historia.
Poco podían imaginar aquellos dos tristes rufianes de Casablanca lo que llegó a desencadenar su alevosa trastada, a las puertas de un hotel de lujo. En efecto, aquello fue el inicio de la larga historia entre Lucy y Gerón.
Lucy volvió a Barcelona sin reloj y sin bolso, con nueva documentación provisional y con una palpitación nueva en su corazón. Una palpitación que le sugería presentimientos misteriosos, que iban a turbar su sosegada vivencia de entonces.
Gerón se quedó en su hotel como sonámbulo, todavía embriagado, con el sabor a lágrimas y a perfume sudoroso que le quedó prendido después de aquel torbellino y, ahora sí, pidió a la cadena hotelera americana, con firme resolución, un traslado lo antes posible a España, donde tenían abiertos dos hoteles, y otros dos casi a punto... o iba a pedir la baja en la compañía. Como suele ocurrir, en el puente de mando de la empresa no estaban ya las personas que le habían llamado al principio de su carrera hotelera, de modo que los actuales dirigentes interpretaron (o simularon que interpretaban) que Gerón les pedía la baja y le respondieron de inmediato que, ”atendiendo a sus deseos, accedían a dejarle en libertad para abandonar la cadena”. Añadiendo que sólo le pedían se quedase todavía dos semanas más en Casablanca, con el fin de darles tiempo de enviarle un sustituto. Todo ello, obviamente, con el propósito solapado de no darle pie a pedir indemnización por despido.
Claro, el bueno de Gerón sintió físicamente la patada en el trasero y, dado su curriculum y su dedicación de tantos años a la empresa, con todo lo que había vivido y había tenido que soportar, consideró que el trato era una infamia y se fue a Barcelona derecho, mascullando maldiciones pero intrigadísimo en su interior por lo que el destino le deparaba a raíz de su anhelado reencuentro con aquella ponente de pediatría que de manera tan inquietante le había cautivado en Casablanca.
*** *** ***
Estos son Lucía y Gerón y esta es la historia de su encuentro, allá, en Casablanca. Han pasado más de diez años y la pareja se ha estabilizado. Viven juntos en Barcelona, con el marchamo de matrimonio burgués, en una villa recoleta, con un pequeño jardín bien cuidado, camino de Vallvidrera.
Oficialmente se casaron en las remotas islas Marquesas, allá en la Polinesia francesa, y enseñaron álbumes de fotos de la ceremonia típica y del consiguiente viaje de novios por Bora-Bora y rincones adyacentes.
No es que importe mucho pero usted y yo sabemos que, en pura verdad, a pesar de la pintoresca ceremonia polinesia, nunca se casaron realmente, digamos con trascendencia legal. Por varias razones, y sobre todo por una muy en particular y es que Julia, la diplomática ex-esposa de Gerón, ha mantenido siempre una actitud ácida, muy beligerante, y no consintió nunca en el divorcio.
En cambio, al ginecólogo portugués, ex-marido de Lucía, le interesó divorciarse muy pronto porque quiso casarse de nuevo y hasta tuvo una hija preciosa que, por desgracia, murió en un accidente. Una fatalidad que contribuyó en gran medida a la dedicación afectiva que siente por la hija que tuvo antes con Lucía, la gentil Elenita, que se muestra francamente “aportuguesada” y no sólo por el hecho de haber nacido en Lisboa sino por inclinación natural. Ella habla portugués fluidamente y viaja a menudo a Lisboa, encantadísima, para estar con su padre y su nueva esposa y con la pandilla de sus jóvenes amistades lisboetas, todo lo cual, al fin y al cabo, redunda en una relación normalizada y teñida de cordialidad superficial entre la pareja de sus progenitores separados.
En este aspecto, Gerón tiene un panorama muy diferente. Su ex-consorte, Julia, es muy arisca, como mencionamos más arriba y, desde la separación, se encastilló en el papel de esposa ofendida, aunque en la separación no hubo una ofensa formal por parte de Gerón. Fue ella la que decidió quebrar la unión, abandonando a su cónyuge en Túnez, años ha. De hecho, su despecho proviene del hecho de que Gerón haya llegado a ser feliz con otra pareja y desde su posición actual, encuentra cierto deleite morboso enviando a menudo, a Gerón, dardos envenenados de muy variada condición. Julio, el hijo de ambos, viaja a Barcelona de vez en cuando, a requerimiento expreso de su padre, que se vuelca colmándole de atenciones y regalos, como buen padre separado consciente. Julio lo acepta de buen grado pero en Barcelona no se llegó a integrar nunca. Deliberadamente, no pronuncia una sola palabra de catalán, ni por descuido, aunque lo habló en su niñez, desde la misma cuna, por deseo expreso de su padre. Su sitio es Madrid, donde estudia (carrera diplomática, claro, como está mandado) y donde tiene su aire, su clima, su gente... No es que le disguste viajar a Barcelona de vez en cuando pero lo hace con la misma disposición con que un barcelonés de pura cepa iría a visitar a sus parientes en Camprodon.
Pero es un dato muy curioso el de que Julio siente una debilidad afectiva realmente espectacular por la bella Elena portuguesita, la hija de la actual compañera de su padre, que le mira también con buenos ojos, se lo lleva de parranda con su grupo de amigos cuando coinciden en Barcelona, etcétera, y hasta se llaman por teléfono cuando uno está en Madrid y la otra en Barcelona (o en Lisboa). No son novios, ni ninguno de los dos se lo ha planteado; sin embargo, esta comunión afectuosa entre los dos jóvenes produce en la pareja progenitora de Barcelona, entre Lucía y Gerón, una satisfacción íntima que no sólo no esconden sino que estimulan. Y que exhiben ante sus amistades como un éxito, con no recatado deleite.
Gerón sigue entregado a la misma actividad de siempre, aunque ahora de manera sedentaria. Su etapa nómada finalizó en Casablanca, al tiempo en que su espíritu se iniciaba en otra nueva clase de inquietudes. En la actualidad, es asesor-gerente o algo así, de una corporación semi-oficial para la promoción turística y, en su campo, goza de un prestigio consolidado con su aura de “persona muy viajada”. Económicamente no tiene queja, como lo demuestra su tren de vida, sus trajes impecables, su permanente buen humor y su “Mercedes” 560-SEC que, a la época de los acontecimientos que se narran, era un “último modelo” provocador de envidias solapadas.
Lucía (que se conforma con un Volvo 440), abrió una consulta como sexóloga y en este campo ha alcanzado una notoriedad superior a la que ya tenía como pediatra, seguramente porque es una ciencia más nueva y menos cultivada por la sabiduría médica. Actualmente, con su fama de sexóloga recién estrenada, asiste con frecuencia a debates públicos, tertulias radiofónicas y actividades parecidas, lo que le ha dado una cierta notoriedad, ribeteada de mofa constante, de parte de Gerón, que no oculta sus reticencias, lo cual ha sido causa de algún que otro rifirrafe verbal entre la pareja.
Básicamente, según me él confió un día, Gerón desconfía de la sabiduría de su mujer en materia sexológica y se burla de la superficialidad de los consejos que distribuye (con “toda su cara dura”, desde su punto de vista crítico) a su asombrada clientela, por cuanto en la vida práctica, la actividad sexual de la famosa sexóloga con su ‘partner’ Gerón resulta, al parecer, sumamente perfectible, por usar un vocablo benévolo. Según su versión, una vez puestos los dos antagonistas en la cama, para un encuentro ‘ad hoc’, la relación suele ser tensa, desquiciada y hostil, a causa de la actitud de ella, estática, inhibida y abstencionista, cuando no parapetada en una terca resistencia .
—Si es que cada vez —se me lamenta Gerón— es como si tuviera que representar “La violación de Lucrecia”, en vivo y en directo. ¡Y es muy fatigoso! ¡Ya estoy cansado de este número! ¡Quisiera saber dónde se esconde la experta sexóloga!
Con ella no tengo la misma confianza pero, por lo que sé, su valoración de este mismo conflicto conyugal es radicalmente opuesta. Lucía abomina de cualquier tipo de reparo que se pueda plantear respecto de su dominio particular del sexo activo y, consiguientemente, las críticas de Gerón son muy mal recibidas. Tanto que, por esta causa, se han producido, según mis noticias, varias batallas campales entre la pareja, abundantes en lágrimas y exasperación general.
No obstante, la sangre no llega nunca al río, por así decirlo, puesto que tras el combate se firma el tratado de paz y la armonía se restablece en mutua y recíproca efusividad. Hay diferencias, sí. Hay protestas, reproches y regañinas, incluso violencias, a veces. Pero la pareja marcha adelante, codo a codo, con la satisfacción de superar juntos cualquier obstáculo que surja en el camino de su convivencia.. Una satisfacción elemental, si se quiere, pero íntimamente gratificante. El amor todo lo vence. O casi todo, como veremos más adelante.
Para sus amigos es un modelo clásico de “pareja feliz” pero en la intimidad se organizan de vez en cuando unas broncas monumentales y casi siempre por motivos superfluos. Lucía, sobre todo, pero a Gerón también le pasa, está tal vez preocupada por algún motivo profundo, que no quiere admitir, y descarga su malhumor sobre el primero que pasa por delante, que suele ser Gerón, naturalmente, un ser humano ajeno al problema secreto que acongoja a la buena mujer.
Cuando se produce una coincidencia en el estado anímico de ambos, las agresiones (verbales) suben de tono de manera indescriptible y la colisión roza los límites de la ruptura definitiva. Como ilustración, podríamos mencionar un caso reciente, cuando Gerón me confesó que estaba desconcertado porque le había subido a 16 su handicap en el golf, cuando lo normal en sus últimos tiempos es que estuviera fluctuando entre 8 y 10.
—Estás perdiendo facultades, querido —apunté— Ya vas teniendo una edad...
—No es eso, no es eso —se excusaba él—Mi ‘swing’ sigue siendo perfecto, mis “approach shots” son geniales y en el “green” me desenvuelvo mejor que nunca. Es una cuestión de mala pata, inexplicable. Ayer mismo, durante el Torneo Internacional del Golf Terramar, que yo me había tomado muy en serio, anduve bien, “uno bajo par”, en los tres primeros hoyos y en el ‘tee’ número cuatro, saqué muy potente, con la ‘madera’ 3, una bola que se elevó majestuosa por los aires y, de pronto, torció a la derecha, pasó por encima de unos árboles y se perdió de vista para siempre detrás de unos matorrales. ¿Fue una ráfaga de viento? En los hoyos siguientes me rehice medianamente pero mi preocupación aumentó cuando en el “nueve”, la misma historia se repitió. Otra bola perdida, de manera ignominiosa. Y no soplaba viento ni pasaba nada. Saqué con el “driver” ’Big Bertha’, para lanzar lejos y que la bola no se levantase demasiado. El “swing” fue perfecto y la bola salió disparada pero de pronto se elevó, torció su camino cuando estaba en el aire y fue a caer quien sabe donde, porque ya no la vi nunca más. Fue algo como de brujería. Inexplicable.
—Vale más que saques más corto y asegures la bola en “la calle”, sin perderla de vista... ¿O no?
—No. Esta es la táctica de los mediocres. De los perdedores. No, no; el “swing” fue modélico, el impacto con la ‘madera’ fue perfecto y la bola salió muy potente y bien dirigida, en ambos casos, como en los demás. Pero las dos bolas, en el “cuatro” y en el “nueve”, se perdieron sin ningún motivo racional. El fiasco, repetido, me desconcertó tanto que luego metí una bola en el estanque y vamos, que en la segunda mitad del recorrido todos los “bunkers” tenían imán... Como remate final, en el “green” del 18, delante de numerosos amigos y espectadores, junto al chalet del club, hice un ridículo espantoso, paseando la bola alrededor del “hole”, como un novato. ¡Menos mal que Lucía no vino!
A causa de todo esto llegó Gerón a casa con un humor de perros, con el ceño fruncido y su estampa más desagradable en el rostro, aunque con la decisión inquebrantable de ocultar el motivo de su enojo. Ante su mujer, su amor propio le impedía confesar la sinrazón de su malhumor, so pena de exponerse a un pitorreo degradante y esto le situaba en una posición falsa, lo que aumentaba todavía su irritación consigo mismo.
Aquel día Lucía albergaba también, en su interior, un profundo disgusto, cuyo origen tampoco confesaría a su marido jamás, ni bajo tortura. Resulta que Elena, su bella Elena, su dulce hijita del alma, se había marchado a Lisboa por la mañana, a instancias de su padre, que había organizado allí no sé qué festorro. ¡Y la niña no se acordó que justamente mañana es el cumpleaños de mamá! ¡Y siempre lo hemos celebrado en casa!
¡Dios mío, qué desastre! ¿Cómo es posible que la niña no se acordara?
—Ella no se acordó, ¡pero su padre sí! —reflexionaba Lucía— Precisamente por esto organizó allí un podrido guateque ¡para quitarme a mi hija en el día de mi cumpleaños! ¡Es típico de él! Toda la vida ha gozado con este tipo de alfilerazos y no tiene remedio. Es un redomado cabrón. Pero la niña no se ha acodado, por Dios, la niña no se ha acordado...
Gerón apechugando su problema con el golf y su handicap en el día del Torneo Internacional y Lucía disimulando lo de su niña evadida en su cumpleaños por una artera maniobra de su ‘ex’, y ninguno de los dos dispuesto a abrirse para confiar sus secretos enojos... Bueno, el encontronazo fue épico.
Todo empezó cuando Lucía, que había recibido la llegada de Gerón con el espíritu dispuesto en forma de serpiente boa-constrictor, le reprochó desabridamente no sé qué actitud supuestamente desconsiderada con respecto a la Elenita desertora. Precisamente cuando ella estaba tan molesta con la conducta de su hija, cuando la tenía tan presente en el pensamiento por su huída, imaginó (falsamente) que Gerón la agraviaba. A todas luces era un reproche sin fundamento y cayó sobre el desprevenido Gerón, que ya venía el hombre especialmente quemado por lo que usted y yo sabemos, como un chaparrón inesperado, inmerecido e injusto.
En otras circunstancias, digamos “normales”, Gerón hubiera podido reaccionar tal vez con un conciliador ”Vamos a ver, Lucía ¿qué te pasa?” Pero en aquel momento no estaba él preparado para negociar sutilezas del ignoto subconsciente femenino, de modo que su pronta respuesta, tal vez de contundencia excesivamente virulenta, vino a arrojar un haz de leña seca al fuego incipiente que, con el aliento de uno y otro de los contendientes, atizó muy pronto una hoguera borrascosa que estuvo a punto de abrasar la unión sin remedio y para siempre. Hubo, ciertamente, amenazas concretas de separación definitiva y la situación tenía una salida difícil en lo inmediato, porque de las dos partes se profirieron graves insultos, muy difíciles de ignorar o, siquiera, de olvidar.
En este caso, la salida del conflicto se encontró en el hecho de que toda la ofensa, por ambas partes, consistía en las gruesas palabras que se intercambiaron en la refriega pero, de hecho, y en la pura realidad, sólo había sido una escalada verbal, sin un hecho concreto que pudiera sustantivarse como motivo de ruptura.
Así que, con más o menos reticencia (porque los insultos serios y bien dirigidos, aunque aparcados, se arrebujan en algún rincón de la memoria recóndita) la pareja recupera su armonía y el disgusto se archiva... hasta que surja el siguiente trompicón.
Es un instinto ya normalizado en la pareja el de no afrontar directamente los motivos del disgusto y, por lo general, los encontronazos se materializan por motivos tangenciales que no tienen nada que ver con aquello que realmente corroe en secreto el espíritu de cada cual. Esta podría ser en principio una reacción esencialmente femenina, pero a Gerón se le contagió muy pronto y se instauró en la pareja como un hábito común. (También tengo que subrayar que, en casos de enfados conyugales de esta naturaleza, Gerón tiene el buen gusto de no buscar reconciliación en la cama, un método muy socorrido y bastante desaconsejable ya que, a fin de cuentas, acaba dando resultados más bien desalentadores).
Como trato de indicar, este tipo de incidentes se repiten en la pareja con más frecuencia de la deseable, pero en ningún caso han dado pie para consecuencias irreparables. Mucho peor fue el episodio de la convención en Madrid.
¿Cómo lo explicaría? Según mi observación, es bastante corriente la figura típica del marido desmandado cuando se encuentra lejos del hogar, en una convención, o con alguna motivación parecida. He podido conocer honorables padres de familia y maridos modélicos de los que no se separan de su digna esposa dentro de su ámbito habitual y que, si por una vez salen de casa para algún “meeting” profesional en una ciudad lejana, muestran un frenesí descontrolado y perentorio por ‘echar una cana al aire’, con una desazonada urgencia que delata su falta de práctica. Gerón no es de estos. Para Gerón, la cuestión sexual no tiene misterios ni representa una tentación que le haga desviar de su camino, como se le desvían las bolas en el campo de golf. Podríamos decir que esta parcela la tiene a cubierto de modo satisfactorio (máxime a tenor de su edad, que ya es doblemente respetable) por lo cual fue un caso bien extraño el de su aventura en la convención de Madrid. Extraño y de bien penosas secuelas, como enseguida se verá.
En ocasión de una FITUR se convocó en Madrid una importante asamblea del sector turístico dirigente y allá que se fue Gerón, representando a la entidad de la que es directivo. Él no buscó, como otros, una inmediata escapada nocturna de expansión sexual remunerada. Nada de esto, por Dios. Él es un profesional responsable y se dedica por entero a su trabajo, sin devaneos ni frivolidades extemporáneas. Pero he ahí que justamente en su aplicación a la exigencia profesional estuvo, por una vez, su perdición. Alguno de sus ‘alegres’ colegas, precisamente, se lo recriminó duramente.
—Si vas de putas, pagas y se acabó. ¡Te quedas libre! Pero si te lías con una decente, te puede costar muy caro. ¡Y no sólo en dinero!
En fin, que para su desgracia, Gerón se enzarzó en discusiones técnicas con una delegada vizcaína, muy preparada ella, pero con ideas curiosas y poco ortodoxas respecto a la perspectiva turística del campo agreste, lejos de playas, de pistas de esquí y de concentraciones masivas. Aquella profesional era una polemista correosa y Gerón discutió con ella enconadamente durante la sesión de trabajo, terminada la cual se entabló entre los dos una apasionada controversia técnica, plagada de datos, estadísticas y referencias experimentales, que se prolongó después de las reuniones oficiales y tuvo una prórroga ‘tête à tête’ en un restaurante típico. Casualmente, resultó que ella conocía Túnez y Casablanca, los dos últimos destinos en el periplo hotelero de Gerón, lo que a fin de cuentas abrió el debate a nuevas áreas de recíproca confidencialidad
Y... bueno, lo que ocurrió fue una desgraciada casualidad. Una lástima.
El caso es que a la mañana siguiente, muy temprano, la experta vizcaína en turismo rural tuvo necesidad de comunicar con su despacho en Bilbao, antes que alguien de allí hiciera no sé qué y, como en aquellos días no se habían implantado aún los teléfonos móviles, llamó desde la cama (de la cama de la habitación de Gerón, bien entendido) por el teléfono del hotel, con el resultado de que la persona que ella buscaba con tan imperioso ahínco madrugador no había llegado todavía. Ella dejó el teléfono del hotel y el número de la habitación, (de Gerón, repitamos) con la orden de que llamase de inmediato, en cuanto llegase.
El teléfono sonó, en efecto, a los pocos minutos. Ella, que todavía no se había vestido, descolgó presta y diligente desde la misma cama.
Es doloroso para mí continuar el relato. Como el lector adivinará, la llamada no provenía de su despacho en Bilbao. Una voz en el auricular preguntaba por Gerón. Era Lucía, en persona, que llamaba tan temprano porque sabía que avanzada la jornada, su dinámico marido se enzarzaba en reuniones y ni ella quería molestar ni, por otra parte, sabría ya a dónde llamarle. Pensando en el cariñoso Gerón de sus pecados, quería saber si se encontraba bien y si volvería pronto.
Al oír una voz femenina, Lucía, de inmediato, pidió perdón por haberse equivocado pero la comisionada del País Vasco, solícita y cooperadora, inquirió:
—¿Por quien pregunta?
—Señor Sánchez. Jerónimo Sánchez.
En su mentalidad de profesional experimentada, la delegada vizcaína pensó que era una llamada matutina del despacho de Gerón, como ella misma la esperaba del suyo. Por otra parte, él tampoco había mencionado que estuviera casado, porque sus conversaciones de la víspera no penetraron tanto en el coto privado
—¡Ah, sí! Está aquí —replicó— Un momento, que ha ido al baño. Creo que se está duchando. Ahora le llamo...
Bueno, parece que nos podemos ahorrar los detalles subsiguientes.
A los dos días, el regreso de Gerón a su hogar fue como el de un arrepentido penitente llegando a su Gólgota. Ya en el mismo umbral vio como su agraviada Lucy le esperaba ansiosa para saltar a su yugular con los colmillos afilados, sedienta de sangre. Mi pobre amigo, no diré que inocente pero sí muy compungido, suplicaba piedad y clemencia (sin grandes argumentos a favor, hay que admitirlo) y sólo podía escuchar improperios y maldiciones.
El duelo fue realmente grave y, dada la actitud furibunda de Lucía, muchos de los amigos mutuos, que no encontrábamos el medio de apaciguar, temimos una separación irremediable.
Por fortuna, no se produjo. Lucía acabó perdonando lo que fue sólo un lance ocasional, una ligereza injustificada —quiero decir que no había un desvío consolidado, ni una doblez sostenida, por parte de Gerón— y la pacífica convivencia se instaló de nuevo en la pareja.
Más grave fue lo del monitor del golf. En la pareja siguió habiendo sus más y sus menos, sus momentos felices y sus broncas consuetudinarias, pero en muchos aspectos era una pareja ideal.
Especialmente gratificantes eran los viajes frecuentes que hacían juntos (a veces —muchas veces— llevándose a la bella Elenita) aunque curiosamente, Gerón evitó siempre los paises que había conocido como director de hotel. Digamos que estos viajes estaban en relación con el puesto que ocupaba Gerón en la promoción oficial del turismo, donde recaían continuamente ofertas, invitaciones, proyectos, de cadenas hoteleras, de “paquetes turísticos” etcétera, que él como experto en la materia, sabía aprovechar.
Largo tiempo después de aquel tropiezo esporádico en el hotel de Madrid, que acabamos de describir, ocurrió otro lance del mismo género, emplazado digamos que en el terreno de juego contrario.
Resulta que Lucía, que siempre se había mostrado refractaria a los atractivos del golf y casi nunca quería acompañar a Gerón en sus deportivas hazañas semanales, sintió de pronto la irresistible llamada del golf en lo más íntimo, gracias al poder de convicción de una nueva amiga, Irene de nombre, que conoció en una tertulia de la radio y con la que había intimado mucho últimamente. La amiga Irene, forofa del golf, la indujo a inscribirse a un cursillo de prácticas y, enamorada súbitamente de este deporte, decidió ir de pareja con su amiga para tomar lecciones de un profesor experimentado que le ayudase a obtener “handicap” y carnet federativo, para poder salir al campo a jugar de verdad. El proceso corriente, vamos.
El campo que Lucía frecuentaba en su repentino arrebato golfístico no es el mismo del que es socio su marido, sino otro más cercano, que es el que frecuentaba su entusiasta nueva amiga. Al principio iban las dos una tarde o dos a la semana pero más adelante Lucía se independizó y administró sus escapadas golfísticas según los huecos que se presentaban en su trabajo. Su profesor —vivamente recomendado por la amiga Irene— adquirió gradualmente un papel más y más relevante en su quehacer.
A veces, Lucía comentaba en casa sus impresiones respecto a progresos en su “swing” y sus experiencias curiosas en su nueva actividad deportiva, a la que se había entregado con el apasionamiento de un converso tardío.
Y el profesor...
—Es un tipo tan peculiar... —subrayaba— Su cultura es muy primaria pero tiene una inteligencia natural muy vivaz, que se manifiesta por sus sentencias, justas y sensatas, ante cualquier cuestión que se presente. Además, sus modales son muy refinados, pero no parecen aprendidos sino innatos. Es como un diamante en bruto.
Y otro día:
—Ese profesor me sorprende. Tiene un sentido del humor muy inglés. Sus respuestas parecen extemporáneas pero en el fondo son incisivas y cargadas de razón. ¡Y tiene unas salidas tan cómicas!
Y más:
—No sé cómo una persona tan inculta, porque lo es, puede utilizar un léxico de persona ilustrada. Aplica a cada cosa la palabra justa, muy por encima del vocabulario vulgar. A saber si es un universitario disimulado. En todo caso, lo disimula bien.
Y aún:
—Jaime —(ahora ya tenía nombre)— creo que te ayudaría en tu forma de jugar. Tiene unas ideas tan fantásticas y al mismo tiempo tan sencillas... Es que con él entiendes el golf mucho mejor y todo te resulta más fácil...
O este otro:
—Jaime me ha preguntado si asistiremos a la cena anual del club, el próximo sábado. A él le darán un trofeo importante y un obsequio de no sé qué. ¿Iremos?
Es con excesiva displicencia que Gerón escuchaba este tipo de información. En el fondo, pensaba que Lucía se interesase por el golf era una expansión positiva. Que el golf la tendría mentalmente ocupada, vamos, y siempre es bueno para la paz conyugal.
Hasta que llegó la fase del proceso en que Lucía ya no comentaba nada. Venía de jugar y se dedicaba afanosamente a cualquier cosa menos a hablar del tema.
—¿Cómo te ha ido, hoy?
—Bien, bien.
O, por el contrario:
—¡Uff! Hoy, !fatal!
Y Gerón preguntando, distraídamente:
—¿Y tu profesor? ¿Sigues con él?
—Ah, sí. Bien.
Tan cerrado laconismo era sustancialmente sospechoso y Gerón, si no anduviera tan despistado, hubiera tenido la mosca en la oreja. Que habría abierto los ojos, vamos, y tal vez haciendo acto de presencia en forma preventiva se hubiera podido evitar el resbalón.
El caso es que Lucía se sentía intrigada por el personaje, Jaime de nombre. Joven treintañero, de construcción atlética, jovial de carácter, rápido en reacciones inesperadas y en respuestas agudas, a veces punzantes, tenía un poder de comunicación muy especial y otro poder aún más determinante sobre las damas en la distancia corta; cuando cogía las manos de Lucía con las suyas, tan grandes y poderosas, para ayudarle a empuñar el palo de la forma más apropiada, o cuando por detrás sujetaba sus hombros para indicarle como declinar el movimiento preciso para un “swing” mejor, Lucía sentía en lo más profundo la eclosión de unas burbujas chispeantes como las de puro champán, que subían directamente a la cabeza y le hacían ver como ondulada y movediza la línea plana del horizonte mientras que sus pies parecía que perdían contacto con el suelo.
Ella, la experta sexóloga, hubiera diagnosticado muy certeramente el caso si se hubiera tratado de una paciente en su consulta pero no estaba preparada para un dictamen preciso aplicable a su propio interior. Como en un temporal marino socavado en la profundidad, emergieron las famosas algas rojas, y tuvo la sensación de perderse en un torbellino embriagador en el que se mezclaban, danzando alrededor de su voluntad desfallecida, un feroz deseo reprimido, una sucesión de interrogantes de todos los colores empujados por la curiosidad, una avidez inconfesable de carne fresca y un fulgurante deseo de domeñar y poseer aquel cuerpo tan joven, tan inquietantemente sugestivo.
Hubo tema. No una vez, como le ocurrió a Gerón en una chispeante noche madrileña, sino que hubo bises. Más aún, hubo método y organización sistematizada.
Gerón no notaba nada, en absoluto. Si acaso, sí que observó en la cama una disposición notoriamente más participativa por parte de Lucía. Tanto así que aquella figura de “la violación de Lucrecia”, que tanto le apenaba, se extinguió del todo. En efecto, no es que la actividad sexual entre ambos se hubiera acelerado mucho ni que ella demostrase una avidez especial pero, llegada la ocasión, Lucy se mostraba no sólo muy participativa sino que incluso tomaba a veces iniciativas espectaculares, que dejaban a Gerón literalmente alborozado. Dicho en pocas palabras, ahora, por fin, Lucía disfrutaba plenamente del sexo activo.
Él no dejó de comentarlo y ella un día se sinceró:
—Es como si me hubiera librado de un complejo...
—¿Cómo?
—Sí. Cuando hacíamos el amor normalmente, a mí me asaltaba una sombra, se me aparecía como un vago recuerdo de mi marido en la misma posición. Era como un hálito involuntario y fantasmagórico y cuanto más deseaba librarme de él, más difícil se me hacía participar abiertamente contigo. Estaba como atascada y ahora, por fin, creo que he podido zafarme...
—Vaya, nunca me dijiste nada de esto...
—No podía, compréndelo. Era una secuela psicológica absurda, algo que a mí misma me parecía ridículo, y cuanto más quería superarlo, llegado el momento, más me atenazaba. Ahora creo que se ha desvanecido.
—¿Y qué ha ocurrido para que se desvanezca?
En vez de sincerarse y confesar paladinamente qué es lo que le había ocurrido, Lucía dijo:
—Bueno, es que ya ha pasado tiempo y como era sólo un velo mental, se ha caído por sí solo.
¡Embustera!
Feliz y contento, Gerón tuvo un día la idea de ir a darle una sorpresa, al campo de golf, sobre todo porque el tiempo amenazaba tormenta y pensó que podría serle útil... Lucy le había dicho que iría a jugar por la tarde, y que para salir pronto (para que no oscurezca estando en juego) iría a mediodía a comer algo en el restaurante del club y así podría salir al campo a buena hora, etcétera. Su profesor y caddie, Jaime, se ocuparía de pedir la hora de salida, las inscripciones, etcétera, porque, por suerte, aquel día podría salir con ella al campo y así ella aprendía mucho más.
Al caer la tarde, Gerón se presentó él en el campo y estuvo merodeando por el club, tomándose un café, etcétera. Negros nubarrones amenazaban temporal inminente y Gerón estaba con la vista fija en el campo, esperando ver aparecer la silueta de Lucy y su dispuesto entrenador.
De pronto empezó a llover a mares, con algo de granizo y todo, en medio de una tormenta espectacular. Gerón, inquieto y temeroso, agudizó su vista y, en efecto, algunos jugadores venían corriendo, empapados, pero de Lucy, ni rastro.
Angustiado, preguntó. Nadie daba razón de Lucy, en el chalet semidesierto. Inquirió noticias de Jaime, el famoso profesor habilitado y nada. En secretaría no constaba que Jaime y Lucía hubieran salido a jugar. Por allí quedaba un corrillo de caballeros, viejos socios del club y, al acercarse, Gerón oyó que comentaban algo de Jaime, el conspicuo profesor, así que no abrió la boca y, disimuladamente, agudizó el oído.
—¡Uy, Jaime! Menudo es él —decían— Se trae unos manejes con sus alumnas que... ¡vamos!
—Especialmente las casadas guapas!
—Y solteras. Él no discierne mucho.
—Que no discrimina, querrás decir.
—Ni discrimina ni discierne, realmente. Pero con la juventud fracasa mucho ¿eh? Su fuerte son las casadas maduritas, de esa edad en que se miran al espejo y temen que a sus encantos les queda poco tiempo y que su ‘sex-appeal’ empieza a declinar...
—Sí, y que se aferran a la ocasión como si fuese la última...
—El fulano sabe aprovecharlo, hay que reconocerlo. Tiene buena maña para esto.
— Como que le rinde bien ese apartamento que tiene por ahí..
—¿Tiene un apartamento? ¿Pero no vivía en Gavá...?
—Sí, pero ¿no lo sabías? Sí, hombre. Por aquí cerca tiene un estudio de soltero, donde guarda palos y aparejos y le sirve de...
—Fíjate cuando sale al campo, de prácticas, con una alumna, por la tarde.
—Y se les hace de noche...
—¡Hombre! Como que ya no vuelven al club. Sabes que en entre el “nueve” y el “diez”, a la derecha, hay una salida al camino del pueblo, ¿no? Pues por ahí se van directamente a su apartamento...
Era una conversación muy instructiva pero Gerón no pudo escuchar más. Sintiendo como una llamarada de duda abrasándole el pecho, volvió al aparcamiento bajo la lluvia, mojándose miserablemente. Montó en su ‘Mercedes’ y trató de identificar el coche de su mujer entre los pocos que quedaban y no: el Volvo de ella no estaba.
Se dirigió a casa con el furor de un morlaco encelado y allí estaba la dulce Elenita, ajena al nudo de los dramáticos acontecimientos que se avecinaban.
—¿Sabes algo de tu madre?
—No, cuando he llegado, ella no estaba. ¿La habrá pillado la tormenta?
“¡La tormenta la pillará de lleno, en cuanto aparezca!” pensó él, para sus adentros, mientras se despojaba de su ropa empapada.
Tardó más de una hora, y ya había dejado de llover, pero al fin llegó Lucía. Peripuesta y radiante, de un humor jovial y comunicativo. Repartió besos cariñosos a Elena, a Gerón, y viéndola parecía una hada buena, resplandeciente de ventura y buenos deseos.
Gerón dijo muy secamente:
—Veo que no te has mojado.
—No. Es que...
—He ido a tu club y no estabas, ni tú ni tu coche, ni constaba en secretaría que hubieras salido a jugar.
—No, no, ¿No te lo dije? Es que a última hora fuimos con Irene a un desfile...
—¿De veras? ¿A qué desfile? ¿No dijiste que comerías en el club?
—¿A qué viene el interrogatorio? ¿Qué pasa? ¿Es que no puedo cambiar de idea, sobre la marcha?
Elena terció:
—Vamos, vamos, ¿qué os pasa? Mucha discusión y aquí no se habla de la cena. ¡Estoy hambrienta!
—Yo también —admitió Gerón. Y no es que tuviera hambre y sed de justicia, sino que, simplemente, los ataques de cuernos dan apetito, como es ya muy sabido.
Gerón pensó que era prudente agazaparse a la expectativa y quedarse lo que se dice ‘ojo avizor’, para ‘cazar a su paloma torcaz in fraganti’. Preparó una estrategia para tenderle una trampa, pero no supo llevarla a cabo. Carecía de serenidad y de paciencia, porque le obsesionaba la idea de que su Lucía pudiera revolcarse entre las sábanas, en el catre de su caddie. No pensaba en otra cosa, ni de día ni de noche, y su imaginación volaba en infinidad de fantasías ominosas que le producían hasta dolor físico en el pecho. ¿Estará también Lucía entre esas “casadas maduritas”, de las que oyó hablar en el club de golf? —se atormentaba Gerón—
Lejos de caer desprevenida, Lucía percibió enseguida la sensación de estar estrechamente vigilada, lo que le incomodó sobremanera, así que entre unas cosas y otras, la relación entre la pareja se tornó como apelmazada y siniestros presagios se cernían sobre el futuro.
Un día, después de escuchar dos o tres preguntas inquisidoras de su Gerón, Lucía rompió:
—¿Qué te pasa? Me estás aplicando el cuento de Gila, aquel del detective que capturó a un criminal con indirectas. Me estás hablando y me parece oír aquello de “alguien ha matado a alguien...” como si esperases de mí una confesión: “¡no puedo resistirlo más! ¡confieso que fui yo!” ¿Qué esperas que confiese? ¡Dilo de una vez y acabemos el juego!
A Gerón se le brindaba una oportunidad excelente para poner sus cartas sobre la mesa pero no la aprovechó. En vez de abordar el nudo del conflicto, salió por la tangente.
—¿Te encuentras bien?— fue su respuesta. Y Lucía le envió literalmente al carajo.
La relación entre la pareja se deterioró todavía más. Gerón sufrió insomnios y pesadillas, perdió el apetito, tuvo dos amagos de angina-de-pecho, enflaqueció de varios kilos y todo esto sin dejar de vigilar a su mujer, rebasando a menudo los límites de la impertinencia, mientras que, en contraste, su líbido se le desató de manera furibunda y “atacó” a su mujer en la cama, con saña, convirtiendo en un acto de agresión violenta lo que normalmente es una exaltación del amor. En él había como un deseo violento de sojuzgar a su mujer por el sexo y en el fondo latía tal vez también un cierto complejo de competitividad con su misterioso rival más o menos imaginario..
Ella se mostraba aturdida y arisca. No entraba en conversación y sus únicas palabras eran monosílabos, cortantes y evasivos. La joven Elena asistía al drama, sumida en el interrogante permanente. De vez en cuando preguntaba pero como nunca obtuvo más que exabruptos tajantes, optó por callarse y observar.
En Gerón estaba el ojo del huracán y sus dos conciudadanas femeninas sufrían los estropicios. La situación se dirigía inexorablemente hacia el “big bang” familiar pero, al contrario, la evolución de los acontecimientos tomó otro rumbo, especialmente cuando Lucía dejó de acudir a su club de golf, de manera ostensible.
“Ahora deben encontrarse en la ciudad”, malició Gerón. Pero no iban en esa dirección los indicios; al contrario, ella dulcificó su talante en el hogar, dejó escapar alguna señal sutil de acercamiento y Gerón, bajó la guardia y se puso a la expectativa. La cosa tomó un giro decidido hacia la paz cuando ella musitó como de pasada, como sin darle importancia, que el sábado le gustaría ir con Gerón a su club de golf de Terramar.
—Los Feliu-Pradallonga nos han invitado a cenar, al restaurante ‘El Greco’, porque a Pablo le dan este sábado no sé qué premio y lo quieren celebrar.. Me lo ha dicho Cuqui, su mujer, y “que vengais, que vengais”... ya sabes cómo es ella. Por esto he pensado que podríamos ir por la mañana... y tal vez yo podría salir a jugar contigo...
Fue una parrafada imprevista, que cogió a Gerón descolocado. Hasta entonces, Lucía no quería ir nunca a Terramar. Normalmente, ella le esperaba en casa y el bueno de Gerón sólo podía ir al golf por el sistema clásico de “ida y vuelta”. Ahora, en plena ‘guerra fría’, Lucy le proponía no sólo acompañarle a Terramar, sino salir a jugar con él y quedarse hasta la noche, para cenar con sus amigos, Pablo y Cuqui y su pandilla de amigos.
Era demasiado para un Gerón armado y belicoso, pero desprevenido ante una incursión tangencial semejante, de modo que, sin ninguna estrategia defensiva preparada, sólo pudo contestar:
—Ah, bueno.
El sábado se fueron para allá, con el ‘Mercedss 560-SEC’ atiborrado de palos y zapatos y toda clase de pertrechos. Gerón conducía y anduvo todo el camino huraño y silencioso, preguntándose hacia dónde se dirigía el contencioso secreto que mantenía con su mujer, sospechosa de infidelidad sostenida.. Pero ya en el campo, todo cambió. Les tocó salir con otra pareja, que no conocían, pero con la que hicieron buenas migas. Especialmente las dos mujeres congeniaron enseguida y Gerón observó en Lucía una predisposición inusual a la sociabilidad; efectivamente, durante el recorrido, se mostró locuaz y comunicativa, comentaba con tino y deportividad exquisita los lances del juego, y hasta se permitió alguna observación de fina ironía que fue muy bien recibida y contribuyó a que la jovialidad presidiera el encuentro deportivo que, por cierto, se desenvolvió de modo harto satisfactorio. Los buenos golpes de cada cual —abundantes, por cierto, pues los cuatro jugadores se mostraban felices y en forma— se vieron celebrados con entusiasmo por los tres restantes y así llegaron al hoyo 18 en plena efusión. Se comprobaron los apuntes en las libretas y se despidieron con gran cordialidad, intercambiándose números de teléfono y quedando (imprecisamente) para otra ocasión.
Gerón y Lucía, al fin, quedaron solos frente a frente, y los dos de modo instintivo, supieron que la crisis conyugal había terminado. Gerón se sintió inundado de felicidad y renunció expresamente a seguir indagando. (De todos modos, ella ya había dejado de visitar el campo de la sospecha, así que...)
Lucía, por su parte, mantuvo la jovialidad que había mostrado durante el juego y todo (si es que hubo algo) pareció olvidado.
La pareja —ahora feliz, de nuevo— recogió palos y enseres, se dirigió a las duchas y “aquí no pasa nada”. Nunca se abordó el quid de la cuestión pero el problema que amenazaba la continuidad de la pareja se esfumó solo, en el curso de una partida de golf. Este es el glorioso poder humanístico que se encierra en este deporte mágico.
La relación de pareja volvió a ser óptima, tal vez mejor que nunca. No se habló más de Jaimes en particular ni de caddies en general y hasta la nueva amiga Irene desapareció de la escena, sin que Gerón preguntase por ella ni una sola vez. Por si acaso...
En este punto, el lector puede inquirir:
—Pero vamos a ver ¿no había una relación de dependencia con el caso de Dizzy Gillespie?
Ahora se verá.
La desgracia empezó a cernirse sobre la felicidad de la pareja cuando Gerón recibió la herencia de su tía Remedios.
La tía Remedios, hermana mayor de su difunta madre, controló siempre el patrimonio de la familia y sobrevivió a todos los parientes, hasta que falleció en sus posesiones de la Cerdanya, muy mayor (93 años, concretamente) y sin descendencia directa. En su testamento, nombró a Gerón heredero universal y nuestro amigo se encontró de pronto con un inesperado caudal de dinero, terrenos, edificios y propiedades diversas que él nunca había calculado. Es decir, él tenía la remota esperanza de heredar algo pero no se acordaba ni tenía idea de que pudiera ser de tanto volumen. De hecho, a su tía Remedios la visitaba muy raramente, sobre todo desde que murió su madre y sólo existía una relación familiar formal y educada, pero diluida y distante.
Para Gerón, todo el proceso legal para hacerse cargo de la herencia y verse de pronto en disposición de administrar semejante patrimonio le zarandeó el ánimo, le nubló la capacidad de entendimiento y sembró numerosas dudas en su voluntad.. De momento, quiso darse el gusto de satisfacer una vieja ambición, que pensaba nunca podría llegar a ver posible: para él, veterano director de hotel errante, poseer un hotel fijo, en propiedad, era un sueño permanente. Por esto, lo primero fue lanzarse al ruedo de las inversiones inmobiliarias y pronto se le presentó la ocasión de comprar en Lloret un hotel de 4 estrellas y de muchas habitaciones frente a la playa. Y, al poco tiempo, encontró la manera de adquirir una participación mayoritaria en un complejo turístico en la isla de Mallorca. Bueno, para empezar, tomar posiciones en dos enclaves turísticos no estaba mal. Inmediatamente después se despidió de su lujoso empleo para dedicarse por entero a administrar su flamante nueva fortuna.
Lucía asistía asombrada al curso de los acontecimientos y después de adquirir algunas joyas de las que había estado contemplando en los escaparates de Cartier, y de incrementar su armario guardarropa con adquisiciones relevantes (Chanel, Yves St. Laurent y algo de Versace eran sus debilidades) sintió en lo más íntimo la necesidad imperiosa de espacio suficiente para su consultorio sexológico (entonces de alquiler) que, de repente, se tornó tan exiguo y de todo punto inadecuado para el nivel de sus pacientes, que era urgente disponer de un emplazamiento apropiado en la ciudad. Convencida de que era más aconsejable la compra que continuar en alquiler, tuvo ocasión de visitar algunos inmuebles que estaban a la venta para que Gerón pudiera elegir la mejor adquisición. Lo cual se efectuó, sin demora excesiva..
Por cierto, ya en esta vía, y cuando la dulce doctora Lucy se encontraba todavía enfrascada en las tareas del traslado y la instalación de su consultorio en el nuevo edificio, se pusieron claramente de manifiesto las deficiencias de su residencia familiar. Directamente estimulada por su hija Elena, hizo que Gerón se percatase de que la casa donde vivían era húmeda. ¡Y pequeña! Era tan pequeña que la pobre Elena tenía que estudiar en su misma habitación-dormitorio ¡Cómo que no tenía siquiera una pequeña salita para ella! ¿Y el jardín? ¡Pobre jardín! ¡Ridículo! No, si el jardinero ya lo decía, que detrás de aquella tapia y con orientación al norte, no había nada que hacer para que los rosales lucieran. ¡Faltos de sol, claro!
Gerón, tímidamente, alegaba que él había visto rosales preciosos en Holanda y crecían directamente al norte. “¡Si es que toda Holanda está al norte de España... y fíjate qué tulipanes!”
Casualmente, Lucía tuvo noticia de una casa preciosa, que estaba en venta, en el distrito de Pedralbes, porque sus dueños, venezolanos, ya mayores, habían decidido volver a Caracas, donde tenían a su hija casada, y dejaban la casa toda puesta, por un precio muy razonable.
—Quiero que veas esta casa, Gerón ¡Es una oportunidad! Mañana por la tarde estarán los dueños, que vienen de Caracas ex-profeso para cerrar la operación con una agencia inmobiliaria. Si a nosotros nos gustase, nos la cederían sin pasar por la inmobiliaria... y a mejor precio, claro.
—¿Y cómo estás tú enterada de todo esto?
—Lo sé por Pilila, que ya sabes que hace interiorismo y decoración y está muy metida en esto de mansiones y casas señoriales.
—Pero... ¿tú necesitas una casa señorial? Nunca me lo habías dicho. Más bien te posicionabas en el bando de la crítica a todo el concepto de lo señorial...
—No, si es por tu comodidad. Esta casa nuestra es pequeña y tú no tienes espacio para desenvolverte cómodamente.
—¿Para qué quiero más espacio? Yo disfruto con mis confortables sillones ingleses en el salón, que es amplio y cómodo; ahí está también la sala-comedor conectada a la cocina, que tú decías que era un sueño para tí, tan grande, tan luminosa, tan bien equipada... ¿Más espacio? Tengo mi sala-despacho con todos mis libros y mis cosas, tenemos un dormitorio amplio, con antesala y armarios-vestidores en los que cabemos dentro los dos al mismo tiempo, tú tienes tu “boudoir” aparte, y ese armarito que esconde el televisor, para verlo desde la cama, y la mini-nevera por si queremos beber algo por la noche, como en un hotel... ¿Crees que yo necesito más espacio? ¡Hasta ahora no lo sabía... ¡
* * *
La fiesta de inauguración de la nueva residencia familiar en la casa de los venezolanos, en Pedralbes, fue realmente sonada. Un acontecimiento social, al que asistieron una legión de amigos de toda la vida y muchos de nuevo cuño, que acudían al sonido de los tambores de la opulencia.
El traslado a su nueva residencia se hizo con rapidez. No hubo que hacer grandes cambios ni adaptaciones porque, realmente, los venezolanos la dejaron en perfecta estado de servicio. Al final, en la transacción intervino la agencia inmobiliaria con la que los vendedores tenían un acuerdo, y la misma agencia se ocupó también de vender la casa donde habían vivido hasta entonces y, por cierto, se vendió a muy buen precio, pues la anunciaron mucho y apareció una familia compradora —matrimonio con tres hijos— que se mostraron encantados. Según su definición, les gustó porque es “muy espaciosa, comodísima, con interiores muy bien distribuidos, y con buena orientación” Ah, y también mencionaron el bonito jardín, no muy grande pero muy mono... y con unos rosales tan bonitos... Siempre se ha dicho que el mundo es según el color del cristal con que se mira. Y según de dónde se viene y a dónde se va.
Bueno, la casa nueva era realmente suntuosa y daba gozo ver a Lucía y a Elenita tan contentas. Hasta Gerón era feliz con su nueva “demeure”, y con todos sus salones y, por cierto, entonces no era consciente de que le sobrase espacio; al contrario, había multiplicado por diez los metros cuadrados su despacho anterior y le parecía un habitáculo normal. No concebía que se pudiera vivir cómodamente con menos amplitud de la que disponía ahora. Siempre es fácil adaptarse a lo mejor por encima de lo bueno
Todo marchaba bien en el nuevo asentamiento. Sin embargo... a la fiesta de inauguración asistió Julito, el hijo de Gerón, para quien se había reservado una habitación personal mucho más amplia y confortable que la que utilizaba en la casa antigua cuando venía a la ciudad, La nueva disposición, por cierto, fue de entrada bien aprovechada, pues el chaval se quedó un par de semanas, muy satisfecho...
Cuando Julito volvió a Madrid y le hizo a su madre un relato pormenorizado de la nueva situación, la buena mujer se movilizó de inmediato. Bajo la premisa de que ella seguía siendo la esposa legal del rico heredero don Jerónimo Sánchez, Gerón para los amigos, puso en marcha una acción reivindicativa por medio de un bufete de abogados amigos suyos, que muy diligentes plantearon la reclamación a nuestro buen amigo. En pocas palabras, ella invocaba su condición de esposa “repudiada” (de hecho se había repudiado ella sola, pero por lo visto el detalle era irrelevante) y exigía la parte que le correspondía en la herencia.
Gerón alucinó y Lucía montó en cólera.
—¡Como les des un duro, me vas a oír! —amenazó la roqueña compañera actual.
Él trató de capear el temporal y se vio con los abogados (los suyos y los contrarios) para buscar una componenda, a espaldas de Lucía. Consideraba que la actitud de Julia, su ex-esposa, era simplemente la de sacar provecho, con una desfachatez monumental, pero el hombre no quería pelea y se mostró dispuesto a negociar.
Mientras tanto, sabiendo que Julito quería emanciparse, le compró un piso moderno y bien dotado, en Madrid, no lejos de la casa de su madre, y se lo ofreció como regalo de cumpleaños. Y no le compró también un coche porque el chico no tenía todavía carnet de conducir, pero se lo prometió para muy pronto, cuando tuviera edad y carnet. Con esto pretendía Gerón mostrar una actitud de base generosa y bienintencionada, que contribuyese a apaciguar los ánimos sumamente belicosos de su ex. La cual, muy al contrario, recibió la sensación de que allí había un fluido caudaloso y redobló sus reclamaciones con más porfiada insistencia.
Como primera providencia, envió a Julito a casa de su padre, con el encargo de observar y tomar nota, por una parte, y de hacer bien patente la exigencia de “la familia”, por la otra. De la familia suya, por supuesto.
Julito respetaba a su padre pero estaba muy enmadrado y cumplió el encargo con todo rigor y con plena convicción. Su comportamiento era limpio y educado, pero si se terciaba, no dejaba de aprovechar la ocasión de mencionar a su madre y patentizar sus aspiraciones, lo que ponía a Lucía en un grado de tal exasperación que exigió tajantemente al bueno de Gerón que el jovencito “enviado especial” volviese de inmediato junto a su madre.
—¡No puedo soportar un espía dentro de casa! Un elemento que sólo fisgonea y se lo cuenta todo a su madre por las noches, desde el teléfono de su habitación.
—Si es desde su habitación... por las noches... ¿tú cómo lo sabes? ¿Es que tú le espías a él? ¿No crees que ya es demasiado espionaje?
Lucía interpretaba que Gerón se posicionaba en contra de ella y, naturalmente, a favor de su ex y su retoño. En estas condiciones cualquier lance anecdótico de la vida cotidiana se convertía en un ”casus belli”. Como cuando Gerón tuvo que anular un proyecto de crucero de lujo, por las Bahamas y el Caribe, que incluía un ‘reveillon’ de fin de año de gran etiqueta, en el mar, con el que soñaban madre e hija, Lucía y Elena. Pero Gerón no podía embarcar en aquellas fechas porque antes de final de año tenía que afrontar en Mallorca unos “meetings” con un grupo de accionistas reacios a sus ideas, y unos consejos de administración de la compañía, amén de unas reuniones con el staff de su complejo turístico que había propuesto una ampliación de capital que para Gerón entrañaba el riesgo de perder su mayoría... si no estaba directamente al tanto.
En la casa, aquello fue Troya, como suele decirse, porque las dos mujeres no valoraban la necesidad de que Gerón tuviese que ir a Mallorca físicamente porque, en su opinión, él podía delegar, si quisiera, y además, por algo existen los teléfonos y los faxes, mientras que ellas habían quedado en el crucero con amistades y habían publicitado aquello con inusitado deleite, así que cancelar ahora el viaje les ponía en ridículo ante todo el mundo. “¡Qué dirán ahora los del grupo de Sarita y Bartolomé!” “¡Y cómo se burlarán las de Caldetas, que son tan falsas y envidiosas!” Es decir, que para Lucía y Elena, aquello se presentaba como una tragedia. Y, consecuentes con la situación, mostraron su disgusto con una belicosidad extremada.
Gerón no lo entendía. Para él, el hecho de no secundar sus intereses, que requerían toda su atención en Mallorca, le parecía como mínimo una deslealtad. Además......
—Pero, por favor, si no vamos a este crucero ya iremos a otro. Hay infinidad de cruceros todos los días para elegir. No creo que se vaya a hundir el mundo por culpa de un impedimento que ha surgido a última hora. No comprendo por qué es tan decisivo este puñetero crucero en concreto.
Gerón tenía toda la razón, pero cometió un error, disculpable en medio de la refriega verbal, pero desgraciadamente dañino para la estabilidad emocional de la familia, y es que dejó escapar una frase demoledora:
—Y bien, al fin y al cabo, este jodido crucero y esas joyas que llevais, y esta misma casa en que vivís, y todo vuestro tren de vida, es fruto de mi dinero, así que...¿no tengo yo derecho a decidir?
Restregarles por la cara el origen de su opulencia les sentó tan mal a Lucía y a Elena que en el acto se sintieron ofendidas y ultrajadas. En, el fondo, su conciencia ya les estaba recriminando aprovechamiento desmedido pero aquellas palabras de Gerón representaron una injuria degradante. Sobre todo porque era verdad, que es por lo que duelen más las injurias. Sin argumentos válidos con que defenderse, o con los que atacar de nuevo, desviaron todo su exaltado coraje sobre la figura de Julito, que desde un rincón asistía a la escaramuza en silencio pero con señales evidentes de que se estaba divirtiendo en grande.
De hecho, las frecuentes rencillas entre la pareja por cuestiones de dinero, a la hora de cenar, eran para Julito un espectáculo muy entretenido, detalle que soliviantaba mayormente a Lucía, adivinando el reportaje telefónico de todas las noches a la ex de Gerón, desde el dormitorio del vástago infiltrado.
Con las espadas en alto, las broncas se apoderaron de la cotidianeidad. Estallaban por cualquier motivo pese a los esfuerzos pacificadores de Gerón, crucificado entre dos fuegos. Aquellos desvelos en pro de la paz conyugal no eran sólo verbales, ya que procuraba suavizar aristas mediante regalos inesperados. Por ejemplo, el hombre adquirió un bungalow monísimo en S’Agaró y lo puso a nombre de Elena, la hija de su mujer. Es decir, que se lo regaló, por sorpresa, pero el obsequio no cayó bien porque las dos enfurecidas féminas alegaban que por qué no preguntar antes, puesto que ellas habían visto por allí algo mejor y era “casi” más barato. (Este “casi” significaba que era bastante más caro, naturalmente)
Gerón andaba muy apurado, lamentándose de su propia indecisión. Realmente, ya no sabía qué hacer para restablecer la paz y la armonía, pues a su alrededor, medio mundo estaba terriblemente enojado con el otro medio, y los dos enfrentados a él, a muerte, en una situación malhadada que él no provocó y de la que no se sentía culpable.
Pasados unos meses, y ante la insistencia de los abogados de su mujer, los suyos le aconsejaron algún tipo de transacción de compromiso y, para salir del atolladero, Gerón firmó una especie de cesión consistente en un suculento vitalicio para su ex, más una suma fija para su hijo y no-sé-qué más. A él le sentó muy mal, como si le arrancasen una muela, pero sus abogados opinaban que en su situación actual, aquello representaba la paz y no suponía una merma desequilibrante de su patrimonio, así que, al fin, claudicó, procurando, por supuesto, que de aquello no se enterase su mujer actual, ya que existía el peligro de que la paz establecida en un campo provocase la guerra en el otro.
Lucía no se enteró de los detalles, pero sí supo de algún modo, y sin demasiada tardanza, que Gerón había transigido. La noticia la encolerizó de tal manera que, en cuanto se le puso delante la persona de Julito, que no sabía qué ocurría exactamente, le abordó de mala manera, insultándole con exasperación y conminando a que se marchase a Madrid de inmediato y no apareciese por aquella casa nunca más. El muchacho, que siempre se había conducido con refinada educación, se zafó como pudo. Sólo esperó a que llegase su padre para hacerle saber lo del drama que se había desatado y comunicarle su decisión de marchar a Madrid directamente, “pues no me puedo quedar donde no se me quiere”, según sus palabras.
Gerón, desconcertado pero al mismo tiempo muy enojado, se enfrentó a Lucía con aquello de “tú a mi hijo no me lo tocas” y ella replicando “que se vaya a la mierda, y tú también, con él”
En fin, no hace falta continuar con más detalles. El caso es que la refriega subió de punto y Gerón la culminó “haciendo” la maleta, él también, y se llevó a su hijo Julio al hotel de su propiedad en Lloret, donde se quedaron los dos todo el fin de semana, reflexionando, frente al mar en calma, sobre las perspectivas que ofrecía el nuevo horizonte familiar.
De hecho, aquello fue el final. Julio se fue a Madrid y allí se quedó, y Gerón ya no volvió a su casa más que para “recoger cosas”, procurando hacerlo en horas de ausencia de su mujer.
En fin, la separación fue definitiva y por esto me acuerdo de ellos siempre que pienso en Dizzy Gillespie.
Que el imperio del amor a la humanidad, la sonrisa eterna y la jovialidad universal se truncan en seco cuando entra en juego el vil metal. Gerón y Lucía, también, sortearon toda clase de obstáculos, se lo perdonaron todo, hasta infidelidades, porque se querían. El amor y la lealtad superaron todos los obstáculos y orillaron todos los inconvenientes. Pero en cuanto entró en juego el dinero en racha, la paz familiar se rompió en pedazos, por inquietos resquemores, por sospechas sombrías y por censuras y reproches recíprocos
A simple vista, cualquiera diría que la influencia del dinero en la convivencia de pareja se hace más dañina en condiciones de escasez, pero yo no recuerdo haber conocido ninguna pareja en la que el amor se haya visto dañado por culpa de privaciones dinerarias. No pretendo filosofar con ello, pero de casos como el de Gerón y Lucía, mis buenos amigos de corazón, que arruinaron su vida en común por una impregnación de dinero súbita, que alteró la estabilidad emocional y los equilibrios rutinarios, sí que he conocido varios.
Por esto yo no juego a la lotería. (casi nunca).
 
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